¿Han existido civilizaciones más antiguas que la Humanidad?

¿Cómo podríamos saber si la nuestra es la única civilización tecnológica que ha existido en nuestro planeta? ¿Qué tipo de restos tendría que haber dejado?

Un día de 2017 Adam Frank, profesor de física y astronomía de la Universidad de Rochester, se encontraba de visita en el Instituto Goddard de Estudios Espaciales (GISS) de la NASA en Nueva York. Su objetivo era aprender más sobre el calentamiento global desde una perspectiva astrobiológica. “Eso significaba -comentaba Frank- preguntar si alguna civilización industrial que apareciera en cualquier planeta desencadenaría su propia versión de un cambio climático”. Entonces entró en el despacho de Gavin Schmidt, director del GISS, y mientras le estaba contando sus ideas éste le dijo: “Espera un segundo -dijo- ¿Cómo sabes que somos la única civilización que ha habido en nuestro propio planeta?”. ¿Y si hubiera existido una civilización industrial hace cientos de millones de años en la Tierra? Es sin duda una cuestión provocativa, pero la pregunta verdaderamente importante es: ¿Cómo podríamos saber que existió?

Este fue el inicio de un experimento mental que terminó en un artículo que ambos científicos publicaron en la revista Journal de Astrobiology: “La hipótesis Siluriana: ¿Sería posible detectar una civilización industrial en el registro geológico?”. Lo primero peculiar es el título, que hace referencia a la decana de las series de ciencia ficción de la televisión, Doctor Who. Los Silurians son una raza de esta longeva serie británica que aparecieron por primera vez en 1970: reptiles humanoides prehistóricos y científicamente avanzados que nos precedieron y que se pusieron en hibernación para sobrevivir a un gran cataclismo geológico causado por la llegada de la Luna.  

La cuestión de fondo es si una civilización avanzada puede dejar restos que pervivan decenas de millones de años en el futuro. ¿Cómo podemos saber si una antigua civilización modificó el paisaje, construyó ciudades? Las pruebas de la existencia de civilizaciones pasadas van escaseando a medida que nos remontamos más atrás en el tiempo. La paleontología también es prueba de esta regla: cuanto más cercanos en el tiempo estén los restos de nuestros antepasados, mayor es el número de fósiles. Resulta obvio que de antiguas civilizaciones no vamos a encontrar entonces, ¿qué tipo de pruebas deberíamos esperar?

¿Qué define una civilización?

Para Frank y Schmidt lo primero que hay que hacer es definir lo que caracteriza una civilización y para ello han recurrido a la misma idea que en la década de los 60 el astrofísico ruso Nikolai Kardashev usó para clasificar el nivel tecnológico de las civilizaciones extraterrestres que pudieran existir en el universo: en función de su gasto de energía. De hecho, toda civilización se define por tres factores: la energía que consume, la información que maneja y los residuos que genera.

¿Podemos encontrar una civilización perdida por sus basuseros? No es descabellado: el mundo entero produce más de 1 000 millones de toneladas de basura al año. ¿Qué puede quedar de todo eso? Consideremos un material al que le hemos declarado la guerra: el plástico. Los estudios han demostrado que se están depositando cantidades cada vez mayores de  plástico en el fondo marino, desde zonas costeras hasta cuencas profundas e incluso en el Ártico.

El viento, el sol y las olas destruyen los grandes objetos de plástico dejando los mares llenos de partículas de plástico microscópicas que eventualmente se depositarán en el fondo del océano, creando una capa que podría persistir durante un largísimo tiempo. Es más, algunos investigadores sugieren que ese plástico podría acabar produciendo un nuevo tipo de roca, que sin duda será detectable por futuros arqueólogos. Hasta algo tan aparentemente inocuo como los residuos de esteroides sintéticos -utilizados en fisioculturismo o con fines médicos-  se ha vuelto tan penetrantes que podrán detectarse en los estratos geológicos dentro de 10 millones de años. Es más, según Frank y Schmidt estamos dejando pruebas de nuestra existencia que perdurarán 100 millones de años. Basta con tener en cuenta lo que hacemos para dar de comer a 7 000 millones de almas:  los fertilizantes han alterado por completo el ciclo del nitrógeno, del que gran parte está depositándose en el fondo marino y en la cumbre de las montañas. 

