Instrucciones para ser feliz en el laboratorio

Según un estudio publicado en la revista ‘Nature Biotechnology’, los doctorandos son más propensos que la población general a desarrollar ansiedad o depresión. ¿Qué está pasando? Hablamos con Fernando Maestre, un investigador que tiene claros cuáles son los principales problemas del sistema científico y qué medidas pueden contribuir a hacerlo más humano.

Vivimos en una sociedad extremadamente competitiva en la que la productividad laboral prima sobre casi cualquier otro aspecto de la vida, y el mundo académico no se escapa de este ritmo frenético. De hecho, es uno de los ámbitos en los que la competencia puede llegar a ser más feroz.

Para progresar en la precaria carrera investigadora, los jóvenes doctorandos deben publicar, y mucho.Publish or perish’ (publicar o perecer), dice una máxima muy extendida entre los científicos. Si tu trabajo no aparece en revistas académicas, no tendrás opción de conseguir nuevas becas o contratos que te permitan continuar dentro del sistema, ni tampoco conseguirás financiación para tus proyectos.

Si eres capaz de sobrevivir y seguir el ritmo que marcan los cánones, quizás conseguirás, pasados ya los 40 (o los 50…) y después de haber cambiado de país de residencia cada pocos años, una plaza como personal investigador que te traiga la ansiada estabilidad. Pero, aunque ya tengas el pan asegurado, querrás seguir investigando, y para eso hace falta dinero, y para conseguir financiación necesitas seguir publicando, por lo que la presión por producir seguirá siendo una constante en tu vida, y encima dedicarás gran parte de tu tiempo como jefe de grupo a hacer tareas administrativas, a elaborar presupuestos y a pedir proyectos que permitan la continuidad de tus líneas de investigación aunque, paradójicamente, cada vez tengas menos horas disponibles para ponerte la bata, salir al campo a recoger muestras o analizar tus datos.

 

Un sistema que te expulsa si no estás a la altura

En el imaginario colectivo el científico es una persona entregada, amante de su profesión y cuyas ansias por ampliar el conocimiento le hacen abstraerse de todo lo demás. Tenemos esa imagen estereotipada y mitificada del científico despistado, adicto al trabajo y descuidado del resto de aspectos de la vida. Si bien es cierto que la ciencia es vocacional, sucede que el ritmo frenético de los laboratorios de todo el mundo es el resultado de este sistema tan ferozmente competitivo que te expulsa si no estás a la altura. Hacer un parón o ralentizar tu carrera para cosas tan básicas como tener hijos, cuidar de un familiar dependiente o simplemente probar suerte en otro ámbito laboral se penaliza con la expulsión del sistema. Si pasas un determinado tiempo sin publicar, ya no existes.

Además, esta presión y competitividad acaba repercutiendo en la salud y ocasionando, además de problemas de  ansiedadestrés a nivel individual, un mal ambiente generalizado dentro de los equipos de trabajo. Afortunadamente, las cosas están cambiando, y muchas voces se alzan para pedir un sistema más racional y que respete el derecho fundamental de todas las personas a tener vida más allá del laboratorio.

Fernando Maestre es Investigador Distinguido en el Instituto Multidisciplinar para el Estudio del Medio ‘Ramon Margalef’ de la Universidad de Alicante. Está especializado en el estudio de ecosistemas de las zonas áridas y ha dirigido multitud de proyectos de investigación relacionados con esta temática. Sin embargo, hace poco publicó un artículo en la revista PLOS Computational Biology que no tiene directamente que ver con la ecología, y que acumula ya más de 90.000 descargas. Se titula ‘Ten simple rules towards healthier research labs’ (10 reglas sencillas para conseguir laboratorios de investigación más saludables). En él se hace eco de los problemas que genera la enorme presión productiva en el ámbito académico, e invita a aplicar unas sencillas normas con un objetivo claro: mejorar el ambiente laboral en los equipos de trabajo y primar la salud y el bienestar de las personas.

Respetar los periodos de vacaciones, dejar flexibilidad en el horario, ser comprensible con las circunstancias personales y laborales de cada miembro del equipo, dar las gracias o fomentar un ambiente más colaborativo son algunas pautas sencillas, pero eficaces, que Maestre aplica en su propio grupo y que demuestran que, además de hacerle la vida más fácil a los investigadores, también mejora la productividad de los mismos. Y es que la creatividad y los buenos resultados no surgen de científicos quemados.   

