La ciencia de los zombis de Malnazidos

“¡Hay que disparar a la cabeza!”, grita un soldado enfrentándose a su primera horda de muertos vivientes en la película Malnazidos, adaptación de la novela Noche de difuntos del 38, de Manuel Martín. ¿Podrían existir esos muertos vivientes?

Una cosa es clara: todos sabemos que si nos hablan de zombis se refieren a un cadáver reanimado. Quien estableció las características estándar de este tipo de criaturas fue George A. Romero, el director de la mítica La noche de los muertos vivientes, iniciadora de este subgénero del cine de terror con un alto contenido en sangre y vísceras. Según Kim Paffenroth, estudioso de las religiones y autor del libro El evangelio de los muertos vivientes, son tres: se les puede matar de un tiro en la cabeza; suelen ser lentos, mental y físicamente, pero lo que pierden en velocidad lo ganan en fuerza; comen personas y al que muerden se convierte en zombi.

Esto último resulta ser un detalle fundamental para entender su expansión en un mundo apocalíptico: el contagio vía mordedura. Esto limita a los guionistas a la hora de buscar el posible origen de la epidemia: una bacteria o un virus, como sucede en Malnazidos. Lo curioso es que en ninguna se plantee como fuente de la “enfermedad” alguna molécula parecida a un prión, una proteína que saltó a la fama por ser responsable de la famosa enfermedad de las vacas locas o Creutzfeldt-Jakob (ECJ). Los priones producen enfermedades que afectan al Sistema Nervioso Central, una característica básica de la infección zombi. Además, esta rara enfermedad comparte muchos de sus síntomas con los de un muerto viviente: en las etapas iniciales los enfermos de ECJ sufren fallos de memoria, cambios de comportamiento, falta de coordinación y perturbaciones visuales. A medida que progresa, el deterioro mental se hace más pronunciado y pueden darse movimientos involuntarios, ceguera, debilidad de las extremidades y coma, culminando con la muerte del paciente.

Que los muertos y enterrados vuelvan a la vida es algo biológicamente imposible. Por eso, en películas como Malnazidos la muerte y conversión es un proceso dirigido por el propio virus, en este caso como producto de la experimentación nazi. Como si de un juego de especulación científica se tratara, podemos tratar de imaginar cómo podría suceder.

Todo debe comenzar con un ataque masivo a los órganos vitales. La ictericia que tan afanosamente resaltan los expertos en maquillaje se puede explicar como que el hígado está dañado. Es posible que este órgano, junto con los riñones (los zombis no hacen pis, al menos en pantalla), sea uno de los primeros objetivos del virus. Por otro lado, y siguiendo los estándares de las películas del género, la infección reduce la temperatura corporal y lleva al cuerpo a una hipotermia. El corazón rebaja drásticamente el ritmo de los latidos lo que conlleva un escaso riego del cerebro y la muerte de gran parte de la masa cerebral, esencial para eliminar la conciencia del huésped y que el virus pueda tomar el control del organismo.

Pero a medida que nos adentramos en las características biológicas del zombi las cosas se van poniendo más difíciles de explicar. Por ejemplo, su sistema circulatorio. Al dispararles no sangran o como mucho mana una especie de líquido negro muy viscoso (los aficionados lo llaman aceite de zombi). Esto significa que su corazón no bombea y, por tanto, las venas no reparten comida ni oxígeno a las células. Esta situación es insostenible. El corazón debe funcionar para mantener la mínima estructura que parece tener un muerto viviente, aunque podríamos conceder que no fueran necesarios los clásicos 60-70 latidos por minuto del ser humano normal. Para resolver la paradoja algunos aficionados postulan que la sangre zombi podría ser bombeada por los músculos esqueléticos. Pero, claro, eso implica algún tipo de mecanismo desconocido. Otra posibilidad es que aparezca a gran escala el modo que tiene nuestro organismo de alimentar la córnea del ojo, que no tiene capilares. Así, de satisfacer sus necesidades de oxígeno se encarga la lágrima y el humor acuoso. ¿Podrían usar este recurso los futuros guionistas de este tipo de películas? No, pues la fuerza de la gravedad juega en su contra. La sangre que baja a los pies no hay manera de bombearla hacia la cabeza. El resultado sería que el pobre zombi perdería sangre como un coche viejo pierde aceite. Algo que no sería demasiado grave, pues es bien sabido que los zombis soportan perfectamente grandes pérdidas de sangre.

Los problemas biológicos a los que se enfrenta un muerto viviente tipo Malnazidos son insuperables. No realizar una ingesta continuada de alimentos (salvo las pocas veces en las que tienen a su alcance carne fresca) implica que carecen de la homeostasis que caracteriza a todo sistema biológico, absolutamente necesario para mantener una condición estable y constante. Aunque parece que pueden soportar mucho tiempo sin comer, el destino final de un zombi debe ser la muerte por inanición, que es la inteligente manera de acabar con la infección que utilizan en la película 28 días después. Sin dieta regular los muertos vivientes queman primero sus propias grasas corporales y luego las proteínas musculares… Todo esto tiene un efecto global que no se contempla en las películas: con el tiempo un zombi debe ir perdiendo su capacidad para moverse. Por suerte para Malnazidos, todo sucede en tres días...

Eso siempre que llegue a este estado. La práctica inexistencia de un mínimo metabolismo deja al zombi en lo que es realmente: un cuerpo muerto, y por tanto, en proceso de descomposición. Esto lo convierte en cobijo ideal para todo tipo de insectos y microbios necrófagos. En este sentido, resulta incomprensible que ninguna película mencione lo que sería su seña de identidad más característica de un muerto viviente: su repugnante olor, producto de sustancias de nombres tan coloridos como putrescina o cadaverina. Las infecciones en las heridas abiertas y las llagas o su incapacidad para calentarse en condiciones de temperaturas bajo cero, por ejemplo, hacen que sea todo un logro que puedan cumplir el año de vida.

Por otro lado, la destrucción del cerebro por parte del virus conlleva un efecto demoledor sobre los órganos sensoriales, como la desaparición de los sistemas visual y auditivo, a lo que habría que añadir el desarrollo de miopía y ceguera a los colores debido a la degradación del ojo. Lo único que le queda al muerto viviente es su olfato, únicamente si mantiene intacto, entre otras zonas cerebrales, la amígdala (una parte del cerebro que también está relacionada con el almacenamiento de recuerdos emocionales). Esto explicaría por qué no se atacan entre ellos ni se devoran: los zombis deben “oler” la muerte y, por tanto, identificar su carne como poco agradable. De todos modos, es peculiar que en las luchas en las que intervienen un gran número de zombis ningún ataca a otro por error: no hay bajas por fuego amigo. Al parecer de los guionistas, no es muy atractivo que los zombis se ataquen entre ellos. Es comprensible: eso daría una oportunidad a los protagonistas, y eso no se puede consentir.

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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