La verdadera historia de los círculos en los campos de cereal

El fenómeno pictórico más famoso de finales del siglo XX fueron los llamados “círculos del maíz”, extraños dibujos que aparecían de repente en los campos de cereal de todo el mundo.

 

Una tarde del verano de 1978, tras beber unas cuantas pintas en el pub Percy Hobbs, cerca de Winchester, los jubilados Doug Bower y Dave Chorley salieron a tomar el aire por un camino de herradura en Longwood, cerca de Cheesefoot Head. Hablaban sobre ovnis y Bower, que había vivido en Melbourne durante 8 años, comentó que alguien había dicho que un ovni había dejado una marca circular en las hierbas de un pantano. “¿Qué te parece si dejamos nuestra marca allí?”, añadió señalando a un trigal. Dicho y hecho. Marcharon a la tienda de enmarcado de Dave, cogieron la barra de hierro que utilizaba para asegurar la puerta y regresaron al trigal. Los marcianos acaban de aterrizar.

Dave murió a finales del siglo pasado con el curioso honor de haber sido uno de los dos inventores del fenómeno pictórico más famoso de finales del siglo XX: los círculos del maíz. Pero como sucedió con las fundadoras del espiritismo, las hermanas Fox, cuando los dos jubilados confesaron públicamente sus fechorías en 1991 muchos no les creyeron. Un par de simples ancianos no pueden haber tomado el pelo de esa forma a miles de personas y hacer cosas que evidentemente superan la capacidad humana. No, los culpables debían ser extraterrestres, vórtices de plasma o rayos en bola. Según cuenta Doug, cuando estaba junto a la cama del hospital donde Dave moría de cáncer, le prometió seguir defendiendo su autoría. Y como prueba de ella, en 1999 y para las cámaras de la BBC hizo su particular demostración.

El efecto de la globalización

Los círculos del cereal saltaron a la fama en el verano de 1980, cuando se observó el primer círculo hecho por los dos jubilados. Dos días después, un periodista del Wiltshire Times visitó el lugar y sugirió que eran demasiado perfectos para haber sido hechos por la lluvia o el viento, o por el vendaval que levantan las aspas de los helicópteros, que suelen hacer sus ejercicios en los llanos de Salisbury. Y apuntaba una posible explicación: podían tratarse de los ovnis. La mecha estaba encendida.

El interés de los medios de comunicación por este nuevo y estrafalario fenómeno hizo multiplicar la aparición de círculos por todos los campos de cereal de Gran Bretaña, sobre todo cerca de lugares considerados tradicionalmente mágicos: las construcciones megalíticas Stonhenge y Avebury o la cercana y misteriosa colina Silbury. Poco a poco el fenómeno fue ganando en complejidad: los círculos dieron paso a diseños mucho más complicados, algunos de ellos sacados de la recién nacida ciencia del caos, como el fractal conjunto de Mandelbrot. El 21 de agosto de 2006 los misteriosos círculos dieron una nueva vuelta de tuerca: junto al radiotelescopio de Chilbolton, en el condado inglés de Hampshire, aparecieron un elevado número de pequeños ‘pixels’ cuyo significado únicamente se pudo apreciar observándolos desde el cielo: una cara y el pictograma-mensaje que se envió el 16 de noviembre de 1974 desde el inmenso radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico. El entonces director Frank Drake, uno de los pioneros de la búsqueda científica de posibles civilizaciones extraterrestres ( SETI), quiso celebrar la inauguración enviando un mensaje al cúmulo globular M13, situado a 25 000 años-luz de nosotros. ¿Fue la contestación de los ETs a nuestro mensaje? Eso es lo que creían algunos de los más imaginativos “cerearólogos” -autotitulados expertos en los círculos del cereal-.

Cerealogía extraterrestre

Resulta evidente que, viendo la progresión temporal de los círculos, tras ellos se ocultaba una tomadura de pelo a nivel planetario. Los ‘artistas’ llegaron a niveles de destreza incomparables y que devino en un relativamente próspero negocio: libros y revistas dedicadas exclusivamente a este fenómeno constituyeron parte de él, mientras que los propietarios de las fincas donde aparecían cobraban su entrada. Se crearon sociedades y asociaciones como la británica Centre for Crop Circle Studies y se convocaron congresos con títulos tan llamativos como “Signos del Destino: Círculos del Cereal y Geometría Sagrada”. Ciencia en estado puro.

Sin embargo, ¿puede que existiera un origen distinto para algunos de ellos? Dejando a un lado aventuradas propuestas que no merecen ni el nombre de hipótesis, como extraterrestres o místicas energías druídicas, el primero en proponer una causa natural fue un meteorólogo, Terence Meaden, interesado en anomalías meteorológicas. Según él, los culpables podían ser pequeños vórtices de viento que quedan atrapados al abrigo de una colina y giran alrededor de un punto creando espirales perfectas. Sin embargo cuando empezaron a aparecer círculos más complicados, la hipótesis de Meaden colapsó. Entonces propuso, completamente ad hoc, que podrían tratarse de vórtices de plasma, un fenómeno relacionado a los famosos rayos en bola que el genial Hergé usó en la aventura de Tintín Las 7 bolas de cristal. Semejantes meteduras de pata son clásicas entre los científicos que pretenden encontrar explicaciones antes de asegurarse que el fenómeno existe.

