¿Qué fue de los bisontes de Altamira?

El arte rupestre nos deja ver en sus pinturas animales ya extintos

El hallazgo de los bisontes pintados en la cueva de Altamira, la llamada Capilla Sixtina del paleolítico, supuso un cambio en el concepto que teníamos del hombre prehistórico. El cavernícola de maza en mano, que apenas tapaba sus vergüenzas y era tan bruto como la megafauna que lo rodeaba, de repente lo imaginamos parándose a observar la vida y pintándola con exquisito realismo y gusto estético. Esos bisontes son un símbolo de nuestro pasado, una prueba científica, una fuente histórica y una de las primeras obras de arte de la humanidad. Pero si paseas actualmente por el norte de la Península Ibérica, no creemos que seas capaz de encontrar ningún bisonte en toda la cornisa cantábrica. ¿Qué pasó con estos animales?

¡Mira, papa, bueyes!

En 1868, Modesto Cubillas, andaba de caza por un prado a un par de kilómetros de Santillana del Mar (Cantabria). Su perro quedó atrapado entre unas rocas y, cuando Modesto acudió a rescatarlo, descubrió la entrada a una cueva. El hallazgo no despertó mucho interés, puesto que la zona está llena de grutas y esta se tomó como una más. Pero Modesto le contó la novedad a Marcelino Sanz de Sautuola, un adinerado aficionado a la paleontología. Marcelino, una década después (estaría ocupado el buen hombre), decidió ir a inspeccionar la cueva. En una de sus incursiones se llevó a su hija María, de cinco años. Marcelino iba en busca de huesos y piedras antiguas. Mientras él se afanaba en este objetivo, María se adentró en la cueva, penetrando en una sala lateral. En la bóveda que cubría aquella parte de la cueva, María vio las pinturas y corrió a avisar a su padre.

Marcelino se encargó de publicar el fascinante hallazgo, argumentando que se trataban de pinturas prehistóricas. Pero la comunidad experta en prehistoria y paleontología se negó a aceptar como verídico lo que Marcelino contaba. Lo tacharon de farsante y las mentalidades de la época no podían creer que el arte, elemento de la civilización, podía ser desarrollado por salvajes del pasado. El debate fue largo e intenso, pero las perspectivas (y el propio desarrollo del estudio de la prehistoria) fueron cambiando a medida que se descubrieron pinturas similares en otros puntos de Europa, sobre todo en Francia, patria de los mayores expertos del momento. A inicios del siglo XX, las pinturas fueron mundialmente reconocidas como obras del paleolítico y el debate científico pasó a dedicar sus esfuerzos en precisar la cronología del paso de los humanos por la cueva, las técnicas que se usaron para realizar las pinturas y la finalidad de las mismas.

De entre las representaciones pictóricas que aparecen en las paredes de las cuevas europeas, llama la atención la fauna. Las pinturas son realistas, no vemos seres imaginados como dragones o cosas identificables. Son claramente escenas de caza, y se limitaron a pintar lo que veían en su realidad. Una realidad que a nosotros nos resulta remota, puesto que los bisontes que pintaron nuestros antepasados no existen en la zona hoy día. ¿Qué ocurrió con ellos?

Más debates

Sí, es lo que tiene el estudio del pasado plagado de incertidumbres: que genera debate para todo. Más aún si estamos ante una historia dramática y misteriosa del mayor mamífero europeo.

Desde 2010 existen en España lugares como el habilitado en San Cebrián de Mudá, en Palencia, que intentan recuperar el bisonte de Altamira. Los animales, rescatados de apenas una docena de ejemplares que quedaron vivos en el este de Europa, viven en cautividad. Pero el objetivo de estos proyectos es repoblar la zona de manera silvestre.

¿Dónde está el problema? Pues que, según los científicos y paleontólogos, la especie pintada en el arte rupestre europeo, como en el caso de Altamira, es el bisonte de estepa (Bison priscus), no el actual bisonte europeo (Bison bonasus), que es el que se está intentando rescatar de la casi extinción por la que pasaron. El tamaño, la joroba, las crines y la cornamenta diferencian al bisonte que sigue entre nosotros del que cazaban nuestros antepasados. Los fósiles del Bison priscus se hallan con relativa frecuencia en el norte de la Península Ibérica, relacionado con otras especies como el mamut y el rinoceronte lanudo. Todas estas formas de vida son características de espacios abiertos, fríos y áridos, como las estepas. Hay que tener en cuenta, que las bajas temperaturas hicieron que el nivel del mar descendiera, por lo que la cornisa cantábrica era más ancha, llana y fría que la actual.

El bisonte prehistórico estaba adaptado al frío y, por ello, abandonó el sur de Europa y se fue dirigiendo al norte y este del continente al ritmo de la última glaciación de nuestro planeta. El bisonte de Altamira desapareció de España hace 12.000 años y se terminó se extinguir hace unos 5.400.

El debate se hace aún más patente cuando los avances científicos han permitido recoger muestras y analizar restos de ADN. Los resultados generan dudas importantes acerca de la posible hibridación y el origen de los bisontes prehistóricos y actuales.

Referencias:

Soubrier, J. et al. 2016. Early cave art and ancient DNA record the origin of European bison. Nature Communications 7, 13158. DOI: 10.1038/ncomms13158.
Verkaar, E. L. C. et al. 2004. Maternal and Paternal Lineages in Cross-Breeding Bovine Species. Has Wisent a Hybrid Origin? Molecular Biology and Evolution 21, 7, 1165-1170. DOI: 10.1093/molbev/msh064.
 
Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

Continúa leyendo