Investigar sin dañar, el animalario de don Santiago

Ramón y Cajal experimentó con un gran número de animales, pero jamás perdió su respeto por ellos. Nuestro nobel no era ajeno al sufrimiento de las criaturas de su laboratorio. A veces se refería a ellos como 'las pobres víctimas de la Ciencia'.

El pequeño Santiago Ramón y Cajal era un niño inquieto y travieso. De sobra es conocido que su niñez transcurrió en el alto Pirineo oscense, donde su padre ejercía como médico. Santiago sentía pasión por la naturaleza y el hecho de haber crecido en este entorno privilegiado ayudó a que perpetuara este amor por el mundo que le rodeaba. Ayerbe, el pueblecito en el que se crio, era testigo de ello. El niño Santiago se pasaba los recreos en el colegio de jesuitas de Jaca mirando a su alrededor, buscando cualquier atisbo de vida que se moviera entre las hierbas del patio. Entre juego y juego, siempre sacaba tiempo para fijarse en las criaturas invertebradas que intentaban ocultarse de los niños. Conforme iba creciendo, fue cambiando los juegos con sus amigos por el tonteo con las niñas y las charlas adolescentes en el instituto de Huesca, pero cuando salía al recreo siempre encontraba tiempo para seguir escudriñando la naturaleza que bullía a su alrededor o para mirar al cielo y deleitarse con el vuelo de las aves.

Sentía una pasión inmensa por las aves. Esta era tal, que aprovechaba la primavera para hacer un censo de los nidos que encontraba en su entorno y los tenía perfectamente localizados y catalogados por especies. Con trece años, comenzó a coleccionar huevos que iba guardando en una caja convenientemente separada por compartimentos y etiquetada, con idea de poder obtener polluelos de las diferentes especies recolectadas. Incluso pagaba a amigos y labradores de la zona con una moneda de una cuaderna (equivalente a ocho maravedís) por cada nido que le indicaran. De ese modo, llegó a juntar más de treinta huevos de especies diferentes, que desgraciadamente se estropearon debido a los rigores del verano. La mayoría de huevos se pudrieron o se rompieron. En ese momento, el joven Santiago comprendió el daño que había hecho, privando a esos potenciales polluelos de haber nacido, debido al afán coleccionista del que difícilmente puede escapar cualquier naturalista. Ese experimento fallido con su caja compartimentada y sus huevos putrefactos marcaría, sin duda, el sentir del Santiago adulto, que siempre tuvo presente su intención de dañar lo menos posible al objeto de su investigación, más aún si se trataba de un ser vivo.

Ramón y Cajal en el laboratorio
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Vocación de naturalista

Volviendo a aquella primavera , diremos que no nacieron algunos ejemplares de chotacabras, gorriones, tordos, pinzones, cogujadas, lavanderas, mirlos, garzas, jilgueros, cucos, ruiseñores o codornices, pero sí eclosionó en la mente del inexperto Santiago un sentimiento de protección y clemencia hacia el mundo natural que le acompañaría toda su vida. Se horrorizaba cuando veía a otros niños jugar a hacerles daño a los animales, sufría cuando veía a sus amigos torturar a seres vivos, porque él prefería disfrutar de su contemplación. De hecho, cuando atrapaba alguno, siempre buscaba la forma de hacerlo para que sufrieran el mínimo daño posible, ideando trampas ingeniosas y poco dañinas. De esa manera atrapaba pajarillos a los que cuidaba con esmero, para observarlos asombrado y después soltarlos cuando ya no los podía atender.

Él mismo relata con inmensa pasión cómo disfrutaba maravillado de la incubación y eclosión de los polluelos, de las metamorfosis de las crías en adultos, de la aparición de las plumas, de los torpes aleteos de los volantones y de los primeros vuelos que los liberaban de sus ataduras terrenales. Está claro que mientras él se recreaba en estos detalles, se apartaba de otros niños que los capturaban por interés gastronómico o por la simple vanidad del cazador. El pequeño Santiago estaba muy por encima de ello, puesto que en él latía fuerte el instinto observador y curioso del naturalista.

