¿Por qué está tan finamente ajustado el universo?

Uno de los grandes misterios de la física es que los valores de las constantes fundamentales parecen haber sido ajustadas finamente para permitir la aparición de vida.

 

La teoría de la evolución de Darwin, al explicar la aparición, cambio y desaparición de las especies, al señalar un ancestro común a todos los seres vivos de este planeta, humanos incluidos, colocó en el disparador un término filosófico: contingencia. Desde este punto de vista el ser humano, como cualquier otra especie, podría no haber aparecido; estamos aquí de chiripa. De hecho, muchos defienden que la propia vida no es un hecho obligatorio en el universo. El paleontólogo Stephen Jay Gould lo dejó meridianamente claro en su libro Full house: “El origen del Homo sapiens debe verse como algo irrepetible y concreto, no como una consecuencia esperada”. Sin embargo, hay científicos para los que el azar no es el motivo último de nuestra presencia en la Tierra, que la vida y la conciencia son un imperativo cósmico. Entendámoslo correctamente: no están diciendo que ambas obedezcan a un plan divino sino que son una consecuencia de las leyes de la naturaleza.

Entre quienes más han trabajado este tema se encuentra uno de los mejores astrofísicos del siglo pasado, el inglés Fred Hoyle, que llamó la atención sobre las peculiares coincidencias existentes en los valores de las constantes fundamentales: todas ellas parecían haber sido ajustadas finamente para permitir la aparición de vida. En particular, Hoyle encontró que para que el átomo de carbono fuera estable y no se desintegrara debería haberse dado un importante número de esas peculiaridades a escala atómica. Esto lleva a plantearnos una inquietante pregunta: ¿Por qué las constantes físicas fundamentales tienen el valor que tienen y no otro? Como ya hemos dicho, la cuestión de fondo no es que tengan el valor que medimos sino que es justamente ese valor (y aparentemente no puede ser otro) el que permite que la vida aparezca en el universo. Dicho de otro modo, si la carga del electrón o la velocidad de la luz no valieran lo que valen probablemente la vida en el universo sería imposible.

Y este hecho es el que trae de cabeza a los físicos teóricos.

Martin Rees, Astrónomo Real de Gran Bretaña, ha escrito profusamente sobre cómo parece que todo en el universo, desde el nacimiento de las galaxias hasta el origen de la vida en la Tierra, es muy sensible a los valores que pueden tomar las aparentemente arbitrarias e inconexas constantes naturales, como la intensidad de la fuerza de la gravedad, la velocidad de expansión del cosmos tras la Gran Explosión o el número de dimensiones espaciales del mundo en que vivimos. Esto ha conducido a formular el llamado Principio Antrópico Fuerte: el universo debe tener las propiedades necesarias que permitan la aparición de vida e inteligencia en alguna de sus etapas.

Otros científicos van más lejos.

Los físicos John Barrow y Frank Tipler crearon la teoría del Punto Omega, según la cual la evolución de la vida inteligente, caracterizada por dedicarse a almacenar cada vez mayor cantidad de información, en un futuro tomará el control de todo el universo: es el llamado Principio Antrópico Final. Ni qué decir que muchos científicos menosprecian esta idea que han calificado como PACR, Principio Antrópico Completamente Ridículo. Por desgracia Tipler no ha logrado convencer a sus colegas de la validez de su idea de que las leyes de la física requieren de un observador consciente en el futuro para cada punto del espacio-tiempo.

Otros se sienten intrigados por el aparente empeño de la naturaleza en aumentar su complejidad y autoorganizarse. Uno de los fundadores de la ciencia de la complejidad, Stuart Kaufmann, ha llegado a la conclusión de que esa propensión a la autoorganización es un atributo básico de la materia misma, que esa misteriosa fuerza que impele la aparición de sistemas cada vez más complicados puede explicar la velocidad a la que la evolución opera para llevar organismos y ecosistemas enteros a niveles de complejidad cada vez más improbables: “debe haber algo parecido a una cuarta ley (de la Termodinámica), una tendencia a la autoconstrucción de biosferas cada vez mayores”, comenta Kaufmann. Su idea es que la segunda ley, que establece que el desorden de un sistema cerrado siempre crece, es importante pero no decisiva.

Para el bioquímico y premio Nobel Christian De Duve, uno de los pensadores más creativos del siglo pasado a la hora de unificar biología y cosmología, el origen de la vida no es accidental, sino el resultado de las leyes más básicas de la naturaleza: “la vida y la mente no emergen como resultado de accidentes aleatorios, sino como una manifestación natural de la materia”. Y no sólo eso. Para De Duve la consciencia es una expresión del Cosmos tan fundamental como la propia vida. Por su parte, el que fuera físico y matemático del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Freeman Dyson, eleva a ley natural la tendencia de la conciencia a ejercer una control cada vez mayor sobre la materia inanimada y, siguiendo la estela de Barrow y Tipler, creía que ésta desempeñará un papel clave en el destino final del Cosmos.

Origen de la vida
Origen de la vida

Pero también hay otros científicos que van por otro camino. Para el experto en gravitación cuántica Lee Smolin todo lo que nos rodea es producto de un proceso evolutivo funcionando a la mayor escala posible. Según Smolin, nuevos universos-bebés nacen en el interior de los agujeros negros gracias a los Big Bangs que suceden naturalmente allí dentro. Ahora bien, las constantes y leyes de la física varían sutilmente de un universo-bebé a otro siguiendo un proceso de selección natural que favorece la “reproducción” de universos que generan más universos-bebés. O lo que es lo mismo, favorece universos en los que haya estrellas que acaben sus vidas como agujeros negros. Para Smolin la vida no es más que un subproducto del verdadero objetivo de las leyes naturales: producir universos con agujeros negros. Accidentalmente, el valor de las constantes universales que implican la existencia de muchos agujeros negros coincide justamente con el valor que deben tener para que nuestro universo rebose vida. Somos un 'daño colateral'.

Pero quien más ha reflexionado sobre este asunto es un curioso personaje que ha sido actuario judicial y senador por Oregón, James N. Gardner. Su idea central es la Hipótesis del Biocosmos Egoísta, una versión a escala cósmica de la teoría del gen egoísta de Richard Dawkins. Para Gardner nuestro universo, tan bien diseñado para albergar la vida, no es otra cosa que el resultado de la evolución de una larga serie de universos anteriores, donde cada uno ha sido cada vez más “amigable” para la vida. Estamos ante una versión evolutiva del principio antrópico fuerte. Si así fuera, debería existir una especie de código genético cósmico que evolucionaría siguiendo la selección natural...



Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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