Hans el Sabio, el caballo que sabía sumar

A principios del siglo XX, un caballo alemán hizo que la ciencia se replantease la forma de estudiar la cognición en animales.

 

Los caballos, en general, muestran una inteligencia más que aceptable. Son capaces de aprender trucos más o menos complejos, y recordarlos durante mucho tiempo. Son animales muy perceptivos, que pueden responder con facilidad a los gestos y órdenes de sus dueños humanos, incluso cuando son muy sutiles. Y como sucede entre las personas —o entre cualquier animal de cualquier especie—, hay individuos más capaces que otros.

A principios del siglo XX, del conjunto de todos los caballos, hubo uno que rompió todos los moldes. Su dueño, un profesor de escuela retirado, Wilhelm von Osten, durante cuatro años puso a prueba diversos métodos de enseñanza con Hans, un caballo que asimiló el conocimiento con una rapidez inusitada y una eficiencia aún más sorprendente.

Las proezas de Hans el Sabio

Durante años, von Osten enseñó al caballo a contar, a sumar, restar, multiplicar y dividir. A realizar operaciones con fracciones. Le enseñó las horas del día y a leerlas en un reloj, a leer calendarios, notas musicales, incluso aprendió las cartas de la baraja. Hans aparentemente asimiló todos esos conocimientos como si de un niño se tratara.

Obviamente, el caballo no tenía forma de responder a las preguntas de forma hablada, sino que respondía con movimientos de cabeza o golpes en el suelo, cuyos significados estaban previamente definidos. De este modo, si von Osten le presentaba la operación “3 + 4”, Hans golpeaba el suelo siete veces. Si von Osten tocaba con su armónica una nota entonada en do, el caballo cabeceaba tres veces —la correspondiente a la letra “C” en la notación anglosajona—, y si le preguntaban qué día sería el próximo viernes, él respondía. Las preguntas podían ser tanto orales como escritas, y el caballo contestaba correctamente hasta en un 89 % de las ocasiones; y cuando no lo hacía, se quedaba asombrosamente cerca.

Hans el Sabio sumando
Hans el Sabio sumando

Por supuesto, la noticia de Hans el Sabio —que así era conocido— corrió como la pólvora hasta llegar a los círculos científicos de la época. El caballo despertó el interés del filósofo y psicólogo Carl Stumpf, quien convocó un comité de investigación formado por 13 personas, entre las que se encontraban un veterinario, varios profesores de escuela, un oficial de caballería, un administrador circense y el director de los jardines zoológicos de Berlín. La comisión concluyó, en el año 1904, que Wilhelm von Osten no hacía ningún truco en las exhibiciones con Hans. Estaban ante un genio entre los caballos.

El secreto del caballo Hans

El biólogo y psicólogo Oscar Pfungst, que en aquel momento era asistente voluntario en el laboratorio de Stumpf, no estaba muy convencido de esos resultados. Así que comenzó a realizar más pruebas con el caballo.

Empezó sustituyendo a la persona que efectuaba la pregunta, para asegurarse de que las conclusiones del comité eran ciertas, y que von Osten no estaba haciendo trampas. El caballo continuó contestando correctamente a las preguntas.

Pero eso no demostraba que fuese porque conociera las respuestas. Así que probó otra cosa.

Hans el Sabio con su ‘máquina de escribir’
Hans el Sabio con su ‘máquina de escribir’

Hizo que Hans respondiese a determinadas preguntas, del mismo nivel de dificultad, pero cuya respuesta von Osten no conociera de antemano. Por ejemplo, colocando una operación en la pizarra, pero impidiendo que el cuidador la viese mientras hacía la petición al caballo de resolverla. El 89% del éxito en las respuestas se redujo a un escueto 6%; un resultado que, dado que nunca le hacían preguntas por números demasiado grandes, bien podría explicarse con respuestas al azar.

Eso probaba que quuien preguntaba sí estaba dando a Hans la respuesta correcta, cuando la conocía. Sin embargo, sucedía incluso cuando no era von Osten.

No es que hiciera trampas, es que la persona que estuviera ahí, fuese quien fuese, le estaba dando la solución involuntariamente. Esta fue la conclusión a la que Pfungst llegó cuando hizo otra prueba más: preguntar al caballo sin mantener contacto visual con el cuidador, en un método que se denominó “ciego”.

Leyendo el efecto ideomotor

El artefacto que sucedía en el proceso se denomina efecto ideomotor. Hans no estaba contestando a las preguntas mediante un acto intelectual, sino que observaba las reacciones de quien preguntaba. Cuando el caballo se acercaba a la respuesta correcta, la persona mostraba cambios en el lenguaje corporal, causados por la expectativa del acierto; Hans interpretaba tales cambios como el momento adecuado para dejar de golpear el suelo, y acertaba. Sin que von Osten, o quien hiciera la pregunta, supiera que le estaba proporcionando esas pistas.

