La Inquisición versus la razón: el caso Galileo

¿Por qué se produjo el caso Galileo? ¿En qué consistió este largo proceso jurídico y qué consecuencias tuvo para la vida del científico y para la ciencia en general? Viajemos a aquella Europa del siglo XVII para averiguarlo.

En una carta a la duquesa Cristina de Lorena, Galileo escribía: «La Biblia no fue escrita para enseñarnos astronomía (...) ni mostrarnos cómo es el cielo, sino cómo se va hacia él». Era parte de una larga e icónica misiva con la que el científico florentino intentó contener las acusaciones que sobre él habían comenzado a verterse desde ámbitos eclesiásticos. Corría el año 1613, Galileo tenía casi cincuenta años y, con aquella carta, pensaba ingenuamente que la polémica con la Iglesia estaría próxima a terminarse. No podía imaginar que, en realidad, todo acababa de comenzar.

El juicio a Galileo Galilei por parte de la Inquisición —el tribunal que condenaba delitos relacionados con la fe católica— es uno de los grandes episodios históricos de la Edad Moderna. Desde entonces, ha levantado acalorados debates y ha sido usado muy a menudo como prueba de la supuesta intransigencia y cerrazón religiosa ante los imparables avances científicos que se produjeron a raíz de la aparición de la ciencia moderna, que tiene al propio Galileo, precisamente, como una suerte de padre.

¿Por qué se produjo el «Caso Galileo»? ¿En qué consistió este largo proceso jurídico y qué consecuencias tuvo para la vida del científico y para la ciencia en general? Viajemos a aquella Europa del siglo XVII para averiguarlo.

Galileo ante la Inquisición
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Un ojo para mirar al universo

Miles de años antes que nosotros los mesopotámicos y los egipcios ya miraban al cielo para contemplar los astros. De ellos aprendimos a levantar la vista y escudriñar el firmamento buscando posibles respuestas ante los interrogantes humanos. Así, mirando al cielo, nacieron los primeros dioses, los meses del año o los días de la semana. Pero cuando Galileo pudo mirar al cielo con su invento, el telescopio —uno de los más importantes de la historia—, no vio dioses celestes, sino montañas en la Luna, manchas solares o satélites que sorprendentemente orbitaban en torno a Júpiter.

El telescopio había cambiado la ciencia por completo. En realidad, Galileo no lo había inventado —el honor se lo debemos a un fabricante de lentes, Hans Lippershey—, sino que lo perfeccionó y lo usó para comenzar a investigar el universo. Y es que, de pronto, el firmamento parecía no tener secretos para el florentino: observó detalladamente la Luna, descubrió las fases de Venus, la naturaleza de la Vía Láctea y —de importancia capital, como veremos más adelante— los cuatro satélites de Júpiter: Calisto, Europa, Ganímedes e Ío. Esos cuatro satélites giraban en torno al gran planeta, algo muy importante que, según Galileo, demostraba que la Tierra no era más que un planeta corriente y que no todos los cuerpos celestes giraban en torno a ella.

Gracias a la observación concienzuda del firmamento, Galileo podía demostrar por primera vez la teoría heliocéntrica enunciada por Copérnico, que por entonces era un modelo astronómico que afirmaba que la Tierra y los planetas se mueven alrededor del Sol, que está en el centro del universo. La proposición del clérigo polaco, un hito de la historia de la ciencia, fue conocida como la «revolución copernicana». Con ello, asestó un duro golpe a la teoría aristotélica geocéntrica y, de la misma forma, corregía ciertos errores en el modelo copernicano al afirmar —como sí hizo Copérnico— que todos los cuerpos celestes giraban alrededor del Sol.

Estos descubrimientos, de los que Galileo habló en su libro Sidereus nuncius, le dieron gran fama y fue recibido en Roma en 1611 con los honores de un gran científico. No obstante, las críticas a sus teorías comenzaron a hacerse notar, y aquí es cuando entra en juego el cardenal Roberto Belarmino, un inquisidor que ya había propiciado una década antes que el científico Giordano Bruno fuera quemado vivo en la hoguera. Fue a él a quien la Santa Sede mandó investigar si detrás de la obra de Galileo podía haber acusación de herejía. Y como diría el bueno de Don Quijote: «Con la Iglesia hemos topado, amigo Sancho».

