La aventura de viajar en el tiempo

Desde el punto de vista teórico, nada impediría construir una máquina que nos llevara al pasado o el futuro. Sin embargo, esto plantea paradojas que han intentado resolver la literatura y el cine de ciencia ficción.

 

Otro ejemplo es el guión de James Cameron en la película que le lanzó al estrellato como director: Terminator (1984). Imaginemos que el cíborg Schwarzenegger consigue matar a Sarah Connor, la madre del futuro líder de la revolución contra Skynet –la inteligencia artificial que gobierna las máquinas–, antes de que se quede embarazada. Y si su hijo no nace, no hay líder humano, luego no hay ninguna necesidad de enviar a ningún robosicario desde el porvenir. La misma existencia de la misión pone de relieve su fracaso. Pero, entonces, ¿quién mata a Sarah Connor? El asesinato se produce si no se manda ningún asesino; un verdadero galimatías. A pesar de la incomodidad filosófica que causa, no hay ley de la física que prohíba la existencia de máquinas del tiempo. Por tanto, ¿cómo resolvemos las paradojas que provoca?

 

En Regreso al futuro, Marty McFly se va disolviendo a medida que disminuye la probabilidad de que sus padres se conozcan. El escritor Robert Silverberg propone una solución similar en su novela Por el tiempo (1969): estamos protegidos de todos los cambios que provoquemos durante el viaje al pasado, pero en el momento de regresar se materializarán de golpe. O sea, que si impido que mis padres se junten no notaré nada hasta que vuelva al presente: entonces, desapareceré.

 

Otra solución es que, hagamos lo que hagamos, nunca cambiaremos el curso de los acontecimientos. La escritora Connie Willis nos ha dejado en sus dos mejores novelas, El libro del día del Juicio Final (1992) y Por no mencionar al perro (1997), una solución que protege la historia de toda injerencia: el slippage o deslizamiento. Si queremos llegar a un momento conflictivo, como la batalla de las Termópilas, las leyes que protegen el continuo espacio-tiempo harán que la máquina del tiempo nos envíe a un lugar lo suficientemente alejado para evitar la interferencia, o al mismo sitio pero en un instante anterior o posterior.

 

E incluso si esto falla, las leyes de protección cronológica pueden lanzar sus dados y provocar algo muy improbable que restaure lo que hemos modificado o, simplemente, impedir que el viaje se produzca. Justamente, esta es la idea que defiende el físico inglés Stephen Hawking debe existir una especie de censura que imposibilita crear máquinas del tiempo. Su argumento es que si se pudieran construir, estaríamos invadidos por hordas de turistas del futuro. Con su humor característico, Hawking afirma que esa conjetura mantiene el mundo a salvo para los historiadores.

 

Claro que esta propuesta deja sin juguete a los científicos que les gusta forzar al límite las teorías. Por ejemplo, a los defensores del multiverso. Esta radical interpretación está asociada al llamado problema de la medida, dentro de la teoría cuántica, y fue formulada por primera vez en 1957 por Hugh Everett III. Según quedó establecido en los años veinte, todo sistema subatómico queda definido por lo que se llama la función de onda: con ella somos capaces de predecir cómo va a evolucionar, por ejemplo, un electrón. Ahora bien, nos lo dice mediante probabilidades: por ejemplo, que haya un 50 % de posibilidades de que una característica cuántica llamada espín valga 1/2 y otro 50 % de que valga -1/2. Únicamente cuando realicemos la medida experimental sabremos qué valor toma realmente: a esto se le llama colapso de la función de onda.

Etiquetas: cienciacuriosidadesfuturo

Continúa leyendo

CONTENIDOS SIMILARES

COMENTARIOS