Galileo Galilei, un pionero de la divulgación científica

En su obra 'Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo', Galileo escribió todos los argumentos y contradicciones sobre el movimiento de la Tierra, dejando al lector que sacara sus propias conclusiones. El texto estaba escrito en italiano para que el que no supiera latín también pudiera leerlo.

Amanecer del 17 de febrero de 1600, Campo de' Fiori, Roma. Un hombre es quemado vivo por orden de la Santa Inquisición, entre los insultos de sus enemigos y el silencio de sus aterrados amigos y seguidores. Su nombre, Giordano Bruno, un visionario defensor del heliocentrismo copernicano. Condenado por su teología herética, afirmaba que existen innumerables soles en nuestro universo, e infinitas tierras como la nuestra que giran en torno a esos astros, de igual forma que nuestro planeta gira alrededor de nuestro Sol.

Tan solo diez años después, Galileo Galilei descubre con su telescopio cuatro satélites de Júpiter. Y también unas siluetas alrededor de Saturno, que ahora sabemos que eran sus anillos. Galileo no fue la primera persona en mirar el cielo nocturno a través de un telescopio, pero sí que fue el primero capaz de hacerlo de forma sistemática y rigurosa, de interpretar sus observaciones y, en particular, de divulgar sus descubrimientos a la sociedad de su época.

El ajusticiamiento de Bruno en la hoguera nos sirve como una introducción al contexto histórico de los tiempos de Galileo, una época de oscuridad, prejuicios y persecución de las ideas contrarias a los dogmas establecidos. A Giordano Bruno lo condenó un tribunal dirigido por el cardenal Roberto Belarmino, el mismo inquisidor que pocos años después también participó en el primero de los dos procesos contra Galileo. Y es este contexto, en mi opinión, el que le da más valor a la publicación del libro Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolemaico y copernicano, un ensayo que se suele considerar como la primera muestra del género de la divulgación científica escrita.

Libro Diálogos Galileo
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«Diálogos», una obra popular

Galileo comenzó a escribir los Diálogos en 1624 y finalizó su manuscrito en 1630. Ese año viajó a Roma para iniciar los permisos de su publicación con su editor. Según sus biógrafos, Galileo decidió aprovechar la ascensión al papado en 1623 de un pensador aparentemente más liberal, el papa Urbano VIII, y apostó por plasmar sus ideas y descubrimientos a través de una obra de popularización. Pasó el filtro de la censura eclesiástica, no sin antes modificar numerosos párrafos e incluso el título.

Finalmente, Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo se publicó en Florencia el 22 de febrero de 1632, con el imprimátur romano y el florentino. Estaba escrito en italiano, cuando el lenguaje de la ciencia en aquella época era el latín, e iba dirigido al público general. Pero lo más llamativo era el estilo, en forma de conversación entre tres personajes: Salviati, que representaba la visión copernicana de Galileo; Simplicio, defensor de la visión geocentrista de Ptolomeo; y Sagredo, árbitro neutral del debate sobre el movimiento del universo en torno al Sol. El palacio veneciano de este último personaje fue el emplazamiento elegido por Galileo para escenificar los cuatro días que duraban los Diálogos.

El título completo de esta obra era Donde en las conversaciones de cuatro jornadas se discurre sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano, proponiendo de manera neutral las razones filosóficas y naturales de una y otra parte. Toda una declaración de intenciones, que se quedaba solamente en el título. Porque, lejos de la neutralidad, el claro vencedor dialéctico en estas conversaciones siempre era Salviati, defensor de Copérnico, que de forma implacable refutaba cada argumento de Simplicio, el obtuso defensor de Aristóteles.

En la primera jornada de los Diálogos, los protagonistas debaten sobre las leyes del movimiento de los cuerpos pesados. Comentan las características de la luz solar que es reflejada por la Luna y Salviati ataca la propuesta dogmática de Aristóteles sobre la incorruptibilidad y perfección de los cuerpos celestes. Al día siguiente, el debate se centra en el movimiento relativo de la Tierra. Salviati expone su famoso experimento mental sobre qué ocurriría en un barco desde cuyo mástil se dejara caer una piedra mientras el barco se mueve y termina la jornada con la defensa de algunos conceptos de Kepler relacionados con las órbitas de los planetas. En el tercer día, la discusión se traslada acerca de las nuevas estrellas descubiertas, con un Salviati muy crítico respecto a los argumentos de un libro que ha leído durante la noche y anima Simplicio para que dibuje un plano de la disposición de los planetas conocidos, comenzando con Mercurio y Venus, para que vea que realmente giran alrededor del Sol. También se mencionan las manchas solares, que descubrió Galileo años atrás, y son una prueba de la geometría esférica del Sol. Algo que confirmaría la hipótesis de Copérnico. Y termina la cuarta y última jornada de los diálogos con el tema de las mareas. Galileo creía que las aceleraciones y de deceleraciones de la Tierra provocaban las mareas, descartando el posible efecto de la Luna. Algo que sabemos ahora que era erróneo.

