Las otras Tierras

Algunos astrónomos creen que pronto se confirmará el hallazgo del primer mundo alejado de nuestro sistema solar en el que podríamos vivir como en la Tierra.

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Estos mundos extrasolares forman parte de los más de 3.400 que se han hallado desde 1992, cuando se confirmó la existencia del primero. Para dar con ellos, los astrónomos emplean diversas técnicas que, por decirlo de algún modo, se basan en un único hecho: las estrellas solitarias no se mueven como las que poseen una cohorte de planetas a su alrededor. Hasta 2014, el método más utilizado era el de la velocidad radial. En esencia, este consiste en descomponer la luz de la estrella y estudiar posibles variaciones en su espectro inducidas por la presencia de algún planeta. Esas discrepancias son muy pequeñas, pero se pueden detectar con espectrómetros como el HARPS, instalado en el telescopio de 3,6 metros del Observatorio de La Silla, en Chile, o el HIRES de los telescopios gemelos Keck, de diez metros, en Hawái.

 

En la actualidad, la estrategia más utilizada por los expertos en ciencias planetarias que se dedican a la caza de mundos extrasolares es el denominado método del tránsito o fotométrico. Este, precisamente, fue el que emplearon los astrónomos del MIT para descubrir las tres posibles tierras que orbitan en torno a TRAPPIST-1. Consiste en observar las pequeñas disminuciones que se producen en el brillo de una estrella cuando un planeta pasa por delante del disco. Para ello, la órbita que sigue el objeto ha de encontrarse en nuestra línea de visión de la estrella. Así, si observásemos el sistema solar desde arriba, por ejemplo, nunca podríamos discernir el tránsito del planeta por delante de su sol.

 

Las estrellas ultrafrías, como en la que está centrada el citado estudio del MIT, no suelen ser un objetivo habitual en la búsqueda de exoplanetas. Por el contrario, esta se centra en las más grandes, calientes y luminosas, objetivos perfectos para una herramienta que, en este asunto, se ha vuelto indispensable en los últimos años: el telescopio espacial Kepler. Esta sonda, lanzada por la NASA en 2009, fue diseñada para investigar 100.000 estrellas situadas a unos 5.000 años luz. De hecho, es capaz de observar muchas de ellas de una sola vez precisamente porque son brillantes; si fuesen ultrafrías, su baja luminosidad solo permitiría estudiarlas de una en una, algo que, por supuesto, no gusta mucho a los científicos, pues implica una enorme inversión en tiempo y recursos. Entre los astrónomos se comenta que buscar planetas en estrellas ultrafrías es como hacer un disparo en la oscuridad intentando dar en el blanco.

 

El caso es que los expertos del MIT decidieron arriesgarse y, con la paciencia de una madre y la devoción de un monje, se pusieron a rastrear estas estrellas débiles. Ahora bien, introdujeron una sutil aunque muy importante condición en su búsqueda: tenían que estar cerca de nosotros. Y así fue como encontraron esos tres planetas parecidos a la Tierra a un tiro de piedra cósmico.

 

Una semana después de hacerse público este hallazgo, Ellen Stofan, jefa científica de la NASA, anunció en el cuartel general de esta agencia en Washington que, a partir de los datos aportados por el telescopio Kepler, se había podido verificar la existencia de 1.284 mundos más, el doble de los que había localizado previamente esta misma sonda. La probabilidad de que existan realmente estos objetos es de un 99 %, según los astrónomos. Es más, los responsables de la NASA creen que 550 de ellos podrían ser rocosos –como Mercurio, Venus, la Tierra y Marte– y sospechan que nueve están situados en la mencionada zona habitable. Además, hay otros 1.327 objetos pendientes de estudio, si bien no se tiene tanta certeza de su presencia.

 

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