Sus experimentos con animales

Santiago creció y estudió la carrera de medicina en Zaragoza, alistándose después como médico militar en la guerra de Cuba, de donde tuvo que volver cuando se contagió de paludismo y disentería. Fue entonces cuando comenzó una prolífica carrera investigadora. Al igual que sus pajarillos, el pequeño Santiago ya había alzado el vuelo como don Santiago Ramón y Cajal. Su vocación investigadora se desarrolló con gran fuerza a partir de 1875, llevándolo incluso a construir su propio primer microscopio con el que comenzaría a observar e investigar tanto organismos como tejidos. Trabajando en el hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, se dedicó intensamente a la investigación histológica que tantas alegrías le daría y que lo llevaría hasta la posteridad como uno de los primeros y grandes conocedores del cerebro humano.

De sobra conocida es su «doctrina de la neurona» y sus detallados dibujos de las células que componen el sistema nervioso, pero no lo son tanto sus experimentos con animales. Don Santiago Ramón y Cajal experimentó con unas cincuenta especies diferentes de animales —muchos de los cuales eran invertebrados— que observó usando su microscopio casero. El hecho de observar las estructuras nerviosas en animales más simples y en animales más complejos hizo que pudiera tener una muestra comparativa muy importante de cómo se establecen las conexiones entre los elementos de diferentes tipos de sistemas nerviosos. Lo que supuso una genialidad comparable al hecho de utilizar no solo cerebros de animales adultos para sus experimentos, sino también  cerebros de embriones y crías. Esta brillante idea le permitió estudiar también cómo crecen y se desarrollan las neuronas, además de poder ver cómo se establecen las conexiones entre ellas.

El «laboratorio invertebrado animal»

Tenía en él representantes de diferentes filos. Entre ellos se encontraban siete ejemplares de sanguijuelas y cuatro lombrices de tierra, ambos representantes de los anélidos, un grupo vulgarmente conocido como gusanos. También tenía en su « laboratorio invertebrado animal » unos pocos moluscos que fueron objeto de su estudio, concretamente cuatro caracoles, once sepias y un calamar. Al ser animales sencillos, no necesitó observar muchos más ejemplares. En cuanto a los artrópodos no fue tanto el número de ejemplares, como la variedad de los organismos observados. Sobre todo fueron insectos: un escarabajo, seis abejas, una avispa, tres grillos, una libélula, seis moscas y dos saltamontes. Seguramente que para atraparlos usó algunas de las técnicas aprendidas de niño cuando correteaba por los verdes campos de su entorno. También son artrópodos los crustáceos, y de este grupo incluyó siete cangrejos y tres bogavantes, además de una pulga de mar y una quisquilla.

Ni siquiera la transición entre los invertebrados y los vertebrados escapó de la rigurosa investigación de este afamado científico con espíritu de naturalista, y entre sus observaciones se cuentan dos ejemplares de anfioxos. Estos extraños animales, también llamados acranios o cefalocordados, habitan en zonas marinas costeras. Son seres a los que se les ha dado gran importancia por haber sido considerados como el grupo más cercano a los vertebrados o cordados superiores. Pocos organismos como los anfioxos presentan de manera tan clara las cuatro características distintivas de los cordados: presencia de notocorda, cordón nervioso dorsal hueco, hendiduras faríngeas y cola post-anal. La notocorda y el cordón nervioso sin duda fueron un llamativo reclamo para las neuronas del investigador, que no dejó pasar la oportunidad de estudiar a estos curiosos animales.

Estudiando a los vertebrados

El grueso del laboratorio animal de Ramón y Cajal lo conformaban especies de animales vertebrados, entre los que también había representantes de todas las clases, empezando por algunas especies de peces; en concreto tres ejemplares de trucha (Salmo trutta) y tres torpedos (Torpedo torpedo). Supo elegir una especie representante de los peces óseos —con espinas —y otra de los peces cartilaginosos.

De entre los anfibios, escogió cinco tritones (Calotriton asper) y siete gallipatos (Pleurodeles waltl), pero los resultados más esclarecedores se lo aportaron los dos renacuajos y las veintiuna ranas (Pelophylax perezi) con las que pudo estudiar el desarrollo de las estructuras nerviosas desde las fases larvarias hasta que se metamorfoseaban en adultos.