Con la Iglesia hemos topado

Los descubrimientos de Galileo le valieron tanto la fama como la oposición de algunos de sus colegas. Entre ellos, la de los jesuitas del Colegio de Roma, que se negaron a echar un vistazo a través del telescopio cuando el propio Galileo visitó la ciudad. Aquellas críticas fueron al principio las de pequeñas voces que no impidieron que el científico continuara sus investigaciones. No obstante, sí que estuvo al tanto de las críticas que se vertían sobre él, por lo que, a través de una serie de cartas, comenzó a defender sus descubrimientos de la única forma que sabía: ardorosa y pasionalmente. De esta forma, le escribió a su discípulo Benedetto Castelli ridiculizando a quienes cuestionaban el heliocentrismo. La controversia fue haciéndose cada vez más grande, lo que obligó a Galileo a escribir a su benefactora Cristina de Lorena, defendiendo los argumentos copernicanos. Pero su explicación llegó demasiado tarde: el Santo Oficio ya había comenzado a investigar el caso. No había marcha atrás.

El 16 de febrero de 1616, un Galileo enfermo y contrariado era convocado ante el temido cardenal Belarmino, aunque finalmente no llegó a comparecer ante él. Tras las consideraciones del tribunal, se dictaminó que Galileo «debe abandonar por completo la opinión de que el Sol se detiene en el centro del espacio y la Tierra se mueve a su alrededor, y de ahora en adelante no sostener, enseñar o defender de cualquier manera esta doctrina, ya sea de forma oral o por escrito».

Había comenzado la censura de las teorías copernicanas, que Galileo no solo no aceptó, sino que combatió el resto de su vida hasta su dramática abjuración, criticando públicamente a sus adversarios. Pero, sin duda, la cuestión importante es: ¿qué interés tenía la Iglesia en atacar con tanto ahínco la teoría heliocéntrica?

Las razones del ataque de la Iglesia

Eran tres fundamentalmente. En primer lugar, desde el punto de vista de la Iglesia, Galileo atacaba a los principios de la física aristotélica, basada en el razonamiento deductivo a partir de argumentos de autoridad, como el del propio Aristóteles o de las Sagradas Escrituras. Contrario a todo ello, Galileo defendía un nuevo método de hacer ciencia: el del razonamiento inductivo, basado en la observación de la realidad, propia del método científico del que Galileo sentó las bases hasta el día de hoy.

En segundo lugar, la teoría heliocéntrica generaba un conflicto de carácter religioso, pues parecía entrar en contradicción con algunos pasajes de la Biblia en los que se señala que la Tierra está quieta y el Sol se mueve a su alrededor. Y hay que tener en cuenta, además, un tercer factor de carácter político: en 1618 había dado comienzo la guerra de los Treinta Años, precisamente, por motivos religiosos. A partir de entonces, los esfuerzos de la Iglesia por cortar de raíz cualquier doctrina que pareciera alejarse de la fe no se hicieron esperar. Y Galileo entró en el seno de la disputa.

La censura de la Inquisición alejó a Galileo durante algunos años de la experimentación científica, aunque no tardaría en volver a reanudar sus estudios gracias al perfeccionamiento del telescopio y a nuevos descubrimientos que le ayudarían, de pronto, a reafirmarse en su teoría heliocéntrica, que seguía estando en el centro del debate. Y es que, quince años después de su primera condena, Galileo encontró una nueva hipótesis relacionada con algo tan corriente como el movimiento de las mareas.

¿Por qué se producen las mareas? Se preguntaba el científico. La respuesta no podía ser otra que ese movimiento de la Tierra que el científico llevaba toda su vida intentando demostrar, y que entraba en contradicción con astrónomos jesuitas, que postulaban que las mareas se producían por la atracción de la Luna. Aunque finalmente la tesis galileana se mostraría como equivocada, aquello avivó de nuevo la polémica y, también, el carácter indomable del pisano, quien en 1632 —en el crepúsculo de su vida— publicó su obra cumbre: Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano. ¿Cómo consiguió esta obra pasar la censura a la que las teorías heliocéntricas habían sido sometidas años atrás? Tal vez gracias a la amistad que el nuevo papa, Urbano VIII, profería con Galileo. Aun así, aquella amistad no lo libró de una nueva llamada: en octubre de 1632, el Santo Oficio de la Inquisición volvía a requerirle en Roma.

