Galileo, vanidoso y discutidor profesional

Galileo Galilei ha pasado a la historia de la astronomía por ser el gran defensor del heliocentrismo frente a la Iglesia Católica. Sin embargo, poco se sabe de su vanidad y sus sueños de gloria, que le llevó a ignorar y despreciar a otro de los grandes, Johannes Kepler.

 

Todos conocemos a Galileo por la famosa frase que pronunció, así por lo bajini, cuando la Iglesia le condenó por defender que la Tierra no estaba en el centro del universo: “eppur si muove”, y sin embargo se mueve. También todos sabemos que esta famosa frase nunca salió de sus labios.

Galileo ha sido muy bien tratado por la historia. Aunque fuera Copérnico el primero en formular la teoría heliocéntrica y aunque años más tarde fuera Johannes Kepler quien descubriera realmente cómo se mueven los planetas alrededor del Sol, el nombre que emerge del fondo de nuestra memoria al hablar de esta gran revolución es el de Galileo Galilei. El caso es que su fama vino, no porque enunciara o demostrara la idea heliocéntrica, sino porque se vio obligado a abjurar de sus ideas al enfrentarse contra la máquina de poder material e ideológico que era el Vaticano.

El joven Galileo, de sobrenombre el pendenciero

Y todo porque Galileo era un discutidor profesional. Ya en sus tiempos de estudiante en Pisa era llamado el pendenciero, una ‘cualidad’ que no le abandonó en toda su vida. En 1589, al ser nombrado profesor de la universidad de Pisa, se le comunicó que los miembros de la facultad debía vestir la toga académica. Galileo, profundamente ofendido por imponérsele tal normativa, hizo una vigorosa campaña contra esta exigencia mediante una sátira poética donde se pronunciaba contra la toga y a favor de la desnudez.

Al terminar su contrato de tres años en Pisa, la Universidad de Padua se hizo con él a golpe de talonario. En sus clases enseñaba la astronomía geocéntrica del griego Ptolomeo, algo de lo que él no estaba muy convencido. En 1597 escribió una carta a Kepler donde decía: “No me he atrevido a publicar mis ideas, por temor a encontrar el mismo destino que nuestro maestro Copérnico, quien, habiendo ganado fama inmortal entre unos pocos, entre la gran mayoría solo parece merecer abucheos y escarnio. Me atrevería a dar a conocer mis especulaciones si hubiera muchas personas como vos; pero, puesto que no las hay, siento horror a hacer algo de ese estilo”.

Kepler, tras leer esas líneas, le escribió una carta reprendiéndole: “Con vuestras maneras inteligentes y secretas subrayáis, con vuestro ejemplo, la advertencia de que se debe retroceder ante la ignorancia del mundo… Tened fe Galileo, ¡y, adelante!”

Lo más triste de todo, que revela la naturaleza tremendamente humana de los sabios, es que durante los doce años siguientes a esta exhortación, Galileo ignoró por completo a Kepler. De ello Albert Einstein llegaría a decir: “Siempre me ha dolido pensar que Galileo no reconoció la obra de Kepler”. Todo motivado, muy probablemente, por los sueños de gloria del pisano.

Su mayor enemigo, Kepler

Galileo ansiaba ser reconocido como uno de los científicos más extraordinarios. Cuando era profesor en Padua, allá por 1609, contaba con una excelente reputación como científico. Su deseo de prestigio se vio colmado con la ayuda un nuevo instrumento ideado en Holanda, el telescopio, del cual oyó hablar en Venecia.

Galileo se construyó uno y lo apuntó al cielo, descubriendo los cuatro satélites mayores de Júpiter, la naturaleza rocosa de la Luna y una multitud de estrellas nunca vistas antes en el cielo. El libro donde describió sus observaciones, El mensajero sideral, fue un best-seller que llegó incluso hasta la lejana China.

Pero en su lucha por la fama tenía un enemigo: Kepler. Era considerado el mejor astrónomo del mundo y eso Galileo no lo podía soportar. Kepler aderezaba sus escritos con cierto tufillo místico que sirvió de excusa para que Galileo lo criticara con socarronería. Kepler le rogó que no utilizara su habitual tono mordaz con él; Galileo no se dignó en contestar.

Pero el suceso más lamentable ocurrió con un telescopio. La crítica entusiasmada que hizo Kepler de El mensajero sideral contribuyó a que los científicos de entonces aceptaran el telescopio como lo que en realidad era y no como un instrumento que producía ilusiones ópticas. Kepler, que comprendía mucho mejor que Galileo los principios ópticos del telescopio, le pidió por favor que le enviara uno o al menos una lente de calidad, pues en Praga le era imposible conseguirla. Galileo ignoró su petición. Quizá temía lo que pudiera hacer con un telescopio entre las manos un astrónomo del calibre de Kepler. Además, tenía otros planes que le reclamaban toda su atención: entrar a formar parte de la corte de los Médici en Toscana.

Gloria, dinero y vanidad. Tentaciones de las que es difícil escapar.

Referencia:

Reston, J. (2018) Galileo: a life, ‎ Beard Group, Inc

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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