Huesos, piedras y genes. La evolución de nuestra especie

Desde tiempos inmemorables, los seres humanos siempre hemos sentido una gran curiosidad por saber cómo fueron nuestros orígenes como especie. Por suerte, nuestros antepasados dejaron repartidos una serie de rastros que nos hablan de nuestro pasado más remoto. Hacemos un repaso en profundidad. ¡Sigue leyendo!

Desde tiempos inmemorables, los humanos siempre hemos sentido una gran curiosidad por saber cómo fueron nuestros orígenes como especie. Por suerte, nuestros antepasados dejaron repartidos una serie de rastros que nos hablan de nuestro pasado más remoto. Mediante la aplicación de metodologías arqueológicas — como la prospección y la excavación de yacimientos — y a través de la comparación de fósiles y herramientas de piedra que encontramos, podemos ir reconstruyendo cómo, poco a poco, la especie fue evolucionando hasta convertirse en lo que hoy definimos como humanos.

Casi todos nosotros estamos interesados en la historia de nuestra familia. ¿Quién era nuestro abuelo?, ¿cuál era su oficio?, ¿vivieron siempre en el mismo lugar o por el contrario vinieron de muy lejos? La ciencia nos da la posibilidad de ampliar y, a veces resolver, esta curiosidad natural en el espacio y en el tiempo. ¿Quiénes fueron los primeros pobladores?, ¿cómo vivían? La respuesta a estas preguntas puede ayudar a explicar por qué somos como somos y adónde podríamos dirigirnos en el futuro.

Nos encontramos en una época trascendental para la comprensión de la evolución humana. Los espectaculares descubrimientos fósiles de los últimos años se combinan con grandes avances en el campo de las técnicas de datación, del análisis genético y de muchas otras disciplinas científicas que nos ofrece una nueva, sorprendente y muy discutida imagen de los orígenes de la humanidad.

Hombre y homo erectus
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El origen de las especies

Hace siglo y medio, el biólogo inglés Charles Darwin publicó El origen de las especies, un libro que cambiaría el pensamiento humano y asentaría las bases de la evolución. Con sus teorías se confirmó que las especies actuales proceden de otras del pasado, las cuales a su vez proceden de una raíz común, un primer viviente, un ser de una sola célula que apareció en la Tierra hace 3600 millones de años.

Todos los seres humanos vivientes formamos una gran familia, siendo los monos nuestros parientes más cercanos. Las similitudes son evidentes, no hace falta fijarse demasiado para descubrir las semejanzas que compartimos con los chimpancés e incluso, aunque en menor medida, con los gorilas y los orangutanes que viven en las selvas de Asia y África.

Ese fue el escenario donde comenzó la evolución humana. Hace casi siete millones de años los grandes monos de África se dividieron en tres ramas; gorilas, chimpancés y seres humanos. Aunque es desconocido aún ese ancestro que nos une a los chimpancés, existieron una serie de fósiles anteriores al Homo que muestran cambios en la forma corporal con el fin de adaptarse al medio. Uno de los primeros y más trascendentales fue, además de la disminución de los caninos, el comenzar a caminar de forma bípeda. Los primeros antepasados de los humanos tenían el tamaño de los chimpancés, deambulaban por la sabana y trepaban casi tan bien como ellos por los árboles.

Los últimos australopitecos

Posteriormente, entrarían a escena los australopitecos, de los cuales tenemos más información. Vivían en bosques, buscando siempre grandes espacios en los que asegurarse el calor del sol. Su cerebro era apenas más grande que el de los chimpancés y andaban erguidos, aunque no tan ágiles como nosotros. Su alimentación se basaba en frutos, hojas y tallos tiernos, aunque quizá también pudieron ser cazadores.

Hace dos millones y medio de años, la Tierra empezó a enfriarse y a secarse. El resultado directo de este proceso fue que, además de la selva húmeda, aparece un entorno abierto de tipo sabana. Por lo tanto, los australopitecos alternarían ambos medios.

