Estas son las explosiones más terribles del universo desde el Big Bang

En promedio, una vez al día, en algún punto del cielo y durante un espacio de tiempo que va desde la fracción de un segundo a los pocos minutos, el universo nos regala con "algo" que emite tanta energía como 200.000 vías lácteas juntas

 

A finales de septiembre de 2007 fuimos conscientes de que había aparecido un nuevo fenómeno en el cielo, algo que los astrónomos no sabían ni que existía. Todo sucedió cuando los astrofísicos Duncan Lorimer y David Narkevic reanalizaban los datos recibidos hacía seis años en el radiotelescopio de Parkes, en Australia y dieron con una tremenda explosión sucedida a una distancia de 1.500 millones de años-luz. En los 5 milisegundos que duró se liberó la misma cantidad de energía que emite nuestro Sol en 15 días. ¿Cómo se les pudo pasar por alto algo así a los astrónomos que recogieron los datos de la observación en 2001? No se les pasó, pero la desecharon porque creyeron que era algún tipo de interferencia de radio terrestre: no les cupo en la cabeza que tan fenomenal estallido de energía tuviera un origen cósmico. Estos son los FRB o Fast Radio Burst (ráfaga rápida de radio).

A pesar de la quietud de nuestro cielo nocturno, el universo no es un lugar tranquilo, sino todo lo contrario. Hay estrellas que estallan al final de sus días haciéndose tan luminosas como todas las estrellas de la Galaxia juntas. Ese es el destino que le espera, ya sea mañana o en los próximos 100.000 años, a Betelgeuse, una brillante estrella de la constelación de Orión. Cuando suceda será tan brillante como la Luna en cuarto creciente. Pero en el Cosmos hay otras explosiones más terribles, como los llamados Gamma Ray Burst o estallido de rayos gamma (GRB): en promedio, una vez al día, en algún punto del cielo y durante un espacio de tiempo que va desde la fracción de un segundo a los pocos minutos, el universo nos regala con "algo" que emite tanta energía como 200.000 vías lácteas juntas.

Poco sabíamos del origen de estos GRB hasta el 23 de enero de 1999, cuando los observatorios espaciales de rayos X y rayos gamma detectaron una impresionante fulguración de energía en un punto del cielo situado en la constelación del Boyero. A la Tierra llegaron dos oleadas de radiación 25 y 40 segundos después de comenzar la explosión. Durante los siguientes 50 segundos llegaron otros pulsos más débiles hasta que al final se hizo la calma. Calculada la energía liberada, el resultado fue impresionante: si hubiera sucedido a tan sólo 2.000 años-luz de nosotros en el cielo hubiera aparecido una estrella dos veces más brillante que nuestro propio Sol.

Oculto tras esos nombres tan poco atractivos que usan los astrónomos para catalogar los eventos celestes, GRB 990123 pasará a la historia por ser la primera vez que se observaba un GRB en el rango de la luz visible. De hecho fue tan luminoso que se podría haber observado con unos buenos prismáticos... si hubiéramos sabido dónde mirar. Los GRB fueron detectados por primera vez el de 2 julio de 1967 por los satélites norteamericanos Vela 3 y Vela 4, que estaban destinados a medir la radiación gamma producida por las pruebas nucleares soviéticas. Ese día detectaron un flash de radiación gamma cuyo estructura no se ajustaba a la que era habitual de las explosiones atómicas. Tuvimos que esperar más de 30 años, a aquel 23 de enero de 1999, para poder fotografiar este cataclísmico fenómeno y, gracias a ello, identificar su origen: una debilísima galaxia situada a 9.000 millones de años-luz. Ahora bien, ¿qué pasó en esa lejana galaxia para que “algo” brillara tanto como 200.000 vías lácteas juntas? Aquí es donde tenemos el misterio.

Algunos astrónomos piensan que fue una hipernova. Su nombre viene por comparación con las supernovas, el final más apocalíptico que puede tener una estrella, cuando terminado su combustible nuclear estalla haciéndose tan brillante como mil millones de estrellas. Pues bien, una hipernova es, como mínimo, 100 veces más intensa. Nadie sabe cómo y por qué sucede, pero se supone que se produce cuando las estrellas más masivas (con más de 30 veces la masa del Sol) colapsan para formar un agujero negro en un proceso que dura de 10 a 20 segundos. Son difíciles de observar porque son muy raras: aparece una por cada millón de supernovas.

Sobre el origen de los FRB y GRB no existe un consenso sobre quién o quiénes pueden ocasionar tales deflagraciones. Además de la hipótesis de la hipernova está la de la colisión entre dos estrellas de neutrones, estrellas con una vez y media la masa de nuestro Sol apelotonada en el interior de una esfera de diez kilómetros de diámetro. Esta colisión tan exótica -y que su detección a partir de las ondas gravitacionales fue motivo del premio Nobel de 2017- fue una de las explicaciones ofrecidas por Duncan Lorimer, director del grupo que descubrió este inusual fenómeno. Claro que también ha propuesto otra explicación aún más llamativa: "el último estertor de un agujero negro al evaporarse completamente". Lorimer se refiere a lo que se conoce como evaporación Hawking, un mecanismo descrito por el famoso físico británico mediante el cual un agujero negro va perdiendo energía de forma continua hasta desaparecer con una gran explosión de rayos gamma. Ahora bien, los cálculos realizados por los físicos teóricos revelan que un agujero negro de unas 3 masas solares, desaparecerá después de transcurrida la friolera de 1066 años, o sea, un millón de billones de billones de billones de billones de billones de años. ¿Cómo podemos estar observando una evaporación ahora? Porque si las predicciones teóricas son correctas, durante la gran explosión se crearon grandes cantidades de diminutos microagujeros negros, con la masa de una montaña. Son estos, en estos momentos, quienes se estarían evaporando liberando grandes cantidades de radiación gamma en un infinitésimo de segundo... tal y como se está observando. El único problema de esto es que los microagujeros negros no dejan de ser una predicción teórica sin comprobar.  

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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