¿Estamos sometidos por nuestros genes?

¿Somos lo que somos por nuestros genes o por el entorno en el que nos hemos criado? Esta pregunta genera un acalorado debate entre los científicos y cuyo respuesta suele tener una importante carga política.

 

El 1 de octubre de 1910 empezaba a funcionar en un tranquilo paraje de la costa norte de Long Island (Nueva York), en Cold Spring Harbor, el Departamento de Registros de Eugenesia. Se encontraba junto a un centro de evolución experimental perteneciente a la Carnegie Institution de Washington, y cerca de un laboratorio de biología perteneciente al Brooklyn Institute of Arts and Sciences. La persona a cargo de ambos y responsable de la creación del departamento de eugenesia era Charles B. Davenport, un antiguo catedrático de biología de Harvard, que había convencido a la esposa de un magnate del ferrocarril para que ofreciera su apoyo.

Al año siguiente Davenport publicaba Heredity in Relation to Eugenics, donde señalaba que los italianos tendían a cometer “delitos de violencia personal” y que los judíos mostraban “la mayor proporción de delitos contra la castidad y en conexión con la prostitución, los más ruines de todos los delitos”. Siguiendo este tono, otro de los partidarios de la eugenesia, Madison Grant, escribió en 1916: “Tanto si nos gusta reconocerlo como si no, el resultado de la mezcla de dos razas es a la larga una raza que experimenta una regresión y vuelve al tipo racial más antiguo e inferior. El cruce de un ser humano de raza blanca y otro de raza negra es un negro; el cruce de un ser humano de cualquiera de las tres razas europeas y un judío es un judío”.

Es obvio que Adolf Hitler personifica al máximo las ideas eugenésicas. En Mi Lucha (1925) decía: “Aquellos que están físicamente y mentalmente enfermos e incapaces no deberían perpetuar sus sufrimientos en los cuerpos de sus hijos”. ¿Pero qué pensar de ésta, expresada ese mismo año? “Es mejor para todos que en lugar de esperar a ejecutar por un crimen a hijos degenerados o dejarlos morir de hambre por su imbecilidad, la sociedad pudiera prevenir de continuar su especie a aquellos que son manifiestamente incapaces”. Su autor era el juez Oliver Wendell Holmes, del Tribunal Supremo de los Estados Unidos.

Eugenesia

Los Estados Unidos fue el primer país industrializado que decretó leyes de purificación racial. A fines del XIX en Michigan y Massachusetts castraban a enfermos mentales y a quien exhibiera «epilepsia persistente», «imbecilidad» y «masturbación acompañada de debilidad mental». En los años 1930 al menos 60 000 personas fueron legalmente esterilizadas. El número correcto nunca se conocerá porque de muchas intervenciones en hospitales y cárceles jamás se informó.

El redescubrimiento de las leyes de la genética en 1900 –descubiertas por Mendel 35 años antes– unido al éxito de las ideas de Darwin, junto con una antropología y psicología en pañales, llevó a muchos a buscar una base genética en los comportamientos sociales y en la inteligencia. Dicho de manera muy simple, el tonto era tonto, el pobre, pobre y el delincuente, delincuente, porque sus padres lo eran. Gracias a los trabajos provenientes del Departamento de Registros de Eugenesia se demostraba que quien gozaba de una posición cómoda en la sociedad era porque era más inteligente que los demás. Así, con la ciencia en la mano, muchos llegaron a identificar grupos étnicos enteros como seres inferiores, y se elaboraron toda una serie de leyes destinadas a cortar por lo sano “la proliferación de gentes física y psíquicamente inferiores”. Mejor que detenerlos o encerrarlos en manicomios de por vida era impedir que nacieran.

La obsesión de los legisladores eugenésicos eran los que llamaban imbéciles e idiotas. La ley de Indiana pretendía prevenir «la procreación de criminales convictos, imbéciles y violadores». En California, el estado donde más esterilizaciones se realizaron, bastaba con una nota de un doctor para esterilizar a «cualquier idiota» al igual que a cualquier preso que tuviera «un comportamiento sexual o moral degenerado». En Iowa la ley iba dirigida hacia «aquellos que podría dar a luz niños con tendencia a enfermar, a la deformidad, al crimen, a la locura, a la debilidad mental, a la idioticia, a la imbecilidad, a la epilepsia o al alcoholismo».

¿Naturaleza o ambiente?

