¿Qué tienen en común la fotografía, el billar, las patatas y la dinamita?

La antigua película fotográfica, las bolas de billar que no usan marfil, las patatas mezcladas con ácido nítrico y la dinamita tienen una historia común donde el trabajo de diversos científicos e inventores se entrelazó para acabar creando una multitud de productos a partir de una única molécula.

 

Cargar una máquina fotográfica, sacar unas cuantas fotografías y llevarlas a revelar es algo que con la llegada del mundo digital ha quedado obsoleto. Sin embargo, no se puede entender el desarrollo de la fotografía popular sin el famoso carrete, cuya invención se la debemos al norteamericano George Eastman. Un día de 1870 Eastman se despidió del banco donde trabajaba desde los catorce años porque no le concedieron el ascenso que esperaba. Decidido a establecerse por su cuenta, utilizó todos sus ahorros para convertirse en fabricante y comerciante de suministros fotográficos. Por entonces hacer fotografías eran algo caro, cargante y largo. Los negativos eran placas de cristal, las cámaras eran monstruosas cajas de madera y se usaban baldes y baldes de productos químicos. Cuando Eastman lanzó su nuevo proceso al mercado el eslógan publicitario rezaba: “Usted apriete el botón. Nosotros haremos el resto”.

No se sabe si la idea original fue del propio Eastman o de un oscuro ministro episcopaliano llamado Hannibal Goodwin. Algunos dicen que los abogados de la familia Eastman arreglaron un trato con el clérigo por la bonita suma de cinco millones de dólares. El nuevo invento utilizaba tiras de un material flexible, transparente y no inflamable: el celuloide, una base inerte perfecta para los productos químicos fotográficos. Acababa de nacer la película fotográfica. Poco después Eastman sacaba al mercado una máquina lo suficientemente pequeña como para poder sostenerla con una sola mano: la bautizó con el nombre de Kodak. De ahí a la industria del cine solo había un paso.

Bolas de billar

En 1869, un año antes de que Eastman se despidiera de su trabajo, los fabricantes de bolas de billar Phelan y Collander ofrecían un premio de 10 000 dólares a quien encontrase un sustituto del marfil porque los cazadores estaban llevando a los elefantes al borde de la extinción. La razón para semejante esquilmación era una mezcla de diversión y negocio: el mercado de marfil en Europa y América se había triplicado en 30 años. Inglaterra importaba medio millón de kilos de marfil al año. Si un colmillo de elefante pesa del orden de los 30 kilos, sólo para cubrir las necesidades anuales inglesas debían exterminarse más de 8 300 elefantes.

El marfil no es que fuera un material estratégico necesario para la supervivencia de la industria británica, más bien era vital para adornar las casas y jugar al billar. Las mejores bolas de billar se fabricaban con el corazón de los mejores colmillos de elefante. La escasez de elefantes en África era una mala noticia para sus jugadores. El imperio británico no podía detenerse por culpa de unos pocos elefantes.

La oferta llamó la atención de un par de impresores de Nueva York, John e Isaiah Hyatt. Tras muchos intentos y fracasos acabaron descubriendo que si mezclaban nitrato de celulosa con alcanfor se obtenía un material que era indistinguible del marfil original. Fácil de modelar, duro, uniforme, resistente al agua, aceites y ácidos, tratándolo convenientemente se le podía hacer parecer marfil, coral, ámbar, ónice y mármol. En 1872 Isaiah lo bautizó con el nombre de celuloide, el primer material termoplástico de la historia.

Algodón pólvora y dinamita

Sin embargo, la historia de este nuevo material no estaría completa si no nos remontásemos a 1833, cuando un químico francés llamado Henri Braconnot dedicaba parte de su tiempo a jugar en su laboratorio con ácido nítrico y patatas. Claro que a esto no se le llamaba jugar sino hacer experimentos en química vegetal. Poco tiempo después un profesor de la universidad de Basilea llamado Christian Schönbein realizaba el mismo tipo de experimento, pero sustituyendo las patatas por algodón hidrófilo y añadiendo ácido sulfúrico. El resultado final fue un nuevo tipo de arma: el nitrato de celulosa o también llamado algodón pólvora. Mezclado con éter se usó como antiséptico, como sustancia impermeable para gorros de piel y mezclándolo con alcanfor, calentándolo y retorciéndolo se convirtió en el celuloide de los Hyatt.

Estos hermanos vieron que podía sustituir al marfil en todas sus aplicaciones. Por ejemplo, a la hora de hacer dientes falsos para los dentistas. Debido al alcanfor, este marfil artificial tenía un olor penetrante, lo que aprovecharon para publicitarlo como un diente que olía a limpio. Claro que también tenía sus inconvenientes: en cierta ocasión uno de estos dientes explotó.

El algodón explosivo se convirtió en una nueva arma que hizo las delicias de los militares. Era tres veces más potente que la pólvora y no producía ni humo ni el destello típico del disparo, por lo que el enemigo no podía ver de dónde venía. El problema estaba en que era demasiado inestable. De vez en cuando las fábricas que lo producían explotaban inesperadamente, como en cierta ocasión cuando una de ellas estalló destruyendo por entero la ciudad de Faversham. Entonces entró en escena Alfred Nobel. Mezcló el algodón de pólvora con éter y alcohol y creó la nitrocelulosa. Después le añadió nitroglicerina y serrín. En 1868 bautizó la mezcla con el nombre de dinamita.

Referencia:

Burke, J. (1997) The Pinball Effect: How Renaissance Water Gardens Made the Carburetor Possible - and Other Journeys, Little Brown

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

Continúa leyendo