Cuando el ambiente empezó a hacerse más árido, los últimos australopitecos, denominados parántropos, una rama de la evolución humana que no tuvo éxito y que solo prosperó durante un millón de años, se extinguieron. Su principal diferencia con los australopitecos que los antecedieron se encontraba en el tamaño de su cráneo y, sobre todo, de sus muelas. Eran grandes trituradores de alimentos vegetales porque necesitaban masticar continuamente para obtener las calorías precisas para vivir, ya que, además de fruta y verdura, comían semillas, nueces y raíces .

La salida de África

La tecnología lítica debió llegar con los últimos australopitecos. Estaríamos hablando del Homo habilis, quien inauguró el inicio del cambio fisiológico que tanto nos caracteriza; un cerebro tres veces más grande, una menor proyección facial y una reducción de los molares. Estos individuos parecen haber sido los primeros en golpear una piedra contra otra con un claro objetivo, conseguir una lasca que les permitiera generar un filo cortante. Esto lo cambió todo, porque les dotó de útiles de borde cortante a unos homínidos con escasa posibilidad de supervivencia en un medio lleno de predadores. Su sucesor fue el Homo erectus/ergaster. La caza se volvió una actividad más habitual y, aunque se atrevían con animales más grandes, no desperdiciaban la carroña. Se caracterizaron por su fortaleza física, sus piernas más largas, una mayor inteligencia y por sus herramientas de piedra de formas estandarizadas y funcionalidad más eficiente. Con ellos comenzó la expansión por el mundo.

La salida de nuestros antepasados de África se produjo, aproximadamente, hace dos millones de años, unos cráneos encontrados en el Cáucaso, concretamente en Georgia, han atestiguado características intermedias entre el Homo habilis y el ergaster/erectus . Pero esta zona no está demasiado lejos de África, por lo que no puede considerarse como parte de una expansión hacia Eurasia de los biomas de sabana hasta entonces típicamente africanos. Los fósiles más antiguos encontrados, hasta ahora, en los continentes europeos y asiático se ubican en los yacimientos de Java (Indonesia) y de Atapuerca (Burgos).

En Atapuerca, concretamente en la Sima del Elefante, se ha encontrado una mandíbula humana de una antigüedad de casi un millón y medio de años. En este mismo enclave, pero en otro lugar conocido como la Gran Dolina, han aparecido numerosos restos de individuos con señales de canibalismo. A estos fósiles se les denomina Homo antecessor. No se puede hablar de la sierra de Atapuerca sin mencionar la Sima de los Huesos, un yacimiento que ha proporcionado información de gran relevancia científica. En este lugar, un pozo natural de 14 metros, han sido hallados una treintena de restos óseos de hace medio millón de años y que se han clasificado como Homo heidelbergensis, mostrando rasgos preneandertales.

Si seguimos avanzando en la escala evolutiva que nos llevará a la humanidad actual, al Homo sapiens, entran en escena los  neandertales, los cuales eran más bajos, de una constitución más ancha y con una musculatura más desarrollada que la de los europeos de hoy en día. Sus rasgos faciales estaban caracterizados por unas cejas salientes, la frente aplanada y la mandíbula con barbilla o mentón ausente o poco desarrollado. Aunque hay algo muy importante en la que eran como nosotros: el tamaño del cerebro.

Mientras que los neandertales evolucionaban por Eurasia, hoy sabemos gracias a los avances producidos en el campo del aislamiento del ADN en restos fósiles, que en Siberia se desarrollaba otro grupo: los denisovanos. Sus contemporáneos en África están representados por fósiles de Etiopía que tienen más de 200 000 años.

Cueva Blombos

En la costa de Sudáfrica se han excavado campamentos humanos de hace 75 000 años en una cueva llamada Blombos. Los que ocupaban este lugar eran humanos con rasgos anatómicos casi idénticos a los de las poblaciones actuales de África. Se alimentaban principalmente de lo que cazaban, pero también recurrían a animales marinos para comer. Las conchas que aparecen en el yacimiento son importantes no solo por su información alimentaria, sino porque eran utilizados como colgantes, suponemos que en collares.

