Hacerlo como animales (el sexo, obviamente)

Estudiar el sexo es animal no solo nos descubre peculiares comportamientos, sino que nos plantea muchas preguntas que todavía no tienen respuesta, como por ejemplo porqué las hembras de la mayoría de las especies son tan promiscuas.

 

Además de mover el mundo, el sexo es fuente de diversidad pues con la reproducción sexual los genes de los padres se combinan y recombinan en cada generación produciendo una configuración genética única. Claro que tiene sus inconvenientes. El mayor es la pérdida de la inmortalidad. Si nos reprodujéramos asexualmente, seríamos como las bacterias, que se mantienen prácticamente tal como eran hace miles de millones de años. El sexo nos hace mortales.

Esa mortalidad nos obliga a ligar. Da igual ser el más veloz, el mejor buscador de comida o el más hábil evitando a los depredadores: si eres incapaz de seducir a una pareja tus genes se perderán como gotas de agua en la lluvia. La necesidad de reproducirse ejerce una presión altísima en el comportamiento animal, hasta el punto de que algunas estrategias entran en conflicto con la propia supervivencia del individuo. De todos es bien sabido que la mantis religiosa tiene la desagradable costumbre de arrancarle la cabeza al macho en una suerte de canibalismo sexual. Así, en el 60% de las cópulas el macho acaba decapitado y devorado. De ahí que el macho se acerque sigilosamente y por detrás a las hembras o, como hace la mantis springbok -también conocida como Miomantis caffra, nativa del sur de África-, intente someterla inmovilizándola tras una violenta lucha. En este caso, si el macho es más rápido y consigue sujetarla con sus patas delanteras, tiene un 78% de posibilidades de escapar ileso. Pero si es ella la que le agarra, que Dios le pille confesado.

Sexo hasta morir

Quien no tiene ninguna oportunidad de salir vivo del sexo es la abeja macho: cuando alcanza el clímax sus genitales se desgarran de su cuerpo emitiendo un fuerte chasquido. La razón de este suicidio sexual no es otro que bloquear el conducto de la reina para impedir que otros machos se apareen con ella: un cinturón de castidad orgánico, a fin de cuentas. Claro que la competencia es feroz: hasta 25 000 machos luchan por copular con una reina durante los pocos días que es accesible, porque el resto del tiempo estará preocupada en producir descendencia, hasta medio millón de abejas. La cópula se realiza en pleno vuelo: la reina sale a cielo abierto y se aparea con todo aquel macho que se le acerque, aunque no suele hacerlo más de 20 veces. Eso significa que el 99,92% de los machos-abeja morirán vírgenes.

Debemos tener en cuenta que no todos los seres vivos entienden el sexo como nosotros. Aunque en esencia implica unir los gametos masculino y femenino, la forma de hacerlo difiere enormemente de una especie a otra. Empecemos por el insecto palo, que copula sin parar durante más de diez semanas, pero no porque se vea inmerso en una lascivia incontenible, sino porque al hacerlo sin descanso impide que cualquier otro macho tenga oportunidad de acercarse a la hembra. Claro que para celos, los de la ardilla macho de Idaho, que no deja a la hembra ni a sol ni a sombra: la sigue a todas partes y cuando vuelve a la madriguera monta guardia en la entrada. ¿A qué se debe semejante nivel de celos?

¿Son los machos unos mujeriegos y las hembras unas castas?

En 1948 A. J. Bateman publicaba un artículo en la revista Heredity que estaba destinado a convertirse en famoso. En él defendía que los machos habían evolucionado para el sexo y las hembras para la maternidad. Conocido desde entonces como el principio de Bateman -que en el fondo quiere decir que los machos son unos mujeriegos y las hembras unas castas-, lo dedujo después de observar durante unos días a uno de los animales-modelo de la biología, la mosca de la fruta o Drosophila melanogaster. Observó que los machos se afanaban por aparearse tantas veces como podían mientras que las hembras tendían a ser más reluctantes y rechazaban las invitaciones de diversos pretendientes. Además, Bateman observó que los machos más promiscuos eran los que tenían más descendencia, mientras que no sucedía lo mismo entre las hembras. La conclusión a la que llegó era que este comportamiento se derivaba de un simple cálculo energético: a los machos les cuesta muy poco producir grandes cantidades de sus minúsculos espermatozoides, pero a las hembras producir un óvulo les es energéticamente muy caro. 

Lo cierto es que el argumento parece bastante sensato, pero investigaciones posteriores han probado que el principio de Bateman es de todo menos un principio. Porque como dice la bióloga Olivia Hudson, “en la mayoría de las especies, las hembras son más lascivas que santas”. Además, y para horror de los puritanos, la promiscuidad desordenada no es ningún “mal funcionamiento”; las hembras obtienen pingües beneficios de tal comportamiento. Por ejemplo, cuando están en celo, las hembras de los conejos presentan tasas de concepción más elevadas si se aparean con varios machos, y la hembra del lagarto ágil europeo (Lacerta agilis) pone más huevos cuantos más amantes haya tenido. Y tengamos en cuenta una cosa: hasta donde sabemos, las hembras de las especies de primates más promiscuas tienen una mayor capacidad de orgasmo.

Promiscuidad femenina

Si tuviéramos que señalar a las hembras más promiscuas entre los animales superiores todos los dedos apuntarían a nuestro primo-hermano el chimpancé. Lo que no sabemos es porqué. Algunos biólogos piensan que así provocan la competencia espermática (el mejor espermatozoide fecundará el óvulo) mientras que otros son proclives a pensar en la llamada teoría de la ofuscación: al aparearse con una gran cantidad de machos ninguno puede saber si el hijo no es suyo -ni siquiera ella-, y teniendo en cuenta que el infanticidio es un riesgo claro y real en las poblaciones de chimpancés, la hembra evita que cualquier macho asesine al pequeño porque podría ser el padre.

Un comportamiento totalmente distinto es el de los ratones de campo de California (Peromyscus californicus), fieles a su pareja hasta la extenuación: son monógamos genuinos. Un comportamiento que contrasta con sus parientes ratoniles más cercanos, el ratón ciervo (Peromyscus maniculatus) infiel hasta las orejas. La única explicación es evolutiva: en este caso el ratón fiel deja más descendientes que el promiscuo. Como esta fidelidad tiene una componente genética, esos genes se acabaron extendiendo entre la población y este comportamiento se convirtió en dominante.

La promiscuidad de las hembras sigue siendo una incógnita, sin embargo todo apunta -o al menos eso piensan la mayoría de los investigadores- a que intentan evitar en lo máximo posibles incompatibilidades genéticas. Esta idea no ha podido ser verificada salvo en algunas especies, como en la abeja melífera. Para algunos biólogos las incompatibilidades entre genes masculinos y femeninos son más comunes de lo que podríamos imaginar. Por otro lado, sabemos que la incompatibilidad genética es una causa de infertilidad en bastantes especies. En el ser humano, por ejemplo, son infértiles una de cada diez parejas y de esas entre un 10 a un 20% de los casos se debe a una incompatibilidad genética.

Referencias:

Judson, O. (2011) Consultorio sexual para todas las especies, Ed.Crítica

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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