La montaña de basura

El mundo entero produce más de 2.100 millones de toneladas de basura al año, lo que supuestamente hace que cada ser humano acumule 160 kg de desperdicios cada año.

Claro que las cosas no son así, pues mientras los costarricenses producen 17 kg, los españoles en 2020 llegmos a los 455 kilos.

El grado de industrialización puede medirse por la cantidad de basura que genera un país. Estados Unidos lidera la lista de grandes productores de desechos: genera la tercera parte del total a pesar de que su población escasamente alcanza el 5% de la mundial. El aumento ha sido exponencial en la segunda mitad del siglo XX. Si Estados Unidos ha triplicado su cantidad desde 1960, España no se queda atrás: en menos de 7 años ha aumentado un 40%. Si un extraterrestre rebuscara en las basuras urbanas descubriría que cerca del 50% estaría compuesto por papel, telas y embalajes, un 23% de metales, plásticos y vidrios y un 7% de restos de comida.

Pero la basura también es un negocio, y no de chatarreros. Sólo la ciudad más cosmopolita, Nueva York, gasta 1.500 millones de dólares anuales en gestionar su basura, parte en reciclarla y parte en llevarla lejos de su entorno, en barcazas que buscan lugares donde deshacerse de ellas. Uno de estos sitios es Pensilvania, que recibe un pago nada despreciable por ello. Allí la incineradora Covanta quema 200 toneladas de plástico al día. Por supuesto, también tenemos países-basurero. Uno de ellos era China, que compraba grn parte de la basura estadounidense. Pero en 2019 decidió recortar sus importaciones de basura plástica de baja calidad, lo que significó que recortó la llegada de plásticos en un 99%. Eso fue un duro golpe para Estados Unidos y Europa, y por eso en España -el octavo país del mundo que más basura exporta- los residuos plásticos en nuestros vertederos se dispararon. Indonesia, Malasia y Filipinas también eran el destino final de los residuos europeos y norteamericanos, pero desde 2019 han empezado a devolver parte de los plásticos que le llegan a sus países de origen.

Estados Unidos ha encontrado otro lugar donde colocar sus residuos: América Latina. República Dominicana, Honduras, El Salvador, Colombia... son los destinos turísticos de la basura estadounidense, cuando esos países ya tiene un verdadero problema en gestionar los suyos propios. Y es que el problema de los plásticos de baja calidad es de calado. Según Greenpeace en España “se ponen en circulación cada día cerca de 50 millones de envases de bebidas, de los cuales 30 millones no se sabe a dónde van”.

Entre papeles, plásticos y otros derivados, el 60% de lo que ocupa nuestro cubo de basura son embalajes. El estilo de compra de los años 1970, donde los productos se envolvían en papel de periódico y los cascos de las botellas se devolvían, ha pasado a mejor vida. La comodidad de las grandes superficies pasa factura en forma de basura añadida y el empeño por tener una vida más cómoda ha tenido comoconsecuencia que se dispare el volumen de residuos.

Y no solo eso. También generamos desperdicios cuando construimos casas, carreteras... Y no solo por los materiales de construcción utilizados, sino al remover tierra y rocas. En los últimos 3.000 años la humanidad ha cambiado de lugar tierra y rocas suficientes para levantar una cordillera de 100 km de largo, 40 km de ancho y 4.000 metros de altura, lo que convierte al ser humano en el principal agente natural modificador del paisaje. La hipotética montaña de material removido podría parecer insignificante al lado de cualquiera de los principales sistemas montañosos, pero mientras que los movimientos orogénicos han tardado más de 10 millones de años en levantar los Himalayas, la humanidad ha desarrollado prácticamente toda su capacidad “modeladora” en los últimos siglos. Ha sido en los últimos 5.000 años cuando el ser humano se ha convertido en un excelente modificador del terreno: baste recordar que los romanos llegaron a pavimentar cerca de 300.000 km de carreteras. En los últimos tres siglos, la cantidad total de tierra removida se ha multiplicado por 40, y la tendencia se mantendrá en el futuro próximo.

La basura nunca ha sido un problema para el ser humano: donde la generaba, allí la tiraba. El primer vertedero conocido se encontraba en Knossos, donde la basura se enterraba dentro de grandes fosos. Atenas fue una ciudad que dispuso de una ley para las basuras: debían ser abandonadas en depósitos situados a más de un kilómetro de las puertas de la ciudad. Mientras, los chinos fueron los primeros en dedicar los restos orgánicos al compostaje.

El problema de la basura fue creciendo a medida que aumentaba el tamaño de las ciudades, hasta que en 1185 una ley francesa prohibió que en París se siguiera realizando el nada higiénico rito de echar la basura por la ventana. Y en el Nápoles de 1220 se penaba con galeras o con latigazos a quien abandonara su basura en otro lugar que no fueran los designados para tal efecto. En 1506, el rey francés Luis XII creó el cuerpo de basureros. La basura siempre ha sido un problema en las ciudades.

La Revolución Industrial marcó el comienzo de la generación de desperdicios a gran escala, con la hulla como protagonista. Así, de 30 millones de toneladas de producción mundial de hulla en 1820 se pasó a 125 millones en 1860 y 340 millones en 1880. El gas necesario para el alumbrado provenía de la destilación de la hulla, que extraía la mayor parte de los compuestos volátiles atrapados en su interior y la convertía en coque. La llama del gas de hulla, de color amarillo, iluminó las calles de Londres en 1812 y permitió leer el periódico en casa en 1829. Pero la destilación de la hulla generaba un residuo negro, maloliente y fangoso generado durante el proceso: el alquitrán. Completamente inútil, las destilerías lo arrojaban al río o estanque más próximo. A mediados del siglo XIX el Támesis estaba tan contaminado que el Parlamento tuvo que cerrar a causa del hedor.

Desde entonces el problema no ha hecho más que aumentar. Y hemos llegado a un punto en que, si no ponemos remedio, acabaremos ahogándonos con nuestrapropia porquería.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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