¿Por qué nos gustan las historias que nos lo hacen pasar mal?

A pesar de los sustos, el aumento de presión arterial, el miedo o la incertidumbre, son muchas las personas que adoran las historias de terror, como si realmente sintieran placer con aspectos que no lo proporcionan.

Pasar miedo
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La mayoría de las personas sienten cierta atracción hacia las cosas que les dan miedo. Incluso esa sensación desagradable puede devenir en emocionante y hasta provocar cierta necesidad de repetirse.

Y es que, a pesar de las sensaciones desagradables que puede provocar una película de terror, por ejemplo, también se produce una emoción, una euforia que convierte el miedo en algo irresistible. Incluso si dejamos la película a medias, la sensación persiste residualmente en nosotros hasta el punto de que tratemos de ver el resto del metraje en otro momento.

Transferencia de excitación

A este proceso se le denomina transferencia de la excitación. Básicamente, consiste en que, tras recibir una estimulación intensa (causada por el miedo y la adrenalina consiguiente), la excitación y la sensibilidad a dicha estimulación se prolonga más de lo que dura la fuente misma del miedo. Es decir, que otros factores que hubieran sido neutros, entonces se vuelven más estimulantes, más vívidos, porque el cerebro continúa sobreexcitado. La excitación producida por el miedo, de esta manera, se transfiere a otras cosas que no darían miedo normalmente.

Paralelamente, el miedo también es adictivo porque resulta agradable dejar de sentirlo, produce alivio y felicidad el haber logrado sobrevivir a él. Es decir, que los circuitos de recompensa del cerebro se activan cuando dejamos de experimentar el sentimiento de amenaza, la sensación de que algo malo puede pasar. El desahogo de haber sobrevivido a la mala experiencia, pues, es lo que retroalimenta la necesidad de volver a sentir miedo, y así de nuevo el alivio de dejar de sentirlo.

Naturalmente, para que ambos efectos tengan lugar tienen que producirse generalmente en un contexto de seguridad, es decir, que la persona tiene que ser consciente de que el peligro, hasta cierto nivel, no es real y que se tiene determinado grado de control sobre él.

La sala de un cine, en ese sentido, es el lugar idóneo para experimentar esta clase de amenaza controlada, tal y como explica Dean Burnett en su libro El cerebro feliz: "Nuestro cerebro, encantado de seguir vivo, experimenta en ese momento sensaciones gratificantes que se ven acrecentadas por la excitación residual. Si alguna vez ven a alguien embelesado y tembloroso tras haber visto una película de terror en un cine, sepan que probablemente es lo que está pasando en su cabeza".

Finalmente, las escenas truculentas de una historia de terror nos atraen porque no podemos evitar pensar en lo prohibido, en lo inmoral, en lo que no deberíamos pensar. Esta inclinación quedó perfectamente demostrada en un estudio ya clásico de 1987 realizado en la Universidad de Harvard, en el que el psicólogo social Daniel Merton Wegner solicitó a los sujetos de un experimento que no pensaran en un oso blanco, mientras que a otro grupo no se le dio tal instrucción.

Finalmente, los sujetos del primero grupo pensaron mucho más en el oso blanco, precisamente porque se le había dicho que no lo hiciera. El experimento de Wegner sobre supresión de pensamientos se realizó en base a una anécdota muy conocida del escritor León Tolstoi: “Intente imponerse la tarea de no pensar en un oso polar y verá al maldito animal a cada minuto”.

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