Los matemáticos también se baten en duelo

Aunque la imagen que tenemos de los matemáticos es la de personas ausentes de este mundo y con pinta de ser “rarillos”, esta no es del todo cierto. Y el ejemplo más claro es el del francés Évariste Galois.

En 1811 nacía en Bourg-la-Reine, un pequeño pueblecito en las cercanías de París, Évariste Galois. Su padre era el alcalde del pueblo y tanto él como su madre tenían una sólida formación cultural que supieron transmitir a sus hijos, al igual que un profundo desprecio hacia cualquier forma de tiranía. Cuando Évariste comenzó a asistir a la escuela a la edad de doce años, demostró muy poco interés por el latín y el griego pero, en cambio, quedó prendado de la belleza de las matemáticas, sobre todo por el libro Geometría del gran matemático francés nacido en Turín Joseph-Louis Legendre. Galois, aunque estudió con fruición álgebra y análisis, su trabajo en clase de matemáticas fue siempre mediocre y sus maestros lo consideraban como alguien rarillo. A los 16 años Évariste ya sabía lo que sus maestros ignoraban: que era un genio de las matemáticas. Convencido de ello esperaba entrar en la escuela donde se habían formado tantos matemáticos famosos, la prestigiosa Escuela Politécnica.

Escrito y perdido

Primer deseo y primera decepción: su solicitud fue rechazada por carecer de formación sistemática. Un año más tarde, con 17 años, desarrolló en un artículo sus descubrimientos fundamentales. Se lo entregó a uno de los matemáticos más importantes de la época, Antoine-Louis Cauchy, cuya cabeza era tan brillante como despistada. Cauchy solía olvidar dónde dejaba los artículos que le entregaban y para la época de Galois ya había pasado a convertirse en un especialista en perder artículos. Galois, que se lo había enviado a Cauchy para que lo presentara en su nombre en la Academia de Ciencias, tenía ahora motivos para detestar no sólo a los profesores sino también a los académicos. Si a todo esto sumamos un nuevo fracaso en su segundo intento de ingresar en la Escuela Politécnica y que su padre, acorralado por culpa de una serie de intrigas clericales, se suicidó, no resulta extraño que Évariste se sintiera hundido y miserable.

A pesar de tantos reveses Galois siguió insistiendo y al final pudo entrar en la Escuela Normal Superior de París –entonces no tan prestigiosa como lo es hoy en día- y así prepararse para el mundo de la enseñanza. En sus pocas horas libres, siguió investigando. En 1830 presentó un trabajo para optar al premio en matemáticas concedido por la Academia. El artículo no pasó por las manos de Cauchy sino por las de otro matemático insigne, Jean-Baptiste Joseph Fourier. Galois podía respirar tranquilo. Fourier se llevó el trabajo a su casa para poder leerlo con detenimiento y la mala fortuna volvió a cebarse con el pobre Évariste. Fourier murió poco después y su trabajo se perdió irremisiblemente.

Un matemático revolucionario

En 1830 afloró su hondo sentimiento contra la tiranía y se puso de parte de los revolucionarios, que en junio de ese año se levantaron y obligaron a exiliarse al rey Carlos X. Un triunfo que duró muy poco pues el levantamiento fue aplastado por la llegada al trono el agosto de un nuevo rey, Luis Felipe de Orleans, el penúltimo monarca de Francia. Galois, siempre del lado revolucionario, escribió una durísima carta contra el director de la Escuela le valió su expulsión. Por tercera vez presentó un trabajo a la Academia y, cumpliendo el conocido refrán, esta vez no se perdió. El artículo contenía lo que hoy se conoce como teoría de Galois pero el encargado de valorarlo, otro matemático insigne de nombre Siméon Denis Poisson, se lo devolvió con una anotación: «incomprensible».

Galois, asqueado, se alistó en la Guardia Nacional. En 1831, durante una reunión, hizo un brindis que se consideró como una amenaza a la vida del emperador y fue arrestado. Aunque fue liberado, nueve meses más tarde le volvieron a arrestar y esta vez dio con sus huesos en la cárcel. Poco tiempo después se vio envuelto en un asunto de faldas poco claro que terminó en un duelo. Lo que sí se sabe es que, cinco días escribió una carta a su amigo Auguste Chevalier donde menciona una ruptura amorosa. 

No se supo la identidad de la mujer hasta el descubrimiento de dos manuscritos de Galois, en los que había copiado sendas cartas que había recibido. Al parecer, durante su estancia en la pensión Faultrier, Galois se enamoró de Stéphanie D., un amor que se reveló infeliz. Ella le habría pedido romper el 14 de mayo. Todo apunta a que la identidad de la amante era Stéphanie-Félicie Poterin du Motel, que vivía en la misma calle donde estaba la pensión y estaba relacionada con un Poterin du Motel, médico de la pensión. Los motivos del duelo no están nada claros, aunque tenemos la declaración del primo de Galois, Gabriel Demante: “[Galois] se encontró ante un supuesto tío y un supuesto prometido, y los dos provocaron el duelo". Y añadió que el propio Galois le dijo: "Soy víctima de una coqueta infame y sus dos engañados". La noche anterior al mismo escribió a sus amigos: “Me han desafiado dos patriotas; no he podido negarme”.

Duelo a pistola

Las pocas horas que le quedaban hasta el amanecer las dedicó a terminar de poner por escrito sus ideas matemáticas, y en la madrugada del 30 de mayo de 1832, cerca del estanque Glacière en París, Galois se enfrentó en un duelo a pistola. Recibió un balazo que le perforó los intestinos y quedó tirado en el campo hasta que un campesino que pasaba por allí lo recogió y lo llevó al Hospital Cochin. Galois murió de peritonitis a la mañana siguiente. Dicen que sus últimas palabras fueron para su hermano Alfred: “¡No llores! Necesito todo mi coraje para morir a los veinte años”. El 2 de junio fue enterrado en una de las fosas comunes del cementerio de Montparnasse.

Lo que se considera su testamento matemático se lo envió a su amigo Auguste Chevalier, en una carta fechada el 29 de mayo, dos días antes de su muerte. Las últimas frases de la carta fueron: “Le pedirás públicamente a Jacobi o a  Gauss que den su opinión, no sobre la verdad, sino sobre la importancia de los teoremas. Después de eso habrá, espero, gente que se beneficie de descifrar todo este lío”. En las aproximadamente 60 páginas que ocupan “este lío” hay muchas ideas que han sido claves para casi todas las ramas de las matemáticas.

Referencias:

Astruc, A. (1994), Évariste Galois, Grandes Biographies, Flammarion

Désérable, F.-H. (2015), Évariste, Gallimard,

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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