La increíble aventura interestelar de las sondas Voyager

Entre la gran multitud de naves espaciales que han dejado su huella en el Sistema Solar, solo dos han logrado salir de él por completo

sondas voyager
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En las últimas siete décadas, los humanos han explorado gran parte del Sistema Solar. Hemos colocado sondas en la superficie de Venus, hemos buscado vida en Marte, hemos examinado las fascinantes lunas de Júpiter y Saturno y mucho más. Pero, entre la gran multitud de naves espaciales que han dejado su huella en el Sistema Solar, solo dos han logrado salir de él por completo: las naves espaciales Voyager 1 y Voyager 2 de la NASA. Estos dos proyectos pioneros han sido únicos y hoy continúan sus misiones como nuestros emisarios más allá de la galaxia. Pero ¿dónde empezó todo y qué hicieron?

 

La historia arranca en la década de 1960, cuando los científicos se dieron cuenta por primera vez de que una alineación poco común de los planetas permitiría una misión espacial única: el Gran Tour. La alineación de los planetas exteriores Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, a fines de la década de 1970, que ocurría solo una vez cada 175 años, significaba que era posible que una nave espacial pasara por encima de todos ellos sin cambios importantes para su trayectoria, lo que permitía explorar los cuatro planetas por el precio de un lanzamiento. Al darse cuenta, los científicos de la NASA comenzaron a diseñar con entusiasmo una misión que podría aprovechar esta oportunidad al máximo.

Inicialmente, como parte del programa Mariner de la NASA, que exploró los planetas Mercurio, Venus y Marte, este programa progresó bajo su propio nombre: Voyager. La idea era enviar cuatro naves espaciales, con sobrevuelos no solo de los cuatro planetas exteriores, sino también de Plutón, que en ese momento todavía era técnicamente un planeta (hoy está clasificado como planeta enano). Sin embargo, un coste enorme de mil millones de dólares llevó a reducir el programa a dos naves espaciales: las Voyager 1 y Voyager 2.

Ambas tenían un diseño idéntico. Con una masa de aproximadamente 825 kilos, cada una estaba equipada con un gran disco para comunicarse con la Tierra, un sistema de energía nuclear conocido como generador termoeléctrico de radioisótopos (RTG) y diez instrumentos científicos diferentes para estudiar los mundos que visitarían. Aquellos incluían cámaras avanzadas para tomar fotografías, herramientas infrarrojas y ultravioleta para ver sus atmósferas y magnetómetros para estudiar sus campos magnéticos.

Comienza el viaje

A pesar del nombre, la Voyager 2 fue la primera de las dos naves en ser lanzada. El 20 de agosto de 1977, despegó sobre un cohete Titán-Centauro, lo que dio comienzo a su largo viaje al espacio profundo. La Voyager 1 la siguió unas dos semanas más tarde, el 5 de septiembre, en la misma clase de cohete, pero esta vez lanzándose en una trayectoria mucho más rápida, y llegó a 98   169km/h, frente a las 90   1 00 km/h de la Voyager 2. La 1 fue diseñada para llegar a Júpiter y Saturno rápidamente, al primero en 1979 y al segundo en 1980, mientras que la Voyager 2 estaba en una trayectoria más lenta que la llevaría hasta Saturno en 1981. Sin embargo, este camino más lento dejaba abierta la opción de que si la nave espacial permanecía en funcionamiento, podría intentar el Gran Tour y dirigirse hacia Urano y Neptuno.

La Voyager 1 fue diseñada con objetivos ligeramente reducidos. Su fin era volar más allá de Júpiter y Saturno, el primero de los cuales había sido visitado por la nave espacial Pioneer 10, en 1973, y la Pioneer 11, en 1974; el segundo fue visitado por la Pioneer 11 en 1979. Emocionados por estas misiones, los científicos estaban listos para obtener más datos, y la Voyager 1 se preparó a lo grande. La ambiciosa y emocionante misión también incluiría sobrevolar la tentadora luna de Saturno, Titán, de la que hoy sabemos que es el único lugar, aparte de la Tierra, que tiene cuerpos líquidos en su superficie. Muchos estaban encantados con la perspectiva de explorar estos mundos con esta avanzada nave espacial. ¿Qué se descubriría en su increíble viaje?

 

Los descubrimientos de la Voyager 1

En 1978, la Voyager 1 comenzó su aproximación a Júpiter, y fue tomando imágenes regulares a medida que se acercaba cada vez más. Finalmente ingresó en el llamado sistema joviano en febrero de 1979. Así descubrió un anillo delgado previamente conocido que rodeaba el planeta, que tenía solo unos 30 kilómetros de espesor y, por lo tanto, a diferencia del magnífico anillo de Saturno, había sido difícil de detectar. Finalmente, hizo su aproximación más cercana a Júpiter en marzo, al situarse a solo 280 000 kilómetros del planeta, antes de volar más allá de muchas de sus emocionantes lunas, incluido el mundo volcánico de Ío, la helada Europa y la descomunal Ganímedes. Los estudios de la nave espacial sobre Io fueron particularmente interesantes, pues reveló que esta luna era el mundo más volcánicamente activo del Sistema Solar, incluso más que la Tierra.