Porque, como ya se ha indicado, los caballos son animales muy perceptivos, que responden con facilidad a los gestos y órdenes de sus dueños, incluso cuando son muy sutiles. Hans, sin duda, era un animal excepcional, pero no por saber resolver ecuaciones matemáticas, sino por ser capaz de captar señales tan sutiles, que ni los humanos se percataban de estar emitiéndolas.

Hans el Sabio con Wilhelm von Osten
Hans el Sabio con Wilhelm von Osten

La percepción de estos pequeños movimientos y reacciones involuntarias que forman el efecto ideomotor puede entrenarse; de hecho, ciertas técnicas de deducción como la lectura en frío se aprovechan de la identificación de este tipo de reacciones para dar la impresión de estar adivinando cosas sobre alguien, cuando solo se están leyendo las reacciones. Estas personas hacen una versión un poco más sofisticada de lo que hacía Hans, pero con la misma base.

El peligro de la antropomorfización

Cuando se hizo evidente que Hans no poseía una habilidad mental compleja, sino que usaba una interacción simple de estímulo-respuesta durante sus actuaciones, leyendo las reacciones humanas, muchas personas se sintieron muy decepcionadas, especialmente von Osten.

Sin embargo, en muchas ocasiones los humanos seguimos cayendo en el mismo sesgo cuando observamos a los animales.

Muchas de las habilidades mentales que, en la cultura popular, se atribuyen a los animales, no tienen un respaldo científico sólido y se basan en las interpretaciones sesgadas de observaciones anecdóticas. El efecto de Hans el Sabio se suma al sesgo de confirmación, haciéndonos creer que nuestra expectativa es cierta con base en una anécdota, ignorando todas las veces que no se cumplió.

Lo que sucedió hace más de un siglo con Hans el Sabio aún sucede hoy. Muchos asumen que el animal actúa como lo harían ellos, resolviendo la ecuación, ignorando que el animal puede tener otras habilidades distintas a las humanas, como leer el lenguaje corporal. Esta antropomorfización de los animales, atribuyéndoles capacidades, e incluso pensamientos y sentimientos humanos, lleva a malos entendidos y puede repercutir negativamente en ellos, al realizar acciones o simpatizar con imágenes que pensaríamos que serían en su beneficio, y que en realidad no lo están siendo.

Recordemos aquel terrible video viral de 2018 de una rata que parecía estar duchándose, frotándose con el jabón; los especialistas en comportamiento de roedores estaban bastante seguros de que la protagonista —que no era una rata, sino una pacaraná— estaba enormemente estresada, y sus movimientos no eran para lavarse, sino para intentar desprenderse del jabón. Ese vídeo no mostraba más que una forma de maltrato animal.

Para evitar caer en el efecto de Hans el Sabio, es necesario realizar las interacciones con los animales en unas condiciones muy específicas, que minimicen el contacto directo. Hay muy buena ciencia estudiando las habilidades cognitivas de los animales empleando metodologías que minimizan o incluso eliminan estos sesgos. Al fin y al cabo, en realidad, ellos tienen sus propias capacidades, pensamientos y sentimientos, y no tienen por qué ser los mismos que los nuestros.

Referencias:

Anders, C. J. et al. 2022. Finding and removing Clever Hans: Using explanation methods to debug and improve deep models. Information Fusion, 77, 261-295. DOI: 10.1016/j.inffus.2021.07.015

Ladewig, J. 2007. Clever Hans is still whinnying with us. Behavioural Processes, 76(1), 20-21. DOI: 10.1016/j.beproc.2006.10.014

Pfungst, O. 1911. Clever Hans (the horse of Mr. von Osten): a contribution to experimental animal and human psychology. (C. L. Rahn, Trad.). Henry Holt and Company.

Prinz, W. 2006. Messung kontra Augenschein: Oskar Pfungst untersucht den Klugen Hans. Psychologische Rundschau, 57(2), 106-111. DOI: 10.1026/0033-3042.57.2.106

Vary (Álvaro Bayón)

Vary (Álvaro Bayón)

Soy doctor en biología, especializado en especies invasoras. Intento divulgar sobre ciencia y naturaleza mientras lucho férreamente contra las pseudociencias y el pensamiento mágico. Cuando me queda tiempo, cazo pokémon y hago artesanía. Además, soy (un poco) adicto al twitter.

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