Juicio a un científico

A Galileo le pesaban sus 68 años, la mayoría de los cuales había pasado mirando el cielo y contemplando el universo. Enfermo y casi ciego, se demoró en acudir unos meses al requerimiento de la Inquisición. Lo hizo cuando en diciembre de 1632 fue obligado a personarse inmediatamente con la amenaza de usar la fuerza contra él.

El proceso comenzó en abril de 1933 en la basílica de Santa María sopra Minerva y duró nada menos que 70 días. Del juicio apenas conservamos algunas actas. Una de ellas, la relativa a los primeros días, narra el largo interrogatorio al que fue sometido el acusado, en el que reconoció los cargos que pesaban contra él —la sospecha de grave herejía— y se sometía a la autoridad de la Iglesia.

No obstante, ello no privó a Galileo de defender, días más tarde, el gran argumento de su obra científica, eso sí, buscando el equilibro entre ciencia y fe. Para ello, cuestionó la literalidad de los textos sagrados y defendió que el método científico era en realidad un don de Dios con el que poder observar la naturaleza e interpretar las Escrituras.

Pero ese equilibro entre ciencia y fe que intentó mostrar Galileo en sus argumentos no sirvió para su defensa. La radicalización del proceso llevó a sus críticos a pasar de defender que el modelo heliocéntrico podía ser válido, pero no verdad absoluta, a terminar considerando que los textos de Galileo no eran más que una herejía. De esta forma, Galileo fue acusado de contradecir a los padres de la Iglesia y a nada menos que las Escrituras, que en ningún momento cuestionaban que la Tierra no estuviese en el centro del universo. Así fue como el tribunal cerró el caso y se pronunció con una sentencia inapelable.

La dramática abjuración

Siete de los diez miembros del tribunal fallaron a favor de la culpabilidad de Galileo, lo que nos muestra que no existió un consenso absoluto y que probablemente hubieron de producirse acalorados debates en aquellas deliberaciones, de las que no tenemos acta alguna. El fallo consideraba a Galileo culpable del cargo de herejía y lo condenó a la pena de prisión que el Papa se apresuró a conmutar por arresto domiciliario de por vida. No obstante, la sentencia preveía un segundo castigo que podemos imaginar, con casi absoluta seguridad, enojaría más a Galilei que la privación de libertad. Se trataba de la obligación de abjurar de sus ideas, es decir, de renegar públicamente de ellas. Al heliocentrismo Galileo le había dedicado gran parte de su vida, sobre todo desde que comenzó a estudiar los astros con su telescopio. Podemos comprender, pues, cuánto le debió costar decir —tras un largo proceso que mermó su salud y afectó a su carácter otrora indomable— esas palabras que se vio obligado a pronunciar: «Yo, Galileo, hijo de Vincenzo Galilei, de 70 años de edad, juro que siempre he creído, creo y creeré en el futuro con la ayuda de Dios en todo lo que la Santa Iglesia sostiene, predica y enseña. Después de haber sido amonestado por este Santo Oficio abandono enteramente la opinión falsa de que el Sol es el centro del Universo y que es un astro inamovible y que la Tierra no es el centro del mismo, sino que es un astro en movimiento».

La dramática causa de la Iglesia contra Galileo Galilei ejemplifica como ningún otro acontecimiento el enfrentamiento entre la ciencia y la religión. No obstante, en la historia hay sobrados ejemplos de comunión entre ambos campos, con religiosos científicos que van desde el propio Copérnico hasta Gregor Mendel (el padre de la genética); por tanto, el proceso del genial pisano no solo debe entenderse desde un punto de vista religioso. Su causa fue también la de alguien que con obstinada abnegación fue capaz de cuestionar un poder imperante durante buena parte de su vida. Galileo no solo nos dejó un método para encontrar la verdad, sino también el ejemplo de por qué debemos perseguirla. 

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