¿Existe una ciudad perdida en la selva del Amazonas?

A principios del siglo pasado un explorador británico se lanzó a buscar una ciudad perdida en el Amazonas. Considerado una locura durante décadas, hace unos años se descubrió que una compleja civilización había vivido en medio de la selva.

 

En 1925 el aventurero y coronel de ejército británico Percy Harrison Fawcett se aventuraba en el Mato Grosso acompañado de su hijo Jack y un amigo de éste del que poco se sabe, Raleigh Rimmell. Fawcett era amigo de los escritores H. Rider Haggard (creador del aventurero Allan Quatermain) y de Conan Doyle, que se inspiró en sus aventuras para escribir su novela El mundo perdido.

El 29 de mayo se lanzó a la búsqueda de una ciudad perdida que llamó “Z”, donde se encuentra “el fuego que nunca se apaga”. Fawcett estaba convencido que se hallaba en la espesura del Mato Grosso. Había encontrado un documento de 1754 que describía la expedición de Francisco Raposo, un bandeirante (nombre utilizado para quienes se aventuraban en el interior de Brasil) que buscaba las legendarias minas de oro y plata de Muribeca. En su lugar, Raposo encontró una ciudad de piedra.

Fawcett se convenció de la veracidad de esta historia al estudiar restos de cerámica que había recogido en su viaje por el norte de Chile y una figura de 25 centímetros que le entregó su amigo Haggard. Esta estatuilla de basalto negro, hoy perdida, representaba un sacerdote con un tocado de estilo egipcio sujetando entre las manos una tabla con algunas inscripciones. Haggard le dijo que procedía de Brasil y, según Fawcett, de los 24 símbolos que aparecen, 14 las había visto en piezas de cerámica prehistóricas procedentes de distintas zonas de Brasil. Una de las extravagantes creencias del explorador era creer que se puede tener percepción extrasensorial de una persona a través de un objeto que haya tocado: es la psicoscopía. Sujetando el ídolo en la oscuridad vio que los atlantes habían llegado a Brasil. No necesitaba más.

Percy Harrison Fawcett en Brasil
Percy Harrison Fawcett en Brasil

A la búsqueda de Z

Su convencimiento era tan profundo y el secretismo con que guardó sus planes fue tal que no sabe con certeza cuál fue su ruta. De las cartas que mandaban Jack y el propio Fawcett se sabe que viajaron de Río de Janeiro a Sao Paulo, donde visitaron el Instituto Butantan, centro de referencia ayer y hoy de sueros antiofídicos. De Sao Paulo marcharon a Puerto Esperanza (Argentina) donde remontaron los ríos Paraná y Paraguay en el Iguatemy hasta llegar a Cuiabá, capital del Matto Grosso. Allí Jack Fawcett escribió a su madre y a su hermano pequeño Bryan: "Abandonaremos Cuiabá el 2 de abril y tardaremos de seis semanas a dos meses en llegar al lugar donde papá llegó en su anterior viaje, el Puesto Bacairí. Hasta la ciudad 'Z' tardaremos probablemente otros dos meses y puede que localicemos la ciudad perdida el día que papá cumpla los 58 años, el 31 de agosto". Se cree que su destino era la Serra do Roncador, donde encontraría la entrada a su anhelada ciudad atlante.

La última vez que se les vio fue cruzando el Alto Xingú, una región situada entre el bosque ecuatorial del sur del Amazonas y la sabana del Brasil central. El 29 de mayo enviaba una carta a su mujer Nina: "Espero entrar en contacto con la vieja civilización dentro de un mes y llegar en agosto al objetivo principal... En todo caso ¡nuestra suerte está en manos de los dioses!... Estamos en el Campamento del Caballo Muerto, Latitud 11º 43' 5" y 54º 35' Longitud Oeste... No temas que fracasemos". Esta fue su última comunicación; no se volvió a saber más de ellos. Según Bryan, su padre envió adrede unas coordenadas equivocadas: “era muy cuidadoso en la determinación de posiciones geográficas. Seguro que no quiso que nadie siguiese su pista en Matto Grosso”.

A finales de 1927 la North American Newspaper Alliance (uno de los patrocinadores de Fawcett) organizó una expedición de rescate a cargo de George M. Dyott. Salió de Cuiabá en mayo de 1928 con otros 4 exploradores y 5 porteadores locales. Siguiendo el camino más probable Dyott encontró los primeros indicios de Fawcett entre los Anauqua: uno de los hijos del jefe llevaba la placa identificativa de uno de los proveedores de Fawcett y en la cabaña del jefe había un baúl inglés de metal. El jefe Aloique reconoció haber guiado a Fawcett, que había caído en una emboscada de los Suya, una tribu que vivía en el río del mismo nombre. Dyott partió en dirección al poblado de los Kalapalo con Aloique e intentó convencerles para que le acompañaran al lugar donde decían que había muerto Fawcett. Una noche Aloique y los kalapalo desaparecieron. Dyott empezó a temer que también iba a necesitar una expedición de rescate. Tras prometer a los indios más regalos para la mañana siguiente, por la noche salió como alma que lleva el diablo: su grupo no dejó de remar durante 14 horas. Su conclusión: “Que el coronel Fawcett y sus compañeros perecieron a manos de indígenas nos parece que está más allá de cualquier duda”.

Kuhikugu, los restos de una civilización perdida

Pero en los primeros años de este siglo la historia dio un vuelco. En la cabecera del río Xingú el antropólogo de la Universidad de Florida Michael Heckenberger, que desarrollaba su trabajo entre los Kuikuro, descubría una ciudad perdida en la selva amazónica, Kuhikugu, un nombre que significa “los verdaderos peces aguja”. En una zona de la Amazonia que se creía que siempre había sido selva virgen apareció un complejo urbano, una aglomeración de pueblos y aldeas interconectados ocupando una superficie de 200 000 km2. Se calcula que en Kuhikugu, que estuvo habitado desde hacer 1 500 años hasta hace unos 400, vivían más de 50 000 almas, un número que la ponen a la altura de las ciudades medievales europeas. Se piensa que sus últimos habitantes desaparecieron a causa de las enfermedades que llevaron los europeos a América.

El asentamiento más importante es el X11, en la orilla oriental del lago Kuhikugu. Allí hay zanjas defensivas, empalizadas, caminos, presas y estanques que sus habitantes utilizaban para la piscicultura. Desde entonces se han ido descubriendo por toda la Amazonía evidencias de algún tipo de civilización de la que no sabemos nada de su existencia: gigantescas líneas trazadas sobre la tierra, restos de asentamientos fortificados, monumentos megalíticos e incluso complejas redes de caminos donde se suponía que no debía haber nada más que selva.

¿Fue Kuhikugu la ciudad Z que buscó Fawcett? Muchos piensan que sí. De lo que no hay duda es que los restos de aquellos tres exploradores descansan en algún lugar en el Xingú, al igual que las más de 100 personas pertenecientes a las 13 expediciones que se han adentrado en la peligrosa selva amazónica en su busca, la mayoría en pos de publicidad y notoriedad. Ninguno de ellos hizo caso a las palabras -habitualmente melodramáticas- de este hombre: "Si yo sólo no puedo lograr salir, otros con menos experiencia han de perderse también y no quiero que nadie pierda la vida por mí. Por eso, que nadie vaya a buscarme".

Referencia:

Grann, D. (2009) The Lost City of Z: A Tale of Deadly Obsession in the Amazon, Doubleday

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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