La niña que publicó un artículo científico con 11 años

Además de batir el récord como la persona más joven en publicar en una revista revisada por pares, desenmascaró una de las pseudoterapias más extendidas.

La pequeña Emily Rosa tenía solo nueve años cuando, en el colegio, le pidieron que hiciera un proyecto científico. Corría el año 1996, y había visto un documental de la profesora Dolores Krieger, de la Universidad de Nueva York, que divulgaba las bondades y maravillas del denominado toque terapéutico, también llamado reiki por su creador, Mikao Usui.

El reiki es una técnica que algunos califican de milenaria, creada en 1922. Según sus bases, el practicante puede detectar la raíz de los problemas de salud, percibiendo una suerte de campo energético que todos emitimos y sanarlos, mediante la manipulación de esas energías, y sin tener el más mínimo contacto con el paciente.

La inspiración de Emily Rosa

El documental de Krieger llegaba a afirmar que el campo energético humano era tibio, gelatinoso y con una textura similar a la del tafetán. Con unas explicaciones tan específicas parecía fácil poner a prueba la capacidad de detección de ese campo energético.

Para llevarlo a cabo, Emily localizó a 21 practicantes de reiki que se ofrecieron a realizar una prueba. La experiencia de los profesionales era variable, aunque la más veterana llevaba 27 años practicándolo. Todos los voluntarios, salvo dos, eran mujeres. Las pruebas se realizaron en dos fases, la primera, en 1996, fue parte del proyecto escolar de ciencias de Emily, y participaron 15 profesionales. La segunda se llevó a la práctica al año siguiente, con el fin de televisar los resultados, y de ampliar los datos para la publicación científica, con 13 practicantes —7 de ellos, los mismos que en el primer experimento—.

El experimento

Emily Rosa diseñó ella misma su experimento para comprobar si las afirmaciones de Krieger eran ciertas o falsas. Y el diseño fue tan simple como brillante.

Durante la prueba, cada practicante estaría sentado en una mesa y sería examinado 10 veces. Para evitar que el reiquiólogo en cuestión pudiera ver, se colocaría un biombo opaco, con una abertura en la base por donde pasar sus manos, que dejarían extendidas y con la palma hacia arriba al otro lado de la barrera. Tanto los brazos como la abertura del biombo se cubrirían con una toalla.

Entonces Emily, sentada al otro lado del biombo, lanzaría una moneda al aire para escoger una mano al azar. Emily colocaría su mano sobre una de las manos del practicante, según el resultado de la moneda. Para asegurarse de que detectaba la energía vital, esa gelatinosa y con textura de tafetán, y no el simple calor, la mano de la niña se quedaría a entre 8 y 10 cm de distancia. Entonces, Emily diría “okay”

Esquema conceptual del experimento (Rosa, 1998).
Esquema conceptual del experimento (Rosa, 1998).

La prueba era, por tanto, sencilla. El practicante solo debía detectar la energía vital de Emily con sus manos —para lo cual le permitía que se tomase el tiempo que considerara necesario—, y decir en voz alta sobre cuál de ellas estaba la de la niña. Se anotaría entonces el acierto o el fallo, y se repetiría la prueba con un nuevo lanzamiento de moneda, hasta conseguir las 10 réplicas. Así, cada participante obtendría una puntuación entre 0 y 10, según el número de aciertos.

Todos los participantes estuvieron de acuerdo con las condiciones, nadie puso ningún inconveniente ni especificación previa a la realización de la prueba.

Las expectativas

La probabilidad de acertar al menos 8 de los 10 intentos es algo menos de un 5 %, y ese fue el umbral que se marcaron para el aprobado. Claro, que una probabilidad del 5 % implica que, por estadística, una de cada 20 personas aprobará aunque solo sea por azar. Siendo 21 participantes, no sería extraño que eso sucediera en al menos una persona, así que para asegurarse de que quienes aprobasen tenían realmente la capacidad que aseveraban tener y no fuera solo cuestión de suerte, repetirían la prueba completa, aunque el segundo resultado no entraría a formar parte de la estadística del estudio.

Además, de cara al resultado global, se aceptó un nivel de confianza del 90 %, lo que implicaba que para superar la prueba debían sacar entre todos los participantes, de media, una nota superior al 6,7. Por supuesto, si resultase que los practicantes no pudieran percibir la energía vital de Emily, la nota que se esperaría rondaría el 5 —que es el valor medio que se atribuye al azar entre los once posibles resultados, del 0 al 10—.

Los resultados

Terminada la prueba, ninguno de los participantes consiguió acertar 10 ni 9 veces, solo uno consiguió un 8. Recordemos que la probabilidad de conseguirlo era de aproximadamente 1 entre 20, por lo que es fácil asumir que únicamente tuvo suerte acertando. Algo que se confirmó al realizar una segunda prueba.

Ocho de las pruebas arrojaron 3 aciertos, y 7 más consiguieron un 5. En términos globales, la media de la nota fue de un 4,4. Un suspenso, muy por debajo del 6,7 necesario para lograr el aprobado, y muy cerca del 5 que se esperaría si los resultados se debieran al azar.

Cada vez que se concluía una prueba, el participante recibía su nota y se le daba la oportunidad de explicarse. Algunos llegaron a decir que los fallos se debían a que cada mano tiene una función, que la izquierda es la receptora y la derecha es la emisora, y que por tanto, percibir la energía con la mano derecha es más difícil, de ahí los fallos. Un claro inconveniente que bien podrían haber alegado al inicio de la prueba, cuando tuvieron la oportunidad. Sin embargo, Emily fue rigurosa en sus anotaciones, y pudo rebatir con facilidad esa falacia: del total de 80 respuestas incorrectas de los participantes, 35 de ellas se correspondían con la más perceptiva mano izquierda —algo que también es consistente con un resultado dependiente del azar—.

Las conclusiones

Emily Rosa, junto a sus padres Linda Rosa y Larry Sarner y el psiquiatra Stephen Barrett, cofundador del Consejo Nacional contra el Fraude Sanitario de Estados Unidos, publicaron en 1998 el artículo titulado Una mirada de cerca al toque terapéutico, en la prestigiosa revista American Medical Association.

Emily tenía 11 años, y se convirtió así en la persona más joven en firmar un artículo científico revisado por pares. En las conclusiones de su estudio se destaca que, cuando se realiza una prueba con las condiciones de laboratorio adecuadas, los maestros de reiki —o al menos los 21 que se ofrecieron voluntarios— no eran capaces de detectar esas energías místicas de las que hablan.

De hecho, no debía sorprender a nadie. En 1996, la Fundación Educativa James Randy ofreció la cuantiosa suma de 742000 dólares a quien pudiera probar tener esa capacidad; de los más de 40 000 practicantes de reiki que hay en todos los Estados Unidos, solo una persona se ofreció voluntaria a la prueba. Obviamente, fracasó.

Hasta la fecha, no hay una sola publicación científica bien diseñada que muestre los efectos beneficiosos del reiki, más allá del efecto placebo, en ninguna de sus múltiples denominaciones. Por el contrario, el experimento de Emily Rosa ha sido replicado varias veces, con idénticos resultados.

El hecho es que no existe ningún soporte científico para mantener la práctica de esta pseudoterapia que, según la Federación Española de Reiki, se ofrece en 70 centros —entre los que se incluyen hospitales o centros de mayores— por parte de más de 300 supuestos profesionales.

REFERENCIAS:

Rosa, L. et al. 1998. A close look at therapeutic touch. JAMA, 279(13), 1005-1010.
DOI: 10.1001/jama.279.13.1005
 
 
Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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