¿Por qué no puede haber vida en cualquier lugar de la Galaxia?

La Vía Láctea está formada por más de cien mil millones de estrellas, por lo que resulta difícil pensar que la Tierra sea el único planeta con seres vivos en su superficie. ¿Pero y si no fuera tan sencillo como esto?

 

El telescopio espacial Kepler, lanzado en 2009, ha descubierto varios miles de candidatos a exoplanetas. Realmente no hay ningún otro instrumento científico que esté dando alas a los astrobiólogos para pensar que la vida es, como decía el bioquímico y premio Nobel Christian De Duve, un imperativo cósmico. Al menos por la abundancia de planetas, condición sine qua non para la aparición de vida. Lo cierto es que viendo los millones de galaxias que hay en el universo, cada una con más de cien mil millones de estrellas, resulta difícil pensar que la Tierra sea el único planeta con seres vivos en su superficie, por muy improbable que resulte ser la aparición de vida. Ahora bien, este razonamiento da por supuesto que vale cualquier planeta que se encuentre alrededor de cualquier estrella y en cualquier galaxia. ¿Realmente es así?

Las cosas no son tan sencillas. Pensemos en primer lugar en las galaxias: no todas son aptas para la vida, aunque sea microscópica. En las galaxias activas, como las Seyfert, sus núcleos emiten unos flujos de radiación de alta energía que son capaces de esterilizar cualquier intento de llenar de vida un planeta. Además, no se sabe muy bien cómo la morfología de una galaxia -si es espiral, elíptica o irregular- afecta a la habitabilidad de los planetas que en ella se encuentran. Lo que resulta claro es que una galaxia de baja metalicidad -esto es, con pocos elementos como el hierro, el carbono, el fósforo, el sodio...-, resulta inviable para la aparición de planetas y formas de vida. Este es el caso de, por ejemplo, las galaxias elípticas.

Andrómeda
Andrómeda

Inconvenientes para la vida

Pero supongamos que contamos con una galaxia adecuada, como nuestra propia Vía Láctea; eso no quiere decir que cualquier lugar sea apropiado para la aparición y mantenimiento de la vida. Así, es muy probable que las regiones cercanas al núcleo no sean habitables. Por un lado, porque los niveles de radiación provenientes del superagujero negro situado en el centro y de las regiones colindantes son tan elevados que hacen imposible la creación de moléculas complejas: en nuestro caso, el centro de la Vía Láctea emite una cantidad de radiación gamma (la más energética de todas las existentes) que es 250 000 veces superior a la que recibe nuestro planeta. Otro motivo es que en las regiones más céntricas de la galaxia la densidad estelar es muy elevada, lo que hace que los encuentros fortuitos entre estrellas sea mucho mayor. Cuando esto sucede, las órbitas de sus planetas se ven fuertemente afectadas por los tirones gravitacionales, lo que puede llegar a provocar cambios en su superficie o, con más probabilidad, climatológicos. En el caso más extremo el encuentro con otra estrella puede sacarlos fuera de órbita, lanzándolos al espacio interestelar. Un tercer elemento a tener en cuenta es que cuanto mayor sea la densidad de estrellas en una región, más probable es que una de ellas suficientemente masiva termine sus días como una supernova, el final más dramático que puede tener una estrella. En dos segundos, la estrella colapsa y explota, haciéndose tan brillante como todas las estrellas de la galaxia juntas: este final cataclísmico es capaz de afectar gravemente a cualquier planeta que se encuentre a menos de 30 años-luz.

Todo lo dicho nos lleva a definir una esfera estéril alrededor del centro galáctico de, al menos, 10 000 años-luz de radio. Pero no es ésta la única región hostil para la vida. Las regiones muy alejadas del centro galáctico tampoco son apropiadas, por presentar una escasez significativa de elementos pesados -hierro, carbono, nitrógeno, níquel, magnesio...-, esenciales para la formación de planetas rocosos y, por supuesto, las moléculas de la vida. Y en el caso de galaxias espirales, la región de los brazos tienen una densidad de estrellas mucho más alta que en las zonas interbrazos (que es donde se encuentra nuestro Sol), por lo que nos enfrentamos al mismo problema de las colisiones entre estrellas que tenemos en el centro galáctico, aunque a una escala menor.

No toda estrella es válida

Ahora bien, en este caso hay que tener en cuenta un detalle que complica la situación: las estrellas orbitan alrededor del centro de la Vía Láctea. Esto quiere decir que una estrella que esté ahora en un brazo galáctico no significa que siempre haya estado ahí. Esta es una situación peculiar porque las galaxias presentan lo que se llama rotación diferencial, esto es, que las estrellas no giran todas a la misma velocidad alrededor del centro: hay lugares donde las estrellas rotan más deprisa que los brazos espirales, y también al revés. A causa de esta diferente velocidad vamos a tener estrellas que entran en los brazos espirales de forma periódica, con lo que quedan expuestas regularmente a los inconveniente de encontrarse en zonas de alta densidad estelar.

La velocidad de las estrellas y de los brazos dependen de la distancia al núcleo: las que se encuentran más cerca de éste se mueven más deprisa que los brazos y las que están más lejos, viajan más despacio. Por tanto existe una zona de corrotación donde las dos velocidades se igualan: una estrella que se encuentre situada en esta zona y lejos de los brazos es la más idónea para que, si posee un sistema planetario, aparezca vida. Evidentemente esto no quiere decir que en el resto de las estrellas no vaya a aparecer, pero su paso periódico por los brazos espirales, con la mayor probabilidad de que se produzcan inconvenientes encuentros estelares, hace que la vida esté más expuesta a una extinción global.

Referencia:

Ward, P.D. Y Brownlee, D. (2007) Rare Earth, Copernicus

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Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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