¿Por qué los extraterrestres no hablan con nosotros?

Llevamos desde 1959 intentando comunicarnos con los extraterrestres pero parece que ellos no están muy interesados en hacerlo con nosotros. Los científicos han imaginado por qué es así.


“Si existen, ¿dónde están?”
Así de directo fue el premio Nobel de Física Enrico Fermi en 1950. Conocida desde entonces como la paradoja de Fermi plantea el contrasentido que existe entre creer que hay un gran número de civilizaciones extraterrestres y el dato objetivo de que no las hemos visto.

Para Fermi era obvio que si una especie inteligente desarrolla la tecnología necesaria para viajar por el espacio, tarde o temprano acabará llegando a la Tierra. Como no tenemos pruebas de tales visitas, los extraterrestres no pueden existir. En este punto resulta clave calcular cuánto tardarían en recorrer toda la Galaxia. En 1981 el físico Frank J. Tipler estimó que una civilización avanzada la colonizaría en 300 millones de años. Teniendo en cuenta que la Vía Láctea tiene una edad de 8.000 millones de años, resulta increíble que en todo ese tiempo ninguna de esas civilizaciones haya sido capaz de hacerlo.

Ahora bien, ¿cómo podemos estar seguros de que no están por aquí (olvidándonos de los ovnis, producto de nuestra peculiar excentricidad cultural)? Para Robet A. Freitas, Jr., experto en nanorobots e investigador del Institute for Molecular Manufacturing de California, es un error pensar que no hay sondas de exploración extraterrestres solo porque no las hemos visto. Sobre todo porque no las hemos buscado. Suponiendo que las sondas tienen un tamaño de 1 a 10 metros, ¿cuántos de los 100.000 millones de kilómetros cuadrados de Sistema Solar hemos explorado con esa resolución? Un 0,001%. Por eso, defiende Freitas, debemos realizar una búsqueda activa de estos artefactos antes de decidir que no hay.

Claro que si realmente están ahí, ¿por qué no se han dado a conocer? Algunos científicos piensan que no lo hacen porque no quieren interferir: es la hipótesis del zoo, propuesta por primera vez en 1973 por John A. Ball en la revista Icarus. En realidad ya había sido avanzada por los escritores de ciencia-ficción Olaf Stapledon en "El hacedor de estrellas" (1937) y Arthur C. Clarke en " El fin de la infancia" (1953). Según el ingeniero Ronald N. Bracewell se mantienen en un discreto segundo plano esperando que desarrollemos el nivel tecnológico necesario para pertenecer a su exclusivo “Club Galáctico”. Esta idea también apareció en la prestigiosa revista Science en 1977. Allí T. B. H. Kuiper y M. Morris argumentaron que entre los motivos para evitarnos estaba el choque cultural que dicho contacto significaría. Y añadían una nueva vuelta de tuerca a la idea del Club Galáctico: no contactarían hasta que alcanzásemos cierto nivel intelectual y así evitar que se extinguiera “la única cosa en este planeta que podía tener algún valor para los extraterrestres”.

Esta colorista hipótesis que convierte a los extraterrestres en nuestros hermanos mayores ha sido atemperada por Freitas al afirmar que no tienen por qué estar callados. Aunque haya sondas en nuestro Sistema Solar no deben tener entre sus prioridades dedicarse a enviar mensajitos: hacen su trabajo y, simplemente, nos ignoran. Que las descubramos o no es cuestión nuestra; los ET no son proactivos a la hora de darse a conocer.

Más ocurrentes son otras propuestas para dar solución a la paradoja de Fermi. Una de las más divertidas es la llamada Vecindario de renta antigua: vivimos en una zona bastante aburrida de la Galaxia, con pocas cosas interesantes y los ET prefieren acercarse a lugares más atractivos, como el centro galáctico.

