Houdini, un mago entre los espíritus

A lo largo de su vida, el famoso ilusionista Harry Houdini intentó, en vano, comunicarse con el espíritu de su madre. A su muerte Houdini hizo una promesa: si existía el más allá enviaría un mensaje desde el otro lado. ¿Lo hizo?

 

El verdadero nombre de Harry Houdini era Ehrich Weiss. Hijo de un rabino húngaro llamado Samuel y de una hermosa mujer, Cecilia Steiner, la historia de la familia se encuentra oculta tras la leyenda que Houdini creó y la familia Weiss mantuvo. Según ella, su padre tuvo que huir de Budapest al matar al príncipe Erik en un duelo. Después de recalar en Londres, marchó a Estados Unidos y acabó instalándose con su familia en Appleton, Winsconsin, en el medio oeste americano. Una bonita historia, más llamativa que el mero hecho de una emigración forzada por el antisemitismo que se respiraba en el Imperio Austro-Húngaro.

Houdini nació en Budapest el 24 de marzo de 1874 y ha pasado a la historia por ser el mejor y más famoso escapista de todos los tiempos: cuerdas, esposas, cadenas... nada era capaz de mantenerlo atado. Sin embargo, muy pocos conocen otra de sus aficiones: desenmascarar a quienes decían que hablaban con los médiums.

Todo comenzó el 16 de julio de 1916, el día que marcó un antes y un después en la vida de Houdini. Ese día murió su madre y fue el peor y más amargo trago de toda su vida. Por primera vez, este trabajador compulsivo sintió apatía por el trabajo. Entonces empezó a frecuentar las casas de los médiums, esas personas que dicen hablar con los muertos, buscando un mensaje de su madre; pero sólo encontró fraude. Desencantado, dedicó el resto de su vida a desenmascararlos.

Houdini y Doyle

En aquella época conoció a sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Pronto se hicieron amigos, pues al escritor también le fascinaba el espiritismo. Claro que la misión de Doyle era otra: proclamar la verdad de la comunicación con los muertos. Era una amistad contra natura, sobre todo si se tiene en cuenta que Doyle creía que Houdini tenía un don sobrenatural: estaba convencido que Houdini podía desmaterializar su cuerpo a voluntad.

En junio de 1922 Doyle y su mujer se encontraban en Atlantic City e invitaron al matrimonio Houdini a pasar el fin de semana con ellos. Doyle ofreció a Houdini una sesión de espiritismo dirigida por su mujer, que también era médium: al parecer, su madre quería hablar con él.

Jane Doyle preguntó al espíritu que la había poseído: «¿Crees en Dios?» Su mano golpeó tres veces consecutivas la mesa; era un sí. «Entonces haré el signo de la cruz» y lo dibujó en un papel. Curiosamente, la madre de Houdini, esposa de un rabino y judía devota no protestó por el símbolo cristiano. La mano de Jane comenzó a escribir. El resultado fue la clásica cháchara sentimentaloide de los espíritus.

Para Houdini el contacto nunca se realizó. Su madre jamás le había hablado en inglés, pues de hecho lo hablaba poco y mal, y no sabía escribirlo: siempre lo hacía en yiddish. Un detalle decisivo fue la fecha en que se realizó la sesión: 17 de junio, el cumpleaños de la madre de Houdini ¡Y su espíritu ni siquiera lo mencionó! No es de extrañar que tras la sesión la amistad entre ambos se resintiera: al parecer del mago, los Doyle habían jugado con sus sentimientos.

La muerte de Houdini

Cuatro años más tarde, el 22 de octubre de 1926, Houdini se encontraba representando su espectáculo de magia en Montreal. El mago había recibido a tres estudiantes en su camerino. Uno de ellos, Gordon Whitehead, que era boxeador aficionado, le preguntó: «¿Es verdad que puede recibir golpes en su abdomen sin sentir ningún dolor?». Houdini, que miraba distraído su correo, asintió. Sin avisar, Whitehead descargó varios puñetazos en el estómago del mago. El orgulloso Houdini siguió la conversación como si nada hubiera pasado.

A los pocos días empezó a sentir un dolor agudo en el abdomen. Aun sintiendo un dolor extremo, se negó a recibir cualquier tipo de tratamiento médico. Al final llegó el fatal desenlace. Mientras se encontraba entre bastidores en un teatro de Detroit, se desmayó. Llevado con urgencia al hospital, los médicos no pudieron hacer nada. Una peritonitis aguda se llevó de este mundo al mayor ilusionista de todos los tiempos. Era el 31 de octubre de 1926, día de Halloween.

Su muerte causó una gran conmoción en todo el mundo, pero el gran mago no iba a dejar este mundo sin un último reto. Con su madre había convenido una palabra secreta que debería aparecer en su mensaje si realmente los muertos podían comunicarse con los vivos. De igual forma, Houdini también había acordado un mensaje con su mujer, Bess. Ahora su viuda, depositaria de ambos, ofreció 10 000 dólares de premio. Miles de médiums lo intentaron sin éxito, pero uno que lo consiguió.

Houdini con su madre y su esposa
Houdini con su madre y su esposa

¿Mensajes de ultratumba?

Se llamaba Arthur Ford. El 8 de febrero de 1928, en el Carnegie Hall de Nueva York, recibió un mensaje de la madre de Houdini: perdón. Ésa era la palabra que Houdini esperó toda su vida. Y hubiera sido toda una prueba si realmente sólo la hubiesen conocido Houdini, su madre y su mujer. Pero la habían publicado el 13 de marzo de 1927 en el periódico Brooklyn Eagle, en una entrevista realizada a la mujer de Houdini.

Arthur Ford no se amilanó y continuó sus contactos con la familia Houdini. Ahora le tocó el turno al mago, que le envió el siguiente mensaje: «Rosabelle, responder, decir, rezar, responder, mirar, mirar, decir, responder, responder, decir». Bessie reconoció el mensaje como parte del código secreto que había pactado con su marido.

La sensacional historia apareció en todos los periódicos de Estados Unidos. El código secreto consistía en que cada palabra, excepto Rosabelle, representaba un número, y ese número la posición de una letra en el alfabeto. El mensaje enviado por Houdini era: «Rosabelle, cree». ¿Había llegado la prueba definitiva? No. Otra vez el código secreto no era tan secreto. Quien hubiese leído la página 105 del libro de Harold Kellock Houdini, Su Vida-Historia, también lo conocía. Y Arthur Ford lo había leído.

Desde su muerte, Houdini no ha logrado salir triunfante de éste último acto de escapismo. Quizá porque, como dijo en cierta ocasión, «cualquiera puede hablar con los muertos, pero ellos no contestan».

Referencia:

Brandon, R. (2003) The life and many deaths of Harry Houdini, Random House



Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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