La primera víctima de un tsunami

Un estudio determina que un cráneo con 6.000 años de antigüedad hallado en Nueva Guinea perteneció a una víctima de ese desastre natural.

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En realidad, se trata de un cráneo desenterrado en 1929 cerca de la pequeña población de Aitape, en Nueva Guinea, la segunda isla más grande del mundo después de Groenlandia.

Este enclave litoral del océano Pacífico, perteneciente a Papúa Nueva Guinea, ha sido investigado desde 1990 por el antropólogo John Terrell, que trabaja en el Museo Field de Historia Natural de Chicago y forma parte del equipo internacional de expertos que ha realizado el descubrimiento.

"Si estamos en lo cierto, y el dueño de ese cráneo murió como pensamos, tenemos una prueba concluyente de que vivir al lado del mar no son solo bellas puestas de sol y buenas condiciones para hacer surf. Constituye el testimonio de que un desastre natural puede ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar, y poner el mundo patas arriba. Tal vez nos ayude a convencer a los escépticos de la gravedad de la amenaza que supone el calentamiento global y el aumento del nivel de las aguas”, confía Terrell.

En el lugar de los hechos

Aunque al principio se pensaba que el cráneo pertenecía a un Homo erectusla datación con radiocarbono estableció su antigüedad a no más allá de 6.000 años. Es decir, era de un humano moderno.

Más recientemente, en 2014, Mark Golitko, experto de la Universidad de Notre Dame, en Indiana, y el Museo Field, se desplazó junto a otros investigadores hasta el yacimiento donde se descubrió el resto óseo para averiguar la causa del fallecimiento de aquel antiguo papú.

"Hemos podido confirmar lo que sospechábamos desde hace tiempo. Las similitudes entre los sedimentos donde se hallaba el cráneo y los que dejó un tsunami que devastó este mismo litoral en 1998 nos llevan a creer que la población local ha sufrido este tipo de inundaciones masivas desde hace miles de años".

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Lo que no sabemos es si el maremoto mató violentamente al individuo o lo sacó de su tumba, sepultando su cabeza en el lugar donde se descubrió 6.000 años más tarde”, explica James Goff, de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, autor principal del trabajo.

En él han colaborado expertos de numerosas instituciones, como la Universidad de Papúa Nueva Guinea, la Universidad de Auckland (Nueva Zelanda), el instituto neozelandés de Investigación Atmosférica y del Agua o la Universidad de Borgoña Franco-Condado, en Francia, entre otras.

Foto: Arthur Durband.

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