Hace 45 000 años, estas poblaciones de origen africano se expandieron hacia Eurasia, donde se encontraron con los neandertales, los cuales unos miles de años después desaparecieron. Algunos se plantean que les arrebataron las mejores zonas de caza y los fueron desplazando hacia territorios menos adecuados para su supervivencia. El número de descendientes neandertales no sería suficiente para sustituir a los adultos que iban muriendo, por lo que los grupos se reducían y se iban separando cada vez más. Por eso, terminaron extinguiéndose.

Este punto de vista suele ser defendido por aquellos investigadores que piensan que los neandertales pertenecían a una especie diferente, Homo neanderthalensis. Otra teoría es que, como indican los datos de la genética, la mezcla entre las dos poblaciones llevó a que terminaran predominando los rasgos característicos de la más numerosa, que era la de origen africano, puesto que, en la Edad del Hielo, la población que Europa podía sostener (es decir, los neandertales) era mucho más pequeña, por la extensión que entonces tenían los desiertos de tundra y las calotas glaciares (en el norte del continente y en las montañas). Según esta teoría, los neandertales no habrían sido llevados a la extinción sino asimilados, formando un componente minoritario, aunque importante, de nuestra ancestralidad biológica; es decir, habrían conformado una variedad regional («raza» o subespecie) del Homo sapiens.

Arte de gran belleza

Los humanos de estas épocas (que los arqueólogos denominan Paleolítico medio e inicios del Paleolítico superior, entre hace aproximadamente unos 125 000 y unos 25 000 años) acampaban en las entradas de las cuevas y abrigos protegidos de la lluvia, de la nieve y del viento; en caso de no existir, se establecían al aire libre. El clima frío y árido de la última glaciación provocó espacios abiertos de herbáceas que daba praderas con mucha hierba, lo que proporcionaba un ambiente óptimo para el pasto de ciervos, antílopes, renos, caballos, uros, bisontes y rinocerontes. La abundancia de grandes herbívoros iba acompañada de una gran población de animales carnívoros como lobos, hienas, leones y osos, como los pardos y los de las cavernas de gigantescas dimensiones. Los cazadores humanos, naturalmente, también seguían de cerca estas manadas. Algunas de estas especies se extinguieron cuando terminó la Edad de Hielo.

Hacia el final de esta etapa, los humanos del Paleolítico desarrollarán un arte de gran belleza. Fabricaban esculturas pequeñas que llevaban consigo y se adornaban con collares y colgantes. Pero, sobre todo, pintaron y grabaron signos y figuras en las paredes de las cuevas o en rocas al aire libre. No sabemos por qué lo hacían, pero a día de hoy se conservan decenas de grutas con signos y animales, pintados en negro y en rojo, que nos acercan directamente a cómo debió de ser su mundo o a cómo ellos lo percibían.

Revolución del Neolítico

En esta larguísima historia humana de una duración de más millones de años, nos encontramos desde hace «solo» diez mil años en una situación completamente nueva. En ese momento, la agricultura y la ganadería comenzaron a practicarse en Próximo Oriente para posteriormente, trasladarse a otros lugares del mundo. Este proceso es el comúnmente conocido como revolución del Neolítico.

La extensión de las tareas agrícolas y la presencia de rebaños hizo que la población que habitaba el planeta en aquel momento fuera creciendo y que se comenzara a concentrar en pueblos y ciudades. A la vez que esto ocurría, los grandes bosques y las amplias praderas salvajes iban reduciéndose. Actualmente, la ciencia no descansa en su búsqueda infinita de dar respuesta a todas esas preguntas que surgen siempre que pensamos en nuestros orígenes. Desde Charles Darwin hemos avanzado mucho en conocimiento, pero aún quedan muchas incógnitas por resolver. El debate sigue abierto. 

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