Hemos hablado con Maestre de algunos de estos grandes problemas que arrastra la carrera académica y de cuáles serían, según su punto de vista, las medidas que podrían ayudar a solucionarlos.

 

Una de las grandes dificultades en la carrera académica es la presión por publicar. Por mucho que los directores intenten que los miembros de su laboratorio se tomen tiempo libre o se vayan de vacaciones, mientras el sistema sea tan competitivo, los científicos se ven obligados a hacer jornadas maratonianas de trabajo. ¿Cuáles serían tus propuestas para lograr un sistema  más humano, qué criterios podrían introducirse además de las publicaciones?

En un país como el nuestro esta es la pregunta del millón. Yo intento que los miembros de mi grupo estén lo más a gusto posible pero soy consciente de que el sistema presiona mucho. Siempre habrá gente que trabaje muchísimas horas con el ánimo de ser más productivo, y esas personas podrían tener más ventaja competitiva.

Lo primero, obviamente, es que hay que aumentar el número de plazas. La competencia extrema que tenemos es el resultado de la escasez de recursos. El número de plazas es tan bajo que para entrar en las de más baja categoría se exige un currículum desorbitado. No puede ser que, por ejemplo, para una beca Juan de la Cierva, que en teoría es para personas que acaban de terminar la tesis, se exijan siete u ocho publicaciones.

En segundo lugar, las plazas de la universidad tienen que ser realmente públicas y abiertas. Todos sabemos que esto muchas veces no es así, y muchos puestos ya llevan nombre y apellidos.

Otro gran problema es que en España se pone mucho énfasis en número de publicaciones, no en la calidad de las mismas, y esta es una de las principales cosas a cambiar. Nos convertimos en máquinas de hacer artículos, da igual que sean o no relevantes.

 

En tu artículo recoges algunos de los problemas más frecuentes en los laboratorios, ¿con cuál de ellos es con el que has tenido que lidiar más o que piensas que está más extendido?

Creo que uno de los problemas más graves, y que por desgracia está más extendido en casi todos los países, es el de la autoría en las publicaciones. Muchos IP (investigador principal) dicen quién tiene que firmar un artículo y en qué orden.

Puede pasar, por ejemplo, que tú hayas escrito un artículo como resultado de un experimento para tu tesis. Y que llegue tu jefe y te diga que esa publicación, que es tuya, la va a firmar primero otra persona porque la quiere promocionar. Muchos IP tienen, de esta forma, un control absoluto sobre la gente que trabaja en sus laboratorios. Es un problema enorme que acaba minando el ánimo y la salud de las personas que lo sufren y además se auto-perpetúa, pues mucha gente que se forma en esos entornos reproduce el mismo esquema de trabajo cuando forma su propio grupo de investigación y empieza a tener gente a su cargo.

Estas prácticas implican no reconocer el trabajo de la gente. En cada artículo deberían figurar las personas que han participado en él, y que además han tenido una contribución relevante.

 

Muchos científicos posponen o abandonan la idea de formar familia porque puede obstaculizar su carrera investigadora, y este asunto perjudica sobre todo a las mujeres. ¿Cómo podemos facilitar la conciliación en el ámbito académico? ¿Qué medidas se pueden tomar para que el hecho de hacer un parón en la carrera para tener hijos no penalice?

Una de las primeras medidas que habría que tomar sería imitar a las convocatorias del Consejo Europeo de Investigación, que por cada hijo otorgan una prórroga de 18 meses. Para muchos contratos posdoctorales hay un límite de años que no pueden pasar desde que se ha finalizado la tesis, pero para tener en cuenta el coste de la maternidad, lo mínimo que se debería hacer es dar un tiempo extra, y este debe ser mayor para las madres que son las que generalmente asumen una mayor carga en los primeros meses.

Es algo de sentido común, la paternidad no debería penalizar en tu carrera, es algo que no puede suceder a estas alturas del siglo XXI y más en un país con una natalidad tan baja como es España. Es absurdo tener que decidir entre formar una  familia o seguir investigando.  

 

Mucha gente abandona la carrera investigadora por no poder – o no querer- seguir el ritmo o sacrificar su vida personal ‘por la causa’. ¿Crees que se han perdido muchas mentes brillantes por el camino?

