Extraterrestres en el fondo del mar

Las películas de ciencia ficción nos han pintado extraterrestres de muchas formas y colores, pero si queremos buscar extrañas formas de vida basta con mirar al fondo del océano.

Los fondos abisales, más planos que cualquiera de las inmensas llanuras que encontramos en América o Australia, se extienden desde las dorsales hasta las abruptas laderas que dan comienzo a los continentes. Estos fondos son el hábitat más enorme del planeta, un lugar, frío, oscuro y profundo. En ellos la temperatura ronda la de congelación y la presión es aplastante. Las condiciones son tan inhóspitas que los seres vivos que allí habitan crecen y se reproducen con lentitud. Las necesidades para la vida, aire que respirar y comida que comer, son fruto de la importación. Las corrientes que se originan en la superficie arrastran el oxígeno a las profundidades mientras que los restos de plantas y animales que se hunden al fondo son consumidos muchas veces a lo largo de su inevitable camino a las profundidades. Cualquier cosa que acabe llegando al fondo ha perdido prácticamente todo su valor nutritivo. Por eso los peces de las profundidades están diseñados para comer cualquier cosa que sea comestible.

No es de extrañar que los habitantes de las profundidades del océano sean escasos: a 4.000 m de la superficie la abundancia de vida se ha reducido en un 99%. Pero es en esas profundidades donde se encuentran seres vivos que parecen venidos de otro planeta. Y no solo por su aspecto. Por ejemplo, cerca de las fuentes hidrotermales viven unas gambas sin ojos que parecen llevar un parche en el lomo: es el vestigio de un ojo capaz de detectar las sutiles y casi imperceptibles ráfagas de luz que aparecen en las burbujas de gas que surgen del interior de la tierra, o de los destellos de la fractura de cristales minerales. Y allí, en esas oscuras profundidades, también hay organismos fotosintéticos. Pero no utilizan la luz de un Sol que jamás llega, sino esos mismos destellos. Existe una bacteria sulfurosa que vive bordeando siempre la propia supervivencia y que se divide muy lentamente, una vez cada dos o tres años. Bautizada con el anodino nombre de GSB1, es el único organismo conocido que hace la fotosíntesis sin ayuda del Sol. ¿Podrá ser la vida en otros planetas alejados de su estrella similar al de esta bacteria?

 

En el centro del océano Atlántico se encuentra un campo de fuentes hidrotermales conocido como la Ciudad Perdida, donde cada pizca de roca caliza alberga de 10 a 100 millones de microbios, lo que demuestra que la vida puede sobrevivir en entornos imposibles. Respiran metano, lo que nos abre una nueva ventana al pasado, en busca de pistas sobre la primera vida en la Tierra. Un poco más lejos de estas fuentes encontramos la Lamellibrachia luymesi, un gusano de tubo que vive 250 años.

Y si nos vamos al océano Índico, en la dorsal de Carlsberg existe un volcán que a lo largo de 70 km y alzándose 1400 m del fondo marino libera al mar 4540 km3 de agua en cada explosión, más de 100 veces el agua que contiene la presa más grande del mundo (Tres Gargantas, China), y mucho más de lo que las fuentes hidrotermales de la zona liberan en un año. Esta dorsal es la parte norte de una más amplia, la Central del Índico, frontera entre la placa Africana y la placa Indoaustraliana. En ella encontramos el campo de fumarolas Kairei donde se ha descubierto un peculiar caracol. Al contrario que cualquier molusco actual, se parece más a los animales acorazados que aparecieron por primera vez hace 500 millones de años. Sus pies están cubiertos por unas escamas negras magnéticas que se superponen como las tejas de un tejado. Su utilidad no está nada clara, quizá sirvan para rechazar los dardos envenenados de los depredadores. Pero cualquiera que sea su uso, una fuente hidrotermal es un ambiente propicio para un caracol con una armadura de hierro.

Cerca de la isla Ascensión, una isla en medio del Atlántico y al sur del ecuador habitada solo por militares y operadores de telecomunicaciones británicos y norteamericanos (allí se encuentra una de las cinco estaciones de monitorización del sistema GPS que hay en el mundo), encontramos el campo de fumarolas Turtle Pits, justo donde se separan las placas Africana y Sudamericana; allí se encuentra el récord de temperatura de una fuente hidrotermal submarina, 407 ºC. Podríamos pensar que en entornos como esos es imposible que prospere la vida, pero no es así. En el autoclave, el aparato utilizado para esterilizar el material quirúrgico y que alcanza los 250 ºC, la arquea Geogemma barossii, recogida de una fumarola del noroeste del Pacífico llamada Finn, no solo sobrevive  en ese aparato sino que en un día es capaz de doblar su número.

Otros seres, por el contrario, soportan las temperaturas más bajas conocidas. En el océano Atlántico, a 2000 km del Cabo de Buena Esperanza, se encuentra Bouvet, una diminuta isla cubierta de hielo que termina abruptamente en cortantes acantilados con playas de arenas negras volcánicas. Desembarcar no es fácil y la mejor forma de hacerlo es desde un helicóptero. En 1928 el buque noruego Norvegia recaló en la isla con el objeto de convertirla en refugio y almacén de provisiones para marineros naufragados. Entre los tripulantes se encontraba el biólogo del barco, Ditlef Rustad, un estudiante de zoología, que capturó un curioso pez: ojos grandes, una mandíbula llena de dientes, largas espinas en el pectoral y la cola y lo más sorprendente, que al mirarlo daba la impresión de ser transparente. Examinándolo más cuidadosamente descubrió que el aspecto de ese “pez cocodrilo blanco” era debido a que su sangre no tenía color alguno.

El Champsocephalus gunnari, como otros muchos peces que viven en la frías aguas antárticas, no posee glóbulos rojos. Para reducir el aumento de viscosidad en la sangre debido a las bajísimas temperaturas del agua, los peces que viven cerca de los piolos deben reducir la densidad de glóbulos rojos en la sangre. De este modo, si nosotros tenemos un hematocrito de un 45%, ellos lo han bajado de un 15 a un 18%. Pues bien, este pez ha llevado la reducción al extremo, de manera que su sangre solo transporta un 1% de células, y todas ellas glóbulos blancos. Por sus venas corre, literalmente, agua helada. Además su corazón, de color pálido, es más grande que el del resto de los peces de su tamaño. También genera unas proteínas anticongelantes producto de la mutación de un gen que en el pasado codificaba una enzima digestiva, con lo que evita que se convierta en una estatua de hielo.

Así es nuestro fondo marino: un mundo extraño, casi extraterrestre.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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