Esta es la cuestión central del comportamiento humano que enfrenta a científicos sociales y biólogos. ¿Somos lo que somos por nuestros genes o por el entorno en el que nos hemos criado? ¿Quién puede más? Después del desmán eugenésico, las humanidades y las ciencias sociales fijaron su orden del día con lo que se ha dado en llamar la Doctrina de la Tabla Rasa: la mente humana no tiene características innatas. Tal idea suele venir acompañada por otras dos: la del Buen Salvaje –la persona nace buena y la sociedad la corrompe– y la del Fantasma en la Máquina –todos tenemos un alma que toma decisiones sin depender de la biología–. Este triduo dominó la psicología y la sociología del siglo XX, sobre todo bajo la autoridad de antropólogos como Ruth Benedict y Margaret Mead. Los niños pequeños no son más que papeles en blanco donde la sociedad escribe sus órdenes; el ser humano es estupendo per se, pero la cultura y la sociedad nos corrompe. En un mundo así, el determinismo biológico no tenía sentido.

Pero ya en los 1960 empezaron a aparecer libros que pretendían trastocar el “dogma” antropológico. Estudios como los de etología animal de Konrad Lorenz, apuntaban a que los seres humanos, al igual que los animales, somos producto de la evolución y nacemos con una compleja estructura de disposiciones conductuales que los genes transmiten de generación en generación. Fue en 1975 cuando el fermento biológico se disparó. Ese año apareció el libro Sociobiología: la nueva síntesis, del zoólogo de la Universidad de Harvard E. O. Wilson, donde señala que nuestro comportamiento está modulado por los genes y por toda nuestra trayectoria evolutiva, de supervivencia del mejor adaptado. Y al año siguiente aparece El gen egoísta, del zoólogo británico Richard Dawkins, que acabó por definir el moderno paradigma neodarwinista: el fin de cualquier individuo vivo, ya sea animal o vegetal, es la supervivencia. Este ansia por sobrevivir se refleja en dos objetivos bien claros: intentar vivir el máximo tiempo posible e intentar reproducirse lo más posible. Todos los seres vivos, seres humanos incluidos, son simples envoltorios para los genes, los verdaderos directores de orquesta del juego de la vida. Somos “autómatas programados a ciegas con el fin de perpetuar la existencia de los egoístas genes que albergamos en nuestras células”. El hambre, el egoísmo, la ira, el miedo, el amor y el altruismo no son más que respuestas ciegas destinadas a alcanzar ese objetivo.

La lucha prometía ser interesante. El prestigioso genetista de Harvard Richard Lewontin, contestó con su libro No está en los genes (1984) acusando a la sociobiología de ser determinista, reduccionista y clara justificación del statu quo: “Si el actual orden social es consecuencia inevitable del genotipo humano, nada que posea alguna importancia puede ser modificado”. La eugenesia volvía a la palestra. Curiosamente, la idea central de Lewontin era, esencialmente, política: una relación de genes-conducta lleva inevitablemente a la derecha.

Por esa época una pequeña revolución se estaba preparando en la Universidad de Minnesota. Allí se estaban realizando los Minnesota Adoption Studies, donde un grupo de científicos sociales querían ver hasta qué punto los comportamientos se heredan. Y la mejor forma de hacerlo es estudiando gemelos idénticos educados en diferentes ambientes, comparándolos con mellizos. Encontraron que existía una fuerte correlación entre gemelos –y no entre mellizos– en comportamientos tales como el fundamentalismo religioso o las “actitudes de derechas”. La conclusión no es que exista un “gen de la fe” ni tampoco que el ambiente no desempeñe ningún papel en la observancia religiosa. Lo que afirma es que en algo tan netamente cultural como la “religión”, la influencia de los genes no se puede pasar por alto y, además, se puede medir. Tras el estudio de Minnesota se han realizado otros parecidos en distintos países y todos apuntan en la misma dirección: casi todas las medidas de la personalidad presentan una elevada heredabilidad en la sociedad occidental.

Las investigaciones en lo que se denomina genética de la conducta rozan lo políticamente incorrecto. Es un paste apetecible para cualquier agenda política. Por ejemplo, una de las acusaciones que se ha hecho al estudio de Minnesota es que fue financiado por la Pioneer Fund, una organización fundada por un multimillonario textil en 1937 que defiende la eugenesia. Cualquiera que intente ver heredabilidad en la inteligencia se verá acusado de racista y cientos de miles de cartas llegarán hasta su universidad pidiendo su cese fulminante. Hoy por hoy, el determinismo es un término de insulto y el determinismo genético es de la peor especie. Como dice Matt Ridley en Qué nos hace humanos, “los genes son dragones implacables del destino cuyas maquinaciones contra la doncella del libre albedrío sólo frustraba el noble caballero del entorno”.

Referencias

Weinberg, R. A.; Scarr, S.; Waldman, I. D. (1992). "The Minnesota Transracial Adoption Study: A follow-up of IQ test performance at adolescence". Intelligence. 16: 117–135. doi:10.1016/0160-2896(92)90028-p.

Ridley, M. (2004) Qué nos hace humanos, Taurus

Scarr, S (1998). "On Arthur Jensen's integrity". Intelligence. 26 (3): 227–232. doi:10.1016/s0160-2896(99)80005-1

 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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