En los Diálogos encontramos muchos de los recursos que se siguen utilizando en los libros de divulgación científica. Valga de ejemplo este fragmento, en boca de Salviati, con analogías y un característico estilo literario que bien podría haber sido escrito por un autor contemporáneo.«[…] Ptolomeo y sus seguidores presentan otra experiencia, parecida a la de los proyectiles. Trata de los objetos que, separados de la Tierra, se mantienen en el aire durante un tiempo muy largo, como las nubes y los pájaros que vuelan. Dado que de estos no puede decirse que sean transportados por la Tierra, por no estar adheridos a ella, no parece posible que puedan seguir la velocidad de esta, más bien debería parecernos que se mueven todos muy veloces hacia occidente. Y si nosotros, llevados por la Tierra, recorremos nuestro paralelo, que es al menos de dieciséis mil millas, en veinticuatro horas, ¿cómo podrán los pájaros seguir esa carrera? Mientras que, al contrario, los vemos volar sin ninguna diferencia sensible, tanto hacia levante como hacia poniente y hacia cualquier otra parte. Además de esto, si mientras corremos a caballo sentimos que el aire nos azota con bastante intensidad en la cara, ¿no deberíamos sentir un gran viento perpetuo de Oriente, llevados con tan rápida carrera contra el aire? Y sin embargo, no se siente ningún efecto similar».

También sirve de ejemplo este otro fragmento con reflexiones que están a la altura de un lirismo metafórico digno de Dante o Petrarca:

«Aquellos que exaltan tanto la incorruptibilidad e inalterabilidad, etc., creo que se ven obligados a hacerlo por el deseo que tienen de vivir mucho y el terror a la muerte; y sin considerar que si fuésemos inmortales no nos correspondería venir al mundo. Merecen encontrarse una cabeza de Medusa, que los transforme en estatuas de ópalo o de diamante, para alcanzar la perfección que no tienen».

La ira de Roma: prohibición del libro

Pocos meses después de la publicación de los Diálogos , en cuanto el libro llegó a Roma desde Florencia, despertó la ira entre los antiguos enemigos de Galileo. Los ejemplares distribuidos, unos pocos centenares, se retiraron. Y se advirtió formalmente al editor la prohibición de su impresión. El papa Urbano VIII, que antes de ascender al papado se declaró admirador de Galileo, llegando incluso a dedicarle un poema laudatorio, enfureció cuando leyó el libro e interpretó que el necio Simplicio podría ser en realidad un personaje inspirado en él. Algo que no sabemos todavía si fue cierto o, lo que parece más probable, una mera conjetura insinuada por los consejeros del papa. El primer sorprendido por el revuelo y el escándalo fue Galileo, que tras pasar todos los trámites para publicar su libro se dio de bruces con su prohibición, su persecución y el proceso judicial posterior. Algunos personajes muy influyentes del momento cercanos a Galileo acudieron a pedirle explicaciones a Urbano VIII, pero este los despachó afirmando que había sido engañado por el que fuera su amigo. El libro fue incluido en el Index librorum prohibitorum, un catálogo de publicaciones consideradas perniciosas por la Iglesia católica y de las que se vedaba su lectura. No fue eliminado de esa lista hasta casi dos siglos después, en el año 1822.

Acercando el saber a la gente

Galileo fue un pionero en abrir la ciencia a una comunidad más amplia, explicando con claridad y rigor sus argumentos, demostrando con experimentos sencillos cada uno de los hechos que exponía y utilizando un lenguaje sencillo. En los Diálogos, nos dejó una enseñanza sobre el funcionamiento de la mente científica y sobre cómo unir el pensamiento y la observación. Pero también algo que es muy importante, nos enseñó a contar la ciencia. Aunque defiende a Copérnico, no trata de demostrar de forma autoritaria que este tenía razón. No fue tan presuntuoso porque sabía que eso no funcionaría, aparte de que jamás se le aceptaría.

Dejó sobre el escenario donde participaban los protagonistas de sus Diálogos todas las objeciones que se afirmaban en su época contra el movimiento de la Tierra. Puso todos los argumentos y contradicciones encima de la mesa y encendió la luz. Y dejó al lector (al que no sabía latín) que llegara él mismo a sus propias conclusiones. Eso fue lo que realmente molestó a la autoridad eclesiástica, el atrevimiento de llevar la luz del conocimiento al pueblo, al contrario de lo que ocurrió con el resto de su obra, que al estar dirigida a un sector más especializado, no tuvo esa persecución y condena.

La educación y la divulgación de la ciencia son acciones claves para aportar a la sociedad el pensamiento racional que necesitamos para enfrentarnos a los problemas de nuestro mundo. Creo que Galileo era muy consciente de la importancia de este hecho y, por este motivo, se considera a los Diálogos como el inicio de la divulgación científica, entendida esta como el arte de hacer accesible el conocimiento científico al público general.

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