Los síndromes (médicos) de los personajes de Disney

A lo largo de casi un siglo la Walt Disney Company nos ha regalado infinitas horas de fantasía y ha dotado de tal relevancia a sus personajes que nos permiten definir algunas de las enfermedades y de las conductas más extravagantes que podemos encontrar.

 

El primer personaje con el que trabajaron los hermanos Walter y Roy Disney fue en la Alicia de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Pero no fue en una película sobre ella, que sí llegaría en 1951, sino en una serie de cortos donde se mezclaban animación y acción real llamada Comedias de Alicia.

No voy a relatar cómo es Alicia ni sus aventuras, que son de sobra conocidas, sino del síndrome que lleva su nombre. La micropsia se conoce también como síndrome de Alicia en el País de las Maravillas y se piensa que Lewis Carroll, su autor, lo sufría y que fue su propio trastorno el que le inspiró para escribir esta obra.

Las personas afectadas por micropsia ven su imagen corporal alterada, con partes del cuerpo de tamaño erróneo, viéndose desproporcionadas la cabeza y las manos. También perciben el tamaño de otros objetos incorrectamente. Pierden el sentido del tiempo, ya que este puede pasar para ellos de modo lento o demasiado rápido. Incluso algunas experimentan fuertes alucinaciones.

Las causas que provocan este síndrome son varias: una cantidad anormal de electricidad en el cuerpo, lo que causa un cambio en el flujo sanguíneo del cerebro donde las señales enviadas desde los ojos se perturban; la epilepsia del lóbulo temporal, cuyas convulsiones provocan reacciones de euforia o un intenso miedo y paranoia; dolores de cabeza, migrañas o tumores cerebrales; o debido al virus Epstein-Barr, el mismo que produce la mononucleosis.

Recreación de Alicia en el País de las Maravillas
Alicia en el País de las Maravillas

Pinocho el mitómano

Después de Las Comedias de Alicia, los Estudios Disney se lanzaron al mercado de los largometrajes de animación. Y tras el éxito de Blancanieves y los 7 enanitos llevaron a la gran pantalla a Pinocho, de Carlo Collodi, en 1940.

El entrañable muñeco de madera que cobraba vida gracias al Hada Azul, y cuya nariz crecía y crecía a la par que contaba alguna mentira, es la figura que da nombre a otro síndrome, relacionado con la mentira patológica o mitomanía. Se considera mitómanos a aquellas personas que rodean su vida de mentiras hasta tal punto que entran en un círculo vicioso del cual ya no pueden escapar. Sus mentiras son espontáneas y no planeadas, y una vez entrada en esta dinámica de farsa y engaños no pueden parar, manteniendo en muchas ocasiones las mismas mentiras durante años. El mentiroso patológico sabe lo que hace, pero no puede evitarlo hasta que finalmente termina creyendo sus propias fantasías.

El síndrome de Bambi

Aparentemente cualquier cosa que incluya a este lindo cervatillo ha de ser por naturaleza buena. Pero la realidad es que hace referencia a un comportamiento propio de la sociedad actual que puede resultar altamente peligroso. Se dice que quienes lo padecen tienen sentimientos muy fuertes hacia los animales, la vida salvaje, y un repudio incontrolable a cazadores, incendiarios y profanadores de la naturaleza. Son gente de ciudad que tienen tan idealizada la vida salvaje que cuando al fin entran en contacto con ella ponen en serio riesgo sus vidas.

Hay que señalar que Disney se tomó la libertad de modificar la especie de Bambi, de un corzo en la historia original de Felix Salten, a un ciervo de cola blanca, ya que el corzo no habita en Norteamérica. En cuanto al corzo, el zoólogo Konrad Lorenz narra en su libro Hablaba con las bestias, los peces y los pájaros, que se trata de “uno de los asesinos más crueles… está sediento de sangre. Los corzos mansos causan más accidentes al año que los leones y tigres”. Pero quienes sufren el síndrome de Bambi se quedan con la imagen dulce del cervatillo y sus amiguitos del bosque, sin pensar que los herbívoros son más dados a la violencia gratuita que los depredadores y así ponen en riesgo sus vidas al no tomar las precauciones oportunas cuando se mezclan con ellos.

Síndrome y complejo de Cenicienta

La pobre Cenicienta del cuento de hadas de Charles Perrault no sólo sufre una vida desgraciada en la ficción sino que es toda una campeona al dar nombre a varios trastornos físicos y psicológicos. El síndrome de Cenicienta puede referirse, en primer lugar, al rechazo de algunos niños hacia sus madrastras de manera injustificada, llegando a inventar incluso agresiones por parte de ella. Otras veces nos habla de niños que se sienten menos queridos que sus hermanos y crecen soñando con que algún día ellos serán quienes salven a la familia de algún apuro y entonces pasen a quererlo como se merece, recibiendo el respeto y la aprobación que siempre le han negado.

También podemos referirnos con complejo de Cenicienta a aquellas mujeres que tienen miedo a independizarse y que se justifican diciendo que deben cuidar de sus padres. Pero realmente lo que les pasa es que tienen miedo a tomar el control de sus propias vidas y sienten una enorme necesidad de ser protegidas. Y por último, hay quien llama síndrome de Cenicienta a la dermatosis cenicienta, una enfermedad de la piel donde la hipermelanosis provoca que las personas desarrollen en su cuerpo manchas de color gris azulado.

Síndrome de Kleine-Levin

En 1959 llegó a las pantallas la versión de Disney de La Bella Durmiente, un cuento de tradición oral sin autor conocido, puesto que el personaje de la doncella sumida en un sueño sobrenatural, que despierta por la intervención de un amante, aparece desde hace siglos en textos indios, greco-latinos, islandeses, españoles y franceses.

El síndrome de Kleine-Levin, también denominado el síndrome de la bella durmiente. Es una enfermedad poco frecuente de tipo neurológico que se caracteriza por episodios, de días o semanas de duración, en los que el paciente afectado presenta somnolencia excesiva y periodos de sueño prolongado de como mínimo 18 horas diarias, a lo que se denomina hipersomnia. Otras manifestaciones incluyen una sobrealimentación compulsiva, conducta sexual desinhibida, deterioro de las capacidades mentales, desorientación, agresividad e incluso alucinaciones. Después de las crisis, el comportamiento y las capacidades mentales vuelven a la normalidad, aunque a veces existe amnesia tras el ataque y no se recuerda nada de lo sucedido. Afecta principalmente a varones adolescentes y solo un 20% de los pacientes han dejado de tener episodios al cabo de unos seis años. En cuanto al tratamiento, estudios recientes señalan al carbonato de litio como una herramienta terapéutica eficaz tanto en el manejo de la crisis como en la prevención de nuevas recaídas.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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