Esta salamandra tenía el tamaño de un coche

El Metoposaurus fue un depredador que vivió en las orillas de lagos y ríos durante el Triásico.

 

Steve Brusatte, un joven paleontólogo de la Universidad de Edimburgo, escribió una excelente y accesible obra titulada “Auge y caída de los dinosaurios”. En ella nos cuenta uno de los descubrimientos más simpáticos relacionado con fósiles. El científico estadounidense viajó al Algarve, en Portugal, una zona que durante el Triásico se hallaba solo a 15 o 20 grados al norte del ecuador de la Tierra, por entonces con las masas continentales aún pegadas.

Su objetivo era conocer más del mundo que habitaron los primeros dinosaurios. Un artículo le puso en la pista: en el sur de Portugal un geólogo alemán había encontrado fragmentos de cráneos de antiguos anfibios. El hallazgo se dio durante la década de 1970 y parecía que nadie más había prestado atención a la localización.

No sabemos si por desconocimiento o por un entusiasmo extremo, pero Brussate viajó a Portugal a finales del verano de 2009. Explorar el campo del Algarve en pleno agosto no está entre las mejores recomendaciones para pasar un viaje saludable y vivir una bonita experiencia en el suroeste de la Península Ibérica. Pero Brusatte no se paró a pensar en el calor que tendría que soportar y acudió a la zona junto a Richard Butler y Octávio Mateus, un destacado buscador de dinosaurios portugués.

Fósiles bajo el sol

Es cierto que el trío de paleontólogos iba en busca de fósiles de unos animales que habían vivido en la zona más seca y cálida de Pangea, por lo que podían sentir en sus propias carnes un ambiente parecido al de aquellos seres vivos. El problema es que el ser humano no está tan preparado para resistir en este ecosistema como lo estaban los animales que tuvieron millones de años para adaptarse a las condiciones.

Pasaron una semana realizando trabajos de campo a diario, buscando restos de dinosaurios por unas colinas tostadas por el sol. Apenas fueron capaces de encontrar pequeños fósiles prácticamente inútiles, pero, antes de abandonar y aceptar el fracaso de la expedición, decidieron intentarlo un día más.

El termómetro marcaba los 50 grados y, tras una hora de prospección, tuvieron otra genial idea: separarse para abarcar más territorio en el que buscar fósiles. Mientras Brusatte intentaba encontrar la fuente de la que podían provenir fragmentos de hueso desperdigados, escuchó gritos que venían desde la parte superior de una colina. El acento de aquella voz excitada le dio a entender que se trataba del portugués Octávio. Pero mientras subía hacia el lugar de los gritos, de repente todo quedó en silencio. Pensó que el calor le estaba haciendo imaginar cosas, pero no tardó en ver a Octávio andando de manera vacilante y con las manos en los ojos. Cuando el portugués vio a su compañero Steve, pareció recuperar energía y volvió a gritar: “lo encontré, lo encontré”. Octávio había olvidado su botella de agua y la suma de la deshidratación y el entusiasmo hicieron que se desmayara momentáneamente. Pero, mejor que su botella de agua, Octávio tenía en la mano un hueso: había encontrado los restos fósiles de un anfibio.

Metoposaurus
Metoposaurus

Así era el Metoposaurus

Durante varios años estuvieron volviendo al lugar para excavar y estudiar el hallazgo. Resultó que no solo había un fósil, sino que una capa de pizarra de medio metro de espesor estaba llena de fósiles. Cientos de anfibios habían quedado allí fosilizados, dejando un puzle caótico de huesos y esqueletos arremolinados. Los fósiles pertenecían a una especie de anfibio llamada Metoposaurus, parecidos a las actuales salamandras pero del tamaño de un coche.

Al parecer, hace 230 millones de años, una manada de estos animales murió por un cambio climático que desecó el lago en el que vivían. Estos anfibios enormes fueron peligrosos depredadores del Triásico. Se movían por las orillas de ríos y lagos. Acechaban a cualquier presa que osara acercarse a su territorio. Su enorme cabeza la formaban dos mandíbulas anchas y planas, articuladas en la parte trasera, como los cocodrilos, para poder abrir la boca en un gran ángulo y atacar con cientos de dientes afilados.

Digno de película de ciencia ficción con toques de terror, pero Metoposaurus existió y se cuenta entre los ancestros de sapos, tritones y salamandras actuales (ahora de menor tamaño, por suerte para nosotros). En aquel mundo en el que todavía estaba por resquebrajarse el supercontinente Pangea, el clima era extremo y violento. Muchas especies evolucionaron a lo largo de los 50 millones de años que duró el Triásico. Pero una de las familias de animales fue haciéndose con el control. No pasó mucho tiempo (geológico, claro) para que la Tierra fuese dominada por los dinosaurios. Hasta entonces, Metoposaurus vivió como uno de los reyes de las riberas.

Referencias:

Brusatte, S. et all. 2015. A new species of Metoposaurus from the Late Triassic of Portugal and comments on the systematics and biogeography of metoposaurid temnospondyls. Journal of Vertebrate Paleontology 35, 3, e912988. DOI: 10.1080/02724634.2014.912988.

Brusatte, S. 2019. Auge y caída de los dinosaurios. La nueva historia de un mundo perdido. Debate.

Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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