En noviembre de 1979 había llegado a Saturno, donde también cosecharía muchos descubrimientos fascinantes. Encontró cinco lunas nuevas en el sistema y observó nuevas propiedades del fabuloso sistema de anillos de Saturno. De particular interés fue Titán, que la Voyager 1 descubrió que tenía una atmósfera espesa hecha de nitrógeno como la Tierra, lo que hizo que la luna fuera de gran interés para los científicos. No sería hasta la misión conjunta Cassini-Huygens de la ESA y la NASA, lanzada a finales del siglo XX, cuando realmente comprenderíamos lo fascinante que era Titán.

Después de su encuentro con el sistema de Saturno, la trayectoria de la Voyager 1 fue deliberadamente curvada por la atracción gravitacional, lo que la arrogó fuera del sistema en una trayectoria ascendente en relación con el resto de los planetas del Sistema Solar. Esto le permitió comenzar un camino rápido fuera este, hacia el espacio interestelar, a una velocidad de unos 523 millones de kilómetros al año. Mientras estaba en camino, se volvió, en 1990, para tomar una famosa foto de la Tierra desde una distancia de seis mil millones de kilómetros, llamada el punto azul pálido, que muestra nuestro planeta como una diminuta luz en la grandeza del espacio, un fantástico retrato de nuestro lugar en el universo. En última instancia, la Voyager 1 llegaría al espacio interestelar en 2012 –y fue la primera nave espacial en la historia en hacerlo–, cuando se consideró que había abandonado la zona de influencia de nuestro sol conocida como heliosfera.

 

La aventura de la Voyager 2

La misión de la Voyager 2, mientras tanto, continuaba. Su exploración de Júpiter, combinada con datos de la Voyager 1, permitió a los científicos trazar un mapa de la superficie de sus lunas Ganímedes y Calisto, mientras que también proporcionó información vital sobre una enorme tormenta que había estado asolando Júpiter durante cuatrocientos años, conocida como la Gran Mancha Roja. También descubrió cuatro lunas orbitando al gigante gaseoso y proporcionó datos adicionales sobre sus anillos. Más tarde, llegaría a Saturno: obtuvo nuevas imágenes y medidas fascinantes sobre este y sus lunas. Pero su hazaña más impresionante estaba por llegar.

Dada la buena salud de la nave espacial, la NASA decidió extender la misión e intentar llegar a los gigantes de hielo Urano y Neptuno, los dos planetas más externos de nuestro sistema solar. Ninguno de los dos había sido visitado antes por una nave espacial, lo que hizo que la misión de la Voyager 2 fuera absolutamente emocionante. Después de pasar Saturno, comenzó el viaje a Urano, que llevaría cuatro años y medio. Empezó a acercarse al planeta en noviembre de 1985, y finalmente se situó a solo 81 500 kilómetros el 24 de enero de 1986.

El evento fue más allá de lo que los científicos podrían haber esperado. La Voyager 2 no solo envió las primeras imágenes y mediciones de Urano en primer plano, revelando vientos rápidos en su atmósfera y un océano de agua hirviendo debajo de sus nubes, sino que también encontró diez lunas y dos anillos nuevos en el sistema. Proporcionó impresionantes imágenes de estos satélites, y envió fascinantes retratos de estos mundos alienígenas que nunca antes habían sido vistos por el ojo humano.

Después de eso, fue hacia Neptuno, a donde llegó el 25 de agosto de 1989. Una vez más, este planeta nunca antes había sido visto de cerca por los terrícolas. La Voyager 2 no solo descubrió nuevas lunas y nuevos anillos, seis y cuatro, respectivamente, sino que también descubrió que el planeta tenía vientos de 1100 km/h e incluso algunas características intrigantes de tormentas gigantes en su atmósfera, como la Gran Mancha Oscura. También devolvió imágenes de Tritón, una gran luna que orbita a Neptuno y que algunos ahora piensan que era un planeta enano capturado desde alguna otra parte del Sistema Solar.

Al igual que la Voyager 1, la trayectoria de la nave espacial se modificó para ser lanzada hacia el espacio interestelar, aunque esta vez bajó en relación con las órbitas de los planetas, en lugar de subir como la Voyager 1. Su velocidad, algo más lenta en comparación con su hermana, significó que no entró en el espacio interestelar hasta 2018, convirtiéndose en la segunda nave espacial en la historia en hacerlo después de su predecesora. Ambas naves espaciales todavía están operativas y se halla a más de 18 000 millones (Voyager 2) y 22 000 millones (Voyager 1) de kilómetros de la Tierra, pero su potencia decreciente ha dejado entender que solo algunos de sus instrumentos siguen funcionando. Sin embargo, todavía están enviando información a la Tierra y se espera que continúen haciéndolo hasta 2025.

Hay pocas dudas de que las Voyager 1 y 2 siguen siendo dos de las naves espaciales más increíbles diseñadas y lanzadas en la historia. Su extraordinario viaje por el Sistema Solar exterior nos ofrece tesoros incalculables, mostrándonos los planetas exteriores como nunca antes. Sus viajes pueden estar llegando a su fin, pero siguen siendo un brillante ejemplo de ingeniería y un legado duradero de la humanidad que viajará muy lejos en la galaxia.

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