Oparin: el padre soviético del estudio del origen de la vida

El origen de la vida ha sido resuelto a lo largo de la historia como un acto de creación por parte de un dios todopoderoso. Fue Oparin el primero en intentar resolver el problema desde el punto de vista científico.

Desde los tiempos más remotos y hasta bien entrado el siglo XIX el ser humano ha creído que la vida podía originarse de la materia inanimada. Los antiguos filósofos habían observado la aparición de gusanos de la materia putrefacta, lo que era considerado como la prueba irrebatible de que la vida surgía espontáneamente del fango. Esta idea de la generación espontánea fue aceptada por todos los científicos durante la gran expansión de la ciencia en los siglos XVII y XVIII.

Todos sabemos que quien dio el golpe de gracia a esta idea fue el bioquímico francés Louis Pasteur, pero muy pocos reconocerán el nombre de Francesco Redi, médico en la corte de Fernando de Medici, como el primero en abordar el problema de manera científica. Para ello Redi colocó un pedazo de carne en el interior de dos jarras. Una de ellas la cubrió con una gasa y la otra la dejó al descubierto. Las moscas, unos animalillos muy abundantes en la Florencia del siglo XVII, dejaron sus huevos en la carne podrida de la vasija al aire y sobre la gasa de la otra: los gusanos blancos aparecieron en la primera pero no en la segunda. Redi había demostrado que nacían de los huevos depositados por las moscas y no por generación espontánea de la materia en descomposición.

Sin embargo, sus experiencias no acabaron con la idea de la generación espontánea. En su contra se alzaban, por ejemplo, las autorizadas opiniones de personas tan ilustres como el químico Van Helmont. Para Van Helmont la clave de la vida residía en la fermentación y propuso diversos métodos para generar seres vivos. Según él así se pueden hacer aparecer ratones de la nada: “Si se estruja una camisa sucia a través de la boca de un tarro que contenga algunos granos de trigo, la fermentación que exuda la camisa sucia, alterada por el olor de los granos de trigo, da lugar, al cabo de unos veintiún días, a la transformación del trigo en ratones”.

El debate sobre si la vida podía surgir de la materia inanimada siguió hasta que en 1862 la Academia de Ciencias de París quiso poner fin al debate de la generación espontánea ofreciendo un premio para quien lograra elucidar experimentalmente esta cuestión. Y ganó Pasteur. Sin embargo, la hipótesis de la generación espontánea no estaba muerta, ni mucho menos. Lo que nadie podía imaginarse es que reaparecería 60 años más tarde con otro ropaje.

Oparin funda un nuevo campo de investigación

En 1980 moría el bioquímico ruso Alexander I. Oparin. En una necrológica publicada en la revista científica Transaction in Biological Sciences se le clasificaba como “reconocido líder de la comunidad internacional de científicos que estudia el origen de la vida”. Y es muy cierto. Oparin fue la figura clave que convirtió el estudio del origen de la vida en un campo válido de investigación científica.

Fue el primer presidente de la Sociedad Internacional para el Estudio del Origen de la Vida y en su país, la antigua Unión Soviética, recibió casi todas las distinciones que podía recibir un héroe. Además de ser durante muchos años director del Instituto de Bioquímica de la Academia de Ciencias de la URSS, fue nombrado Héroe del Trabajo Socialista y recibió la Orden de Lenin. No hablaba inglés, pero en occidente se le reconoció tanto su valía científica como su cordialidad y extraordinaria hospitalidad con sus colegas del otro lado del muro.

En 1922, a la edad de 28 años, Oparin presentó sus ideas sobre el origen de la vida en una reunión de la Sociedad Botánica de Moscú, que aparecieron publicadas dos años más tarde. Nadie le hizo mucho caso.

En ciencia no es raro descubrir que dos científicos han desarrollado las mismas ideas sin haber tenido ningún contacto entre ellos; esto ocurrió con Oparin y con el británico John B. S. Haldane, que las publicó en 1929. Mas como gentleman que era, Haldane reconoció a Oparin como el verdadero padre de la idea. Así, en una reunión en 1963 dijo: “No dudo de que el profesor Oparin me ha precedido. Me avergüenza no haber leído su trabajo anterior, de modo que yo no sabía... que había poco de valor en mi articulito que no pudiera encontrar en sus libros... No hay problema alguno de prioridad, aunque acaso sí de plagio”.

La primera hipótesis

En 1936 Oparin publicó un libro donde presentaba de manera completa sus teorías. Libro que se tradujo al inglés en 1938 y le catapultó al Olimpo científico: por fin había una hipótesis, el tiempo diría si acertada o no, sobre cómo pudo surgir la vida en la Tierra.

El concepto esencial de su idea era que en la Tierra primitiva la vida nació de una sopa diluida y caliente de materia orgánica gracias, además, a una atmósfera reductora, sin presencia de oxígeno. Los rayos, los volcanes y la radiación solar colaboraron aportando la energía necesaria para formar las complejas moléculas de la vida.

Al principio Oparin creía que este salto de la materia orgánica a la vida se produjo por simple azar, una gran carambola cósmica, la primera y única generación espontánea sucedida en nuestro planeta. Sin embargo, en su libro de 1936 recalcó un mecanismo diferente: la evolución química, gradual e ineluctablemente, lleva a al aparición de la vida. Un cambio de pensamiento que coincidió cuando en la década de 1930 se impuso el credo marxista a los intelectuales soviéticos. Mientras en su obra de 1924 no había ni un hálito de marxismo, en la de 1936 Oparin aparecía como un esforzado defensor del marxismo, llegando a afirmar que Engels fue uno de los precursores de su aproximación al origen de la vida.

Uno puede pensar que esta postura de intelectual marxista fue una cuestión de conveniencia política. Al parecer poco tuvo de eso. Estaba convencido de ella antes de que se convirtiera en una cuestión de supervivencia y la defendió hasta su muerte.

Referencias:

Shapiro, R. (1989) Orígenes, Salvat

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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