La trastienda de los premios Nobel

Recibir el premio Nobel significa uno de los mayores reconocimientos que puede recibir un científico. Pero, en ocasiones, lo que hay detrás de ellos es otra cosa muy diferente.

Ganar un premio Nobel no implica ser el mejor científico de su campo: el premio recompensa a quien ha hecho un gran descubrimiento, aunque sea de chiripa. Mejor dicho, un gran descubrimiento según lo juzgan los miembros de la Academia de Ciencias Sueca, en el caso de Física y Química, o el Instituto Karolinska, en el caso de Medicina o Fisiología.

Ya se sabe que sobre gustos no hay nada escrito y los miembros del Comité Nobel tienen los suyos. Por ejemplo, en física. Para ellos es más importante entender el funcionamiento del interior de las estrellas que el de nuestro planeta. Por eso la geofísica Inge Lehmann, que determinó la estructura del núcleo de la Tierra en 1936, se quedó sin él. Más clamoroso fue el arrinconamiento de quienes formularon la tectónica de placas: los norteamericanos Jason Morgan, Dan McKenzie y el francés Xavier Le Pichon. La teoría central de la geofísica moderna no es merecedora del Nobel.

Estos premios también son famosos por sus retrasos a la hora de conceder el preciado galardón. Barbara McClintock descubrió la existencia de los transposones, unos genes que saltan de un lado a otro del genoma, en 1948. No la recompensaron hasta 35 años más tarde, cuando tenía 81 años. En 1986 Ernest Ruska fue galardonado por diseñar el primer microscopio electrónico realmente eficaz 53 años después de construirlo. Tuvo suerte y murió dos años más tarde de acudir a Estocolmo, pues los Nobel no se otorgan póstumamente. En 1983 le concedieron el Nobel de Física al hindú Subrahmanyan Chandrasekhar por un trabajo que había realizado cuando viajaba de la India a Gran Bretaña, en julio de 1930. 

Este retraso puede entenderse porque, a pesar de que el propósito de Alfred Nobel era que cada año se honrase a aquellos científicos que hubiesen hecho un descubrimiento importante el año anterior, es difícil saberlo. Incluso a veces algo que parece magnífico se revela después totalmente inservible. Por ejemplo, en 1903 un médico danés de nombre Miels Finsen recibió el premio Nobel por un tratamiento con luz para enfermedades de la piel: resultó que no servía para mucho. Lo mismo ocurrió en 1908 con el premio Nobel de Física a Gabriel Lippmann por un nuevo procedimiento de fotografía en color.

Meteduras de pata

Inge Lehmann
Inge Lehmann

Claro que el retraso no evita meter la pata, como en 1926 cuando el médico danés Johannes Fibiger fue premiado por descubrir en 1913 que ciertos tipos de cáncer podían estar causados por un gusano parásito. Más tarde se comprobó que el pobre gusano no era la verdadera causa de la enfermedad. Quien sí probó que las influencias externas pueden provocar el cáncer fue el japonés Katsusaburo Yamagiwa. En 1915 había demostrado empíricamente que el alquitrán de hulla podía inducir el cáncer en conejos y el comité Nobel se hizo, literalmente, el sueco. De hecho, el trabajo de Yamagiwa es citado como verdaderamente pionero en oncología y el de Fibiger duerme el sueño de los (in)justos. ¿Quizá el Instituto Karolinska tenía más aprecio por la vecina Dinamarca que por el lejano Japón? Eurovisión no es la única prueba de las amistades entre países.

El machismo de los Nobel

Las mujeres también han sufrido la discriminación de los Nobel. Mucho suele mencionarse a Marie Curie, la única persona que ha recibido dos Nobel en dos disciplinas diferentes. Pero pocos saben que a punto estuvo de no recibir ni el primero. En 1901 la Academia Francesa de Ciencias nominó a Henry Becquerel y a Pierre Curie para el Nobel. Y así hubiera sido si no llega a intervenir un matemático sueco miembro del Comité Nobel y defensor de las mujeres científicas, Magnus Goesta Mittag-Leffler, que avisó a Pierre de la situación. Él, indignado, exigió la inclusión de su colaboradora y esposa y al final, tras mover unos cuantos hilos, se aceptó su nominación.

Pero el caso de Marie Curie ha sido más la excepción que la norma en el curso de los premios. El descubrimiento de la violación de la paridad en las partículas elementales -esto es, que pueden distinguir entre izquierda y derecha- realizado por Chien-Shiung Wu, Tsung-Dao Lee y Chen Ning Yang fue recompensado con el premio para Lee y Yang (hombres) pero no para Wu (mujer). Lo mismo sucedió con Lise Meitner, en uno de los olvidos más sangrantes de la historia de los premios. En 1944 Otto Hahn recibía en solitario el Nobel de Química por el descubrimiento de la fisión nuclear. Consciente o inconscientemente dejaron fuera a Meitner, que colaboró con Hahn en el descubrimiento de la fisión y, más importante aún, dio la primera interpretación teórica de lo que allí sucedía. ¿Machismo por parte del comité? Quién sabe, pero no está de más recordar que cuando Meitner huyó de Alemania y se instaló en Estocolmo, el instituto de investigación Manne Siegbahn donde fue admitida mantenía una animadversión institucional hacia las mujeres científicas. Allí lo único que recibió fue un lugar donde sentarse: ni colaboradores, ni equipo, ni siquiera un juego de llaves.

¿Y qué decir del descubrimiento de los púlsares? Estas estrellas tremendamente compactas (imaginemos dos soles metidos dentro de una esfera del tamaño de una ciudad media y rotando sobre su eje mil veces por segundo) fue hecho en 1967 por una estudiante de doctorado, Jocelyn Bell. Su director de tesis, Anthony Hewish y ella determinaron que lo que había descubierto era una estrella de neutrones, cuya existencia había sido predicha teóricamente hacía casi 30 años. Era un descubrimiento importante, merecedor del premio Nobel. Y se lo dieron. Pero no a la descubridora, sino a su director. Quizá los del comité consideraron que era un desprestigio dárselo a una estudiante de doctorado.

Este hecho provocó que uno de los grandes astrofísicos del momento, Fred Hoyle, criticara duramente esta decisión. Posiblemente, esto hizo que se quedara sin el premio. Hoyle, junto con el matrimonio Burbridge y William Fowler, publicaron en 1957 uno de los artículos más importantes de la física del siglo XX: el origen de los elementos químicos. En él determinaban que todos los elementos químicos, salvo el hidrógeno y parte del helio, se creaban en el interior de las estrellas. Hoyle había tenido la idea original y había hecho la mayoría de los cálculos, así que él era el mejor candidato al Nobel. Pero no se lo dieron. Ni a él ni al matrimonio Burbridge: únicamente Fowler fue galardonado.

Referencias:

Hargittai, I. (2003) The Road to Stockholm, Oxford University Press

También te puede interesar:
Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

Continúa leyendo