Meteoritos, la amenaza que llega del cielo

A pesar de la aparente quietud de los cielos, vivimos en un lugar peligroso, amenazados de manera continua por una pléyade de rocas que recorren el espacio a velocidades de 50 kilómetros por segundo.

El 25 de julio el asteroide 2019 OK, de unos 75 metros de diámetro, pasó a escasos 71.000 km de nuestro planeta, la quinta parte de la distancia a la Luna. Peor fue el 9 de febrero de 2013, cuando el asteroide de 30 metros de diámetro 367943 Duende, descubierto en 2012 por astrónomos mallorquines desde el Observatorio de La Sagra (Granada), pasó a la distancia récord de 27.000 km de la superficie terrestre, por debajo de la órbita de nuestros satélites de telecomunicaciones, que se sitúan alrededor de los 35.000 km de altura.

El 2019 OK es un asteroide de los que se llaman Destructores de Ciudades, o CityKillers, y esta detección de último minuto nos revela que aún nos falta mucho por conocer del espacio inmediato que nos rodea. “No estamos ante una película de Hollywood”, añade Duffy. “Estamos ante un peligro muy real y cercano”. Prueba de ello lo tuvimos en la mañana del 15 de febrero de 2013, cuando un meteorito de unos 20 metros y 10.000 toneladas cruzó el cielo al sur de los Urales y por encima de la ciudad rusa de Chelyabinsk para acabar explotando a 80 km de distancia y a 20 de altura: la onda de choque levantó tejados y rompió ventanas, dejando más de un millar de heridos y 30 millones de euros en reparaciones.

Lo aterrador es que no había pasado ni un siglo desde que algo parecido sucedió al otro lado de los Urales, a unos 1600 km al este de Moscú. En el valle del río Tunguska. a las 7 de la mañana del 30 de junio de 1908 un bólido de un diámetro mayor que un campo de fútbol y cargado con 10 millones de toneladas de piedras explotó a 8 kilómetros de altura. En un instante árboles y renos fueron aniquilados en un radio de 50 km. La onda expansiva envolvió la Tierra y lanzó tanto polvo a la estratosfera que la luz solar se dispersó desde la cara iluminada del globo a la parte oscura. Y a 10.000 km de distancia, en Londres, el cielo de medianoche se iluminó como si fuera el atardecer. La vida desapareció en un área de 2.000 kilómetros cuadrados.

El suceso de Tunguska nos demuestra que esa imagen poética de una Tierra aislada, una roca azul solitaria surcando del espacio, es totalmente errónea. En nuestro viaje alrededor del Sol (un camino de 900 millones de kilómetros recorridos en 30 millones de segundos) nos acompañan ocho planetas, innumerables lunas, asteroides y cometas, polvo interplanetario, radiación cósmica, neutrinos, viento solar... Cada segundo avanzamos 30 kilómetros por el espacio y si hay algo delante esperándonos o que se dirige al mismo sitio que nosotros, nos lo encontraremos. Y no es algo extraño: cada año llegan a la atmósfera entre 35 y 100.000 toneladas de material interplanetario. Por suerte, la mayoría de esos fragmentos son tan pequeños que arden al contacto con la atmósfera dejando estelas que conocemos como estrellas fugaces. Pero algunos otros son un poco más grandes; los del tamaño de un puño alcanzan la Tierra cada dos horas, según un estudio del equipo internacional que compone el Meteorite Observation and Recovery Program.

¿Qué sucede cuando un bólido del espacio exterior se cruza con nuestro planeta? Todo comienza con la aparición de una bola de fuego en el cielo, que es el aire comprimido en la parte delantera de la roca que se calienta por efecto de la fricción con la atmósfera y cuyo tamaño puede ser mayor que el de la propia roca. Mientras, la superficie de ésta se funde, formando grandes destellos en la cola y estelas de humo que pueden seguir viéndose en el cielo incluso después de la caída. La roca puede acabar desintegrándose antes de llegar al suelo y una lluvia de piedras acaban impactando con el suelo a una velocidad de 2.000 metros por segundo, similar a la de un reactor haciendo un picado. Y todo ello acompañado por el atronador estruendo de la onda de choque que retumba, según relató un testigo, “como el sonido de los cañones en la batalla”. Si la explosión sucede a gran altura, podemos prepararnos para una lluvia de piedras torrencial, como la de Polonia en 1868: cayeron 100.000 piedras, la mayoría menores que trozos de metralla. Y hay otro tipo de meteoritos, que esencialmente son trozos de hierro, que pueden llegar a resistir el choque con la atmósfera sin romperse y llegar intactos al suelo.

Los bólidos espaciales alcanzan la atmósfera terrestre a velocidades de hasta 80 km/s y el daño que pueden hacer depende de la energía cinética que posean. Así, dos objetos que se mueven a la misma velocidad poseen una energía que es proporcional a su masa. El daño también depende de lo rápido que se muevan. Si se dobla la velocidad se cuadriplica la energía, por lo que un grano de polvo de una décima de gramo a 80 kilómetros por segundo tiene tanta energía como un coche de una tonelada a 80 kilómetros por hora. De este modo, una partícula interplanetaria de un gramo de peso alcanza la atmósfera con un poder de choque similar al de un camión a alta velocidad. Y los peores pueden llegar a velocidades de Mach 50: son estos los que desaparecen bajo la tierra dejando un profundo cráter.

Imaginemos que viene hacia nosotros en rumbo de colisión un destructor de mundos de 5 km. Podría chocar con nosotros frontalmente o por atrás, lo que significa una colisión a una velocidad entre 15 y 80 km/s. Si tomamos como promedio 50 km/s, el impacto liberaría en un segundo una cantidad de energía similar a todos los arenales nucleares del mundo estallando simultáneamente, o medio millón de terremotos de intensidad 9 (la mayor jamás registrada) a la vez. Por hacernos una idea de lo que eso significa: la energía liberada sería capaz de arrancar la atmósfera de la Tierra, y si toda esa energía se disipara en forma de calor, la temperatura el aire subiría en 190 grados centígrados. Los animales marinos alejados del lugar del impacto sobrevivirían pues los océanos en conjunto solo subirían su temperatura unos cuantos grados, pero los mares cerrados como el Mediterráneo podrían hervir. Y un manto de miles de toneladas de polvo cubriría la atmósfera durante años.

¿Qué probabilidad hay de que llegue a nosotros un asteroide del juicio final similar al que acabó con los dinosaurios? Es un cálculo difícil pues depende de muchas variables desconocidas, pero se estima que durante la vida de un ser humano hay aproximadamente una probabilidad entre 10.000 de que la Tierra sufra el impacto de algo lo bastante grande para enviar a los supervivientes a la Edad de Piedra.

Y es que el Sistema Solar es un lugar hostil, y no hay lugar donde esconderse.

 

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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