Porqueriología: caca, pis, culo, pedo

Nuestro organismo tiene abiertos puertos de comunicación con el mundo exterior y, por tanto, debe desarrollar mecanismos de protección frente a posibles invasiones patógenas. Esto último es lo que sucede en nuestras narices y oídos.

El cerumen es de dos tipos, seco y húmedo, y curiosamente depende de la herencia genética. Así, la mayoría de los caucásicos, negros y sudamericanos poseen un cerumen húmedo, aceitoso, viscoso y de color tostado mientras que el de los asiáticos y nativos americanos también es viscoso, pero lo tienen seco, quebradizo y gris.

La nariz es otra historia. De todas las cavidades en contacto con el exterior, es la más hospitalaria: calentita, bien aireada, húmeda y proporciona cantidades casi ilimitadas de comida gracias a la mucosa nasal, fuente inagotable de glicoproteínas y sales disueltas. En resumen, que nuestras narices son un buen lugar para que las bacterias prosperen... ¡y lo hacen! Entre los microorganismos habituales entre nosotros se encuentran el Staphylococcus aureus, de un tono dorado, y la llamada Pseudomona aeruginosa, que secreta diversos pigmentos entre los que destaca la piocianina de color azul verdoso. Luego el color verdoso pálido de los mocos puede muy bien ser mezcla de estas secreciones bacterianas: azul más amarillo, ya sabemos...

¡Qué decir de las flemas, esa secreción pegajosa que oscila entre el verde y el amarillo pálido! ¿No se la han tragado alguna vez? Si un individuo está sano suele ser transparente o blanca, pero el color amarillo indica que el cuerpo se está preparando contra una infección en ciernes. Si cambia a un verdoso o grisáceo... la enfermedad es prácticamente un hecho. Mayor señal de peligro es que tenga un aspecto oxidado o con puntos de color rojo óxido: es indicativo de neumonía o de microsangrados internos.

¿Serían capaces de jurar que, cuando menos de niños, no se han sacado un moco de la nariz y se lo han comido? Uno estaría tentado a pensar que es preferible evitar los gérmenes acumulados en el moco en lugar de comerlos, pero hay médicos que piensan que eso de hurgarse la nariz y comerse el fruto de la minería nariguil no es tan malo como parece, sobretodo si somos niños. Por dos razones: una, con el dedo se limpian los recovecos que se encuentran fuera del alcance del pañuelo, lo que deja una nariz más limpia; y dos, al comer los restos almacenados en la nariz (y ya secos) se fortalece el sistema inmune. “La nariz es un filtro donde se recoge un gran número de bacterias, y cuando esta mezcla alcanza el intestino funciona como si fuera una medicina”, dice el neumólogo austríaco Friedrich Bischinger.

Claro que tampoco está mal limpiarse la nariz de vez en cuando sin tener que utilizar los apéndices digitales. El método es insuflar directamente suero fisiológico (que posee la misma concentración salina que la sangre), aunque recientes trabajos apuntan al uso de soluciones hipertónicas, con mayor cantidad de sal. En sánscrito la irrigación nasal recibe el nombre de Jala neti, que significa limpieza mediante el agua, y se realiza en India y en el sureste asiático con igual frecuencia que el cepillado de los dientes y se realiza a mano o con el jarrito neti, diseñado a tal efecto. Sea como fuere es algo poco agradable, como cualquiera habrá comprobado si se le ha metido agua por la nariz.

El moco, cuyo principal componente es el agua, es un claro representante de ese trabajo sucio que debe realizar el organismo para mantenerlo libre de posibles enemigos. Las pelotillas, esos trozos resecos de tamaño considerablemente mayor que los clásicos mocos que tan buenos momentos hacen pasar a los conductores mientras esperan que el semáforo se ponga verde, son verdaderos acúmulos de polvo, polen y bacterias: poco se gana comiéndolos. Quienes ven en semejante plato gastronómico algo bastante asqueroso no deben olvidar que, en promedio, un ser humano traga algo menos de un litro de moco durante el día: recordemos que nariz y garganta está bien conectadas...

¿Reconocen estre proceso? Sentir náuseas o bascas, luego arcadas para terminar en vómitos (médicamente se le llama emesis, del griego vomitar). Lo cierto es que el proceso es una acción perfectamente coordinada en la que intervienen el cerebro, el tracto gastrointestinal, el tracto respiratorio y los músculos abdominales. Su contenido, como bien sabemos, es parte de comida medio digerida y empapada en pegajoso mucus estomacal, saliva y ácidos como el clorhídrico, que ayudan a realizar la digestión. Esa verdosa mezcla, que con solo olerla a muchos les hace repetir la proeza, sale al exterior por diversos motivos, entre los que se cuenta la comida en mal estado, ciertas enfermedades, el nerviosismo, comer demasiado, beber más de la cuenta y justamente lo contrario, no probar ni gota. Esto sucede porque se pulsa una especie de botón del vómito en nuestro cerebro, el centro emético, que manda la instrucción de lanzar la comida fuera del estómago. El color verdoso tiene su origen en la bilis, que no se encuentra en nuestro estómago, sino más abajo, en los intestinos. Esto es así porque cuando devolvemos parte de la comida triturada en los intestinos pasa al estómago y sale al exterior. El olor nauseabundo (y nunca mejor dicho) es una mezcla de la bilis y los ácidos estomacales. Pero los efluvios estomacales no terminan aquí.

El gas intestinal proviene de diferentes fuentes: aire que tragamos, gas que se filtra desde la sangre, el producido por las reacciones químicas que digieren la comida y el que causan las bacterias que habitualmente viven en el interior de nuestras tripas. El mal olor que todos percibimos -salvo quizá el propio causante, si hacemos caso al dicho popular-, es ocasionado por una mezcla de gases que contienen azufre y el ubicuo mercaptano, el mismo que se inyecta al butano para que podamos detectar cualquier escape y que también está presente en el mal aliento y el olor a pies. Así, cuantos más alimentos ricos en azufre comamos, más gases apestosos produciran bacterias e intestinos: coliflor, huevos o carne son buenas fuentes, mientras que las famosas alubias, que asociamos a sonoras y continuas ventosidades, no causan olor. Las alubias contienen un tipo de azúcar que no podemos digerir, pero sí las bacterias de nuestros intestinos, y con bastantes gases como subproducto. Un consejo: si además de a los huevos y la carne es un gran aficionado al bróculi, las berzas, las manzanas y la leche, es bueno que se aleje del resto de los mortales...

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Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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