Este roedor puede vivir 18 minutos sin oxígeno

La rata topo desnuda puede desenvolverse sin problemas en entornos con muy poco oxígeno e incluso sobrevivir 18 minutos sin respirarlo. ¿Cómo lo hace?

Para determinarlo, estudiaron cómo se desenvolvían en un ambiente con solo un 5% de ese gas, esto es, un 15% menos que el que contiene el aire que solemos respirar. Al cabo de cinco horas, esto no parecía haber afectado a las ratas topo desnudas. Por el contrario, los ratones de laboratorio que fueron sometidos al mismo experimento fallecieron en apenas quince minutos.

Cuando los científicos introdujeron varios ejemplares en una cámara en la que no había oxígeno, observaron que caían inconscientes al cabo de 30 segundos. Sin embargo, a diferencia de los ratones, que indefectiblemente morían en menos de un minuto, su ritmo cardiaco pasaba de 200 a 50 latidos por minuto y entraban en una especie de estado de animación suspendida. Así podían permanecer hasta 18 minutos. Es más, si se les volvía a exponer al aire normal, recuperaban sus funciones y volvían a sus actividades. De hecho, aunque la privación de oxígeno suele ocasionar serios daños en el cerebro y el corazón, la experiencia no había afectado a sus tejidos.

Los científicos creen que la clave se encuentra en su metabolismo. En vez de emplear glucosa para generar energía, un proceso que requiere la presencia de oxígeno, el de las ratas topo desnudas pasa a aprovechar la fructosa cuando este no está disponible. Este tipo de azúcar favorece ese mismo fenómeno, pero sin necesidad del mencionado elemento. En este sentido, los expertos han observado que las Heterocephalus glaber presentan en todo su organismo altos niveles de GLUT5, una molécula que transporta la fructosa hasta las células, un rasgo que las distingue de los demás mamíferos.

Los investigadores sospechan que esta facultad es el resutado de una adaptación evolutiva que les permite sobrevivir en el entorno en el que habitan, grandes complejos subterráneos en el este de África donde el oxígeno escasea. En el futuro, este hallazgo podría aprovecharse para desarrollar estrategias que permitan evitar daños cerebrales a los afectados por un infarto.

Imagen: Roland Gockel / MDC

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