La guerra de los círculos

El problema nada trivial con el que se enfrentaba el meteorólogo era distinguir los círculos genuinos de los falsos. Imposible. Los “hacedores de círculos” reventaron las ilusiones del científico. De este modo, la historia de los círculos derivó a una guerra entre cerearólogos y los grupos de falsificadores, que ya se contaban por docenas y con nombres tan peculiares como Merlín & Co y The Bill Bailey Gang. Uno de los enfrentamientos más famosos sucedió en noviembre de 2000, cuando un programador en paro fue multado por hacer círculos en el maíz. Todo sucedió cuando Matthew Williams, de 29 años, escuchó a un arquitecto reconvertido en cerearólogo, Michael Glickman, afirmar que una estrella de siete puntas que acababa de aparecer en un campo no podía haber sido hecha por manos humanas y, por tanto, habían sido los extraterrestres. Williams, ni corto ni perezoso, marchó una noche al cercano campo de Marlborough y la hizo. Entonces envió una foto vía correo electrónico al “experto” y éste, en lugar de reconocer su error, ¡llamó a la policía!

Los conspiranoicos no podían faltar

Por supuesto, la CIA no podía quedar fuera del asunto. Al igual que en el tema ovni, los conspiranoicos descubrieron que los servicios de inteligencia norteamericanos estaban detrás de una campaña de desinformación e intoxicación destinada a hundir a aquellos investigadores que luchan por arrojar un poco de luz sobre el misterio. Así, parte de la leyenda dice que uno de los expertos más famosos y que puso nombre al fenómeno, un ingeniero llamado Colin Andrews, afirmó en una entrevista en 1999 que un hombre de la CIA -al menos así se presentó- quiso reclutarle. Ellos le apoyarían en todas sus investigaciones y le mantendrían en la primera plana de los medios. Pero después de unos años debería ofrece una rueda de prensa y decir sólo una cosa: que todo era un fraude. Por supuesto, se negó y desde entonces le estuvieron investigando. En esa entrevista afirmó que importantes cerearólogos, como el mencionado Meaden o Pat Delgado -cuyo libro sobre los círculos se convirtió en un best-seller-, habían sido “sacados de la escena” y hundida su reputación.

Lejos de semejantes paranoias, Andrews propuso hace dos años que los círculos eran provocados por fluctuaciones del campo magnético terrestre. El cereal es “electrocutado” y, en consecuencia, aplastado formando un círculo. Partidario del origen ET del fenómeno, en una conferencia pronunciada en el Madison Square Garden defendió una idea muy del gusto del misticismo actual de Gaia: tras varios años de investigaciones financiadas por la Fundación Rockefeller, se había llegado a la conclusión de que se trataba de una interacción entre la conciencia humana y el medio ambiente; los círculos, al igual que los cambios que vemos en el clima, son parte del signo de nuestros tiempos.

Ciencia cero, mito uno

Si hay un denominador común a este tipo de “investigaciones” es que jamás se publicaron en una revista científica para que fueran analizadas y diseccionadas por la comunidad científica. Únicamente esto ha sucedido con el biofísico W. C. Levengood, que en 1994 ya publicó un artículo en la revista Physiologia Plantarum donde defendía que había encontrado ciertas anomalías anatómicas en la plantas aplastadas en los círculos. En particular, el tamaño de los nódulos existentes en los tallos es superior al esperado, algo que explica por la absorción de radiación de microondas proveniente de una bola de plasma originada en la ionosfera. Siguiendo esta estela, un físico holandés, Eltjo H. Haselhoff -que trabaja en el departamento de marketing de una empresa dedicada a construir instrumentos de resonancia magnética-, proponía en la misma revista en 2000 que tales anomalías se explicaban mejor suponiendo una fuente puntual electromagnética: un rayo en bola o bola de luz. En definitiva, ambos científicos proponen que estos “estiramientos” de los nódulos han sido originados por el calor desprendido por una fuente de radiación electromagnética. Para ello se basan en testimonios de personas que vieron puntos de luz brillantes sobre los campos donde aparecieron círculos.

Pero el tiempo acaba de poner las cosas en su sitio: los círculos del cereal no fueron otra cosa que una “serpiente de verano”, un tipo de periodismo muy querido por los investigadores de lo paranormal, pues con él consiguen el minuto de gloria que tanto reclaman. Para desgracia de los buscadores de misterios, lo que los círculos del cereal nos han enseñado es hasta dónde puede llegar la credulidad humana.

Referencias

Delgado, P y Andrews, C. (1998) Circular evidence, Guild Ed.

Taylor, R. (2010) The crop circle evolves, Nature 465, 693, doi.org/10.1038/465693a

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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