Los verdaderos problemas del viaje interestelar

Viajar por el espacio no solo implica resolver problemas tecnológicos, sino otros que históricamente no ha sido tenido muy en cuenta por físicos e ingenieros espaciales: el factor humano.

 

Diseñar una nave que vaya a pasarse más de un año por el espacio exige bastante más que un buen propulsor. Porque no todo se reduce a llegar al destino en el menor tiempo posible. Así, no se puede tener mano sobre mano a los tripulantes sin nada que hacer y sin proporcionarles ningún entretenimiento. ¿Qué harán los astronautas con sus días y sus noches, siempre iguales? Por muy romántico que suene el viaje espacial, el aburrimiento y la monotonía es el peor de los enemigos. ¿Cómo mantendremos a salvo a los astronautas de los peligros de la radiación cósmica o el efecto pernicioso de la microgravedad en huesos y músculos? ¿Cómo evitaremos que se queden sin agua ni comida? Y una ve que lleguen a su destino, ¿cómo enviarán mensajes a la Tierra? ¿Qué hacer con el estrés psicológico que significa vivir en el espacio lejos de la Tierra?

Poner los cuerpos en animación suspendida es el recurso clásico de las películas. Pero eso es algo impensable a corto y medio plazo: la cantidad de ciencia que es necesario para comprobar si es posible está muy lejos de nuestro alcance actual, a pesar de que en 2006, en el Massachusetts General Hospital de Boston ralentizaron el metabolismo y el sistema cardiovascular de unos ratones administrándoles pequeñas dosis controladas de sulfuro de hidrógeno, -ese gas de característico olor a huevos podridos-, y luego fueron capaces de invertir el proceso. Y todo sin reducir su temperatura corporal.

¿Y la comida? Una opción diferente a la “comida de astronautas” son los cultivos aeropónicos, cultivar plantas suspendidas en el aire dentro de bolsas de plástico en lugar de tierra y fertilizantes. Es una muy buena opción, sobre todo porque el aire pesa menos que el mantillo. Pero un ser humano no puede vivir solo de coliflores, también necesita una fuente de proteínas. Por eso desde 2001 la NASA está investigando el crecimiento controlado de células de pavo y en noviembre de 2009 científicos holandeses anunciaron que habían logrado cultivar carne en el laboratorio usando células de un cerdo vivo. ¿Será esta la solución? Quizá, pero todavía queda muy lejos.

Con todo, el peor problema al que se enfrentarán los astronautas será el de la ubicua radiación cósmica; es tan grave que hasta que el Johnson Space Center de la NASA no haya diseccionado con suficiente detalle el problema, no se decidirá si se envía una misión tripulada a Marte. Y es que viajar al planeta rojo, que está a la vuelta de la esquina desde el punto de vista cósmico, costará 2,5 años, casi 6 veces más lo que pasan los astronautas en la estación espacial. Para darnos cuenta de lo que significa, el astronauta que más tiempo ha estado ahí arriba ha sido el ruso Valery Polyakov, que estuvo casi 438 días en la Mir. El nivel de exposición a la radiación cósmica es realmente preocupante: en el Laboratorio Nacional de Brookhaven bombardearon ratones con rayos cósmicos de alta energía muy parecidos a los que se encontrarán los astronautas en un futuro viaje a Marte y encontraron que les cuesta más tiempo salir de un laberinto: de algún modo uno de los efectos de la radiación cósmica es que afecta al sistema cognitivo. ¿Qué otros efectos encierra? De eso, hasta el momento, solo podemos especular.

“Desconocido desconocido”: el peor problema

Esto es lo que más preocupa a los biomédicos de la NASA, “los desconocidos desconocidos”, aquellos problemas que no se plantearon, ni se pudieron prever, y que aparecieron de repente. Por ejemplo, el que surgió en los ojos al médico y astronauta Michael R. Barratt durante su misión de seis meses en la Estación Espacial Internacional en 2009. Un día se dio cuenta de que tenía problemas para ver las cosas muy cerca. Al comentárselo a su compañero -también médico- Robert B. Thirsk, le dijo que le pasaba lo mismo. Tras explorarse mutuamente los ojos descubrieron que se estaban volviendo hipermétropes. También descubrieron indicios de inflamación en sus nervios ópticos y la aparición de manchas en sus retinas. ¿Podemos imaginar lo que esto hubiera significado en medio del viaje a Marte? Ahora bien, la cuestión más importante de lo sucedido es si esa hipermetropía es solo eso o un síntoma de cambios mucho más serios en la salud de los astronautas.

No es de extrañar que en la actualidad la mayoría de las misiones en la estación espacial vayan dirigidas a estudiar los más leves cambios en la salud de los astronautas y determinar el impacto biológico, físico, psicológico de las misiones espaciales de larga duración.

¿Y la psicología del viaje interestelar? ¿Estarán los astronautas preparados a pasar, cuando menos, más de dos años viviendo en una diminuta nave en ruta a Marte? Y eso en el caso más simple. Para arrojar de luz a esta incógnita en junio de 2010 la ESA y el Instituto de Problemas Biomédicos de Rusia enviaron 6 hombres en una misión de 520 días a Marte. Por supuesto era una misión falsa, pero lo que les interesaba a los investigadores era el efecto que provoca un largo periodo de aislamiento y el estrés que eso conlleva. Durante el (falso) viaje a Marte no hubo problemas, pues tenían muchas cosas que hacer y estaban ansiosos por la nueva aventura que les esperaba. El paseo simulado sobre Marte también fue bien, pero el regreso a casa... Eso fue harina de otro costal. Dicho en pocas palabras, los astronautas se aburrieron como ostras, y los días les parecían semanas. Y eso que sabían que al otro lado de la puerta de su nave estaban las instalaciones del instituto ruso: ¿qué pasará cuando sepan que al otro lado solo hay vacío y oscuridad?

Referencia

Harrison, A. A. (2002) Spacefaring: The Human Dimension, University of California Press

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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