Una docena de lagartos y otra de lagartijas, junto con una tortuga, un camaleón, una culebra de agua y dos culebras terrestres representaron a los reptiles entre los animales con los que experimentó nuestro nobel patrio, acercándose cada vez más a sistemas nerviosos más complejos. Siendo consciente de este aumento de complejidad, fueron muchas las aves que formaron parte de sus investigaciones, y en comparación con todos los grupos anteriores, el número de ejemplares creció muy significativamente. Ciento nueve ejemplares de pollo — por ser los más asequibles — , sirvieron para tener una precisa descripción de los sistemas nerviosos avianos, pero no se limitó a los pollos y también experimentó con veintiséis golondrinas, catorce patos, ocho gorriones y ocho ruiseñores, seis gallinas, seis paseriformes — pájaros de pequeño tamaño sin especificar — , un águila, una perdiz, una polla de agua, una urraca y un verderón. Repitió la comparativa entre crías y adultos —como ya referimos que hizo con los anfibios — con seis ejemplares de paloma y otros seis pichones, además de con los pollos y las gallinas.

Un interés especial por los mamíferos

Pero el grueso de sus investigaciones lo llevó a cabo, como era de esperar, con los mamíferos, clase de vertebrados a la que pertenece nuestra especie. En este grupo podría realizar las observaciones de sistemas nerviosos más parecidos al humano. Cabría esperar que don Santiago se limitara a los típicos animales de laboratorio — ratas, ratones y cobayas — pero no se quedó en ellos y fueron muchos más los mamíferos estudiados. Una gran parte de ellos lo conformaron la triada mencionada anteriormente, con ciento setenta y tres ratones, veinticinco ratas y tres cobayas, pero el mayor número de animales con los que investigó fueron los gatos, con un total de quinientos cuarenta y cuatro ejemplares. A la saga de los gatos estaban los conejos, que fueron cuatrocientos veinticinco, seguidos de cerca por los perros, siendo estos doscientos noventa y tres ejemplares. No perdió la oportunidad de estudiar animales de gran tamaño, como los dieciocho bueyes, las quince vacas, los dos toros o los cinco caballos que también fueron sujetos de estudio. De nuevo tuvo también la buena idea de estudiar una ternera, para comparar, con sus correspondientes adultos. Y cómo dejar de lado a los cerdos, cuyos órganos son tan parecidos a los humanos, que los hace ideales para xenotransplantes. Fueron trece los cerdos estudiados.

Y terminamos este repaso a los animales con los que experimentó don Santiago Ramón y Cajal en su laboratorio con treinta y cinco monos, probablemente de la especie Macaca sinica. Seguramente, el sistema nervioso de Cajal se estremecía desde el encéfalo hasta la médula espinal cuando miraba a los ojos de estos simios o cuando observaba sus manitas, increíblemente humanas. Sin lugar a dudas, no se puede uno mantener ajeno y frío ante el sufrimiento de estas criaturas y a pesar de que se esforzaba por hacer respetar todas las cuestiones éticas posibles en torno a la experimentación animal, nuestro nobel no era ajeno al sufrimiento de las criaturas de su laboratorio. Es conocido que a veces se refería a ellos como « las pobres víctimas de la Ciencia ».

Sin lugar a dudas, don Santiago Ramón y Cajal fue uno de nuestros investigadores más ilustres, uno de nuestros científicos más conocidos, pero en el fondo, y en parte gracias a ello, nunca dejó de ser el pequeño Santiago, cuyo laboratorio era el propio entorno natural en el que creció y se hizo mayor. Es por eso que nunca perdió el respeto a su objeto de estudio, los animales, y es que nunca dejó de verlos como a esos indefensos pajarillos que murieron antes de salir del huevo. Es más, su admiración por ellos creció cuando, estudiando su sistema nervioso, sus neuronas y sus conexiones neuronales, vio que eran tan parecidos, o mejor dicho, tan iguales, a nosotros, los humanos.

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