Otra es la Hipótesis de la cuarentena: creen que somos una especie muy peligrosa y nos mantienen aislados. Pero la más alucinante es la Hipótesis de la sondas mortíferas: hay una civilización avanzadísima que no quiere competidores por el control de la Galaxia. Para ello mandan sondas autorreplicantes de exploración y, si detectan una civilización capaz de surcar el espacio, la sonda busca un cometa o asteroide bien gordo, se adhiere a él y lo dirige contra el planeta. Imaginación al poder. Freitas no se arredra ante esta vorágine de explicaciones imposibles. Como es obvio que no tenemos ninguna prueba de que haya civilizaciones genuinamente galácticas, propone su hipótesis de la desaparición de civilizaciones con impulsos voraces, “un cáncer sin propósito de explotación tecnológica”: no existen porque algún tipo de mecanismo de selección desconocido las elimina.

En medio de este mar cósmico de insensatez, fruto de demasiada ciencia ficción mal digerida, surgen voces que afirman que la paradoja de Fermi sólo lo es para quienes creen en las civilizaciones extraterrestres.

El mejor análisis sobre el tema lo hizo el astrónomo Michael H. Hart en un artículo publicado en 1975 en la revista Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society. En él demostraba que la pregunta de Fermi no era una boutade y hacía un análisis riguroso del problema. ¿Es posible que no hayan llegado porque el viaje espacial es inviable? Por supuesto no es lo mismo que pasear por el jardín de casa, pero hay medios para evitar el problema. Tenemos la animación suspendida, ya sea mediante criogénesis u otras técnicas bien conocidas desde la película Alien.

Es obvio que no sabemos cómo congelar a seres de sangre caliente pero... ¿quién ha dicho que los ET deban tenerla? Tampoco hay razón alguna para creer que su esperanza de vida sea parecida a la nuestra. ¿Por qué no pueden vivir 3.000 años? Si así fuera, dedicar 200 a un viaje interestelar no es demasiado.

Otras alternativas son el viaje a velocidades cercanas a la de la luz, enviar sondas automáticas con embriones congelados dispuestos a desarrollarse en cuanto se encuentre un planeta viable, o los viajes generacionales, propuestos por primera vez en 1929 por el padre de la cristalografía de rayos X John D. Bernal en su obra The World, the Flesh & the Devil: se embarcan diferentes familias en un viaje que durará siglos y serán sus descendientes los que terminen la misión.

Para Hart tampoco tienen sentido las explicaciones sociológicas, como la hipótesis del zoo y sus distintas variantes. Todas pecan del mismo problema: suponen que todas las razas extraterrestres, independientemente de su estructura biológica, psicológica, política o social, durante toda su historia, hacen siempre lo mismo. ¿Realmente es creíble? Quizá los habitantes de Vega III en el año 600.000 a. C. decidieron quedarse en casa y mirarse el ombligo, pero eso no implica que en el 599.000 a. C. quisieran hace lo mismo o que sus descendientes en el 555.000 a. C. siguieran ese camino. ¿Cuándo ha pasado algo así en la Tierra? Démonos cuenta que lo que Hart está diciendo no es que los ET vayan a actuar como nosotros, sino que es imposible que todas las posibles civilizaciones ET en toda su historia actúen siempre al revés de como lo haríamos nosotros.

Del mismo modo, decir que ninguna ha tenido tiempo para llegar es aún más raro. La cuenta que hace Hart es reveladora: supongamos que nos dedicamos a enviar misiones a estrellas situadas a unos 20 años-luz de nosotros. Una vez instalada la colonia, puede enviar sus propias misiones. Sin pausa entre expediciones la cantidad de tiempo necesario para recorrer la Galaxia a una velocidad de expansión la décima parte de la de la luz es de 650.000 años. Seamos generosos y pensemos que descansan entre misiones de modo que el tiempo de expansión es el doble. Únicamente una civilización que haya empezado su época exploratoria hace menos de 2 millones de años no podrá habernos visitado. Que no hayan venido supone que el millón de civilizaciones que según Carl Sagan pueblan la Vía Láctea estén todas en el mismo momento de su historia tecnológica es verdaderamente increíble. ¿Cuál es la conclusión? Que no hay paradoja de Fermi porque, obviamente, estamos (prácticamente) solos en la Galaxia.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

Continúa leyendo