Sin duda. Esta presión -o casi locura diría yo- por publicar, lleva a mucha gente a abandonar. La ciencia es un trabajo vocacional, la mayoría lo hacemos porque es lo que nos gusta, pero si para conseguir una plaza tienes que hacer un sacrificio tan extremo que no tengas otra vida fuera de tu trabajo, es normal que te plantees dejarlo y dedicarte a otra cosa.

Mucha gente dice: “Es que cuando yo hacía la tesis no me tomaba vacaciones…”, pero no podemos aferrarnos a eso. Hace años la gente también iba en burro… vamos evolucionando y no podemos evaluar las cosas a día de hoy como se evaluaban en el pasado.

Personalmente creo que el exceso de presión hace que mucha gente lo deje, y mucha gente muy válida. Y no por publicar mucho eres mejor científico. Algunas de las mentes más brillantes de nuestra época han publicado muy poco. El físico que predijo el bosón de Higgs no hubiera podido obtener una beca Juan de la Cierva en España… ¡es ridículo!

Estamos formando mucha gente muy buena, pero también mucha gente especialista en escribir artículos, porque es lo que les pide el sistema.   

Tus recomendaciones para crear laboratorios más sanos se basan en tu experiencia personal. ¿Puedes darnos algún ejemplo de cómo las has llevado a la práctica y de los resultados que has visto?

A raíz de la publicación de este artículo me ha escrito gente de todo el mundo, he tenido muchos comentarios muy positivos y hay quien me ha preguntado, incluso, si tengo formación en  psicología (no la tengo). Yo todo lo hago a base de prueba y error, y empleando el sentido común.

Yo también he cambiado mucho: al principio trabajaba muchísimas horas y mi objetivo era publicar todo lo que pudiera. Pero cuando fui yo el que empecé a contratar a gente me di cuenta de había muchas personas, sobre todo los técnicos, que querían hacer bien su trabajo pero también tener vida fuera de él. Coincidió además con el nacimiento de mi primer hijo, y eso me hizo darme cuenta de que la vida es mucho más que el trabajo.

Además de equivocarme y acertar, he ido moldeando estas reglas o principios para que el entorno en mi grupo de investigación sea lo más sano posible. Si tú estás contento, trabajarás bien. Si estás amargado y bajo presión no vas a producir ciencia de calidad. Ya no es solo una cuestión de salud, sino que mucha gente bajo presión acaba haciendo cosas que no son éticas como por ejemplo robar o falsear datos.

Las personas somos distintas, con algunas te llevarás mejor y con otras peor. No hace falta que tus compañeros de trabajo sean tus mejores amigos, pero sí que es necesario generar un ambiente cordial en el laboratorio.

Siempre digo que las cosas pueden salir bien o mal, pero si salen mal, que no sea porque no se ha hecho todo lo posible para que salgan bien. Y un requisito imprescindible para que las cosas salgan bien es que la gente esté contenta.

 

En tu artículo apelas a la responsabilidad que tienen los jefes de grupo de crear entornos de trabajo más saludables. Muchos investigadores presionan a su personal tanto o más que el propio sistema y generan un ambiente muy agobiante en sus equipos: ¿qué le dirías a una de estas personas para convencerle de que es mejor tener un laboratorio lleno de gente feliz que de gente quemada?

Yo sé que es difícil cambiar la manera que cada uno tiene de trabajar, pero se puede. No hace falta seguir mis diez reglas de golpe, pero se puede probar con alguna. Y, sobre todo, les diría que no olviden que somos personas antes que científicos, y como personas que somos tenemos nuestros problemas, nuestras aspiraciones, nuestros días buenos y malos… y todo eso afecta a nuestro trabajo.

El estar rodeado de gente quemada también nos perjudica. Alguien quemado no puede trabajar bien, y más allá de eso, resulta que nuestra manera de actuar también dice mucho de nosotros como personas.

Por encima de investigadores, somos humanos. Yo prefiero que me recuerden como una buena persona antes que como un gran investigador. Al final, como dijo una vez un amigo mío: “son las personas las que van a cuidar de ti, no tus artículos”.

Victoria González

Victoria González

Bióloga de bota. Tengo los pies en la tierra y la cabeza llena de pájaros. De mayor quiero ser periodista.

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