Toda civilización cambia su planeta

Por otro lado, el desarrollo de la tecnología está cambiando la fisonomía de nuestro planeta de una manera más sutil, al alterar la distribución de minerales en la corteza terrestre. Así, nuestra ansia por las tierras raras -como el disprosio, que se usa en los coches híbridos, o el neodimio, cuyo empleo va desde los gafas protectoras para soldadores a imanes permanentes de alta potencia-, ha hecho que aquellos elementos que deberían estar enterrados en lo profundo de la tierra ahora se encuentren en la superficie.

¿Y qué decir de los cambios producidos en el ciclo del carbono por la quema de combustibles fósiles? Si hay un hecho que está en el centro de la huella geológica que los humanos vamos a dejar para el futuro en la Tierra es éste. Comenzamos a quemar combustibles fósiles hace más de 300 años y esta emisión a la atmósfera ha cambiado la proporción presente de los isótopos pesados de carbono (C13 y C14): es el llamado efecto Suess en honor al químico austríaco que lo descubrió, Frank Suess, al ver que este hecho estaba modificando la exactitud de la datación por C14. 

Un misterioso aumento de temperaturas

Si estos son rastros que nuestra civilización está destinada a dejar para el futuro, ¿podríamos encontrar estas mismas "señales" en el registro geológico de la Tierra?  Para Frank y Schmidt un evento 'sospechoso' es el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (MTPE), que sucedió hace 55 millones de años. Entonces la Tierra experimentó el mayor y más rápido brusco aumento de temperatura que se ha registrado jamás, incrementándose seis grados la temperatura media del planeta en tan solos 20 000 años: todo el hielo de la Tierra se fundió y los bosques templados llegaron hasta los mismos polos. El máximo térmico duró unos 150 000 años y fueron las especies marinas las que más sufrieron este cambio de clima. Por contra, antes del MTPE los mamíferos del mundo se limitaban a roedores y algunos grandes carnívoros y herbívoros, pero poco después del máximo térmico las principales familias de mamíferos -incluyendo caballos y primates- surgieron rápidamente  y se propagaron por todo el planeta. La causa del MTPE es un misterio: algún evento liberó durante todo un milenio 2 gigatoneladas de carbono al año. En comparación, nuestra actividad industrial actual libera 4 veces más al año.

Al observar las proporciones de isótopos de carbono y oxígeno de entonces los científicos han encontrado que se dispararon exactamente igual a como sucede ahora por la acción de nuestra actividad indutrial. ¿Estamos ante la prueba de la existencia de civilizaciones industriales no humanas previas a la nuestra? Casi seguro que no y por una simple razón: la escala de tiempo de esos cambios. Lo que hace que la época presente, el Antropoceno, sea tan notable en la historia de la Tierra es la velocidad a la que estamos descargando carbono fósil en la atmósfera. Ha habido períodos geológicos en los que el CO2 ha estado tan alto o más que ahora, pero nunca antes en la historia del planeta se ha vertido tanta cantidad a la atmósfera tan rápidamente. “Los picos isotópicos que vemos en el registro geológico pueden no ser lo suficientemente puntiagudos para ajustarse a la hipótesis siluriana”, comenta Adam Frank, “pero aquí hay un enigma: si la actividad industrial de una especie anterior es de corta duración, es posible que no podamos verla fácilmente”. 

Referencia:

Schmidt, G. A.; Frank, Adam (2019). "The Silurian Hypothesis: Would it be possible to detect an industrial civilization in the geological record?". International Journal of Astrobiology. 18 (2): 142–150.  doi:10.1017/S1473550418000095

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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