Esclavos y discapacitados: voluntarios forzosos de pruebas médicas

El principal problema para realizar investigaciones médicas es contar con voluntarios proclives para ello. Y si salen gratis, mucho mejor. Esta es la historia de comportamientos poco éticos en la investigación médica.

Imagine que quisiera hacer una investigación médica en 1845 en Carolina del Sur. ¿Qué mejor fuente de voluntarios que echar mano de los esclavos? Eso fue lo que hizo el llamado “padre de la ginecología moderna”, J. Marion Sims. Su preocupación era resolver el problema de las fístulas vesicovaginales, comunicaciones anómalas de la vejiga urinaria con la vagina que depositan de manera continua orina en el aparato reproductor femenino. Para ello comenzó a realizar intervenciones quirúrgicas con siete esclavas que la sufrían y que fueron sometidas a dolorosísimas operaciones sin anestesia (que sería descubierta un año más tarde). Una de las esclavas llamada Anarcha padeció 30 cirugías hasta que Sims logró perfeccionar la técnica y la curó. Sin embargo, ninguna de las mujeres que sirvieron como conejillos de indias dio su consentimiento: fue dado por sus dueños pues eran esclavas. Para ellos era una cuestión puramente económica pues una mujer con este tipo de fístula no podía trabajar como es debido a causa de sus continuas pérdidas de orina.

Sims se aprovechó del sistema esclavista sureño para experimentar con humanos. Aunque algunos defienden el valor ético de esta investigación apelando a los estándares de la época, lo cierto es que hasta que no depuró el tratamiento quirúrgico con esclavas negras no empezó a hacer lo propio con mujeres blancas. Y a pesar de que el propio médico declarase años más tarde que la operación “no era suficientemente dolorosa como para que fuera un problema”, muchas mujeres blancas dejaban a medias la operación a causa de los dolores que les producía. Algo que, obviamente, las esclavas no tenían derecho a hacer.

Dosis radiactivas a niños discapacitados

Con la abolición de la esclavitud, los investigadores médicos debían encontrar una nueva población receptiva a sacrificarse –sin saberlo- por el avance científico. Y la encontraron en los disminuidos psíquicos. Para ello los investigadores solo tenían que acudir a los centros apropiados, como el Walter E. Fernald State School, una institución fundada en 1848. Allí, entre 1946 y 1953, científicos de la Universidad de Harvard bajo la dirección de Robert S. Harris, profesor de nutrición del prestigioso MIT, más de medio centenar de alumnos fueron expuestos a pequeñas dosis de hierro y calcio radiactivos. 

Se conserva una carta de 1949 donde el director del colegio pedía autorización a los padres para que sus hijos participaran en un experimento donde se les iba a dar una “dieta especial” con la que se estudiaría la absorción de los cereales, el hierro y las vitaminas... pero sin mencionar que se iban a usar trazadores radiactivos. A los chicos se les animaba a apuntarse a este “Club de Ciencia” a cambio de mayores porciones de comida, fiestas y viajes para ver jugar a los Red Sox de Boston. Mientras, entre 1947 y 1949 dentistas suecos convocados por el Servicio Dental Nacional diseñaron un cuidadoso programa de investigación para comprobar si, como se sospechaba, el consumo de azúcar provocaba caries. Y qué mejor forma que regalar grandes cantidades de golosinas a los internos de la institución mental Vipeholm.

Los resultados fueron dados a conocer en 1953 y cuatro años más tarde el gobierno sueco comenzó una importante campaña para prevenir la caries entre la población. Toda una política sanitaria a costa de los dientes de más de 600 internos de un psiquiátrico.

Infectados con el virus de la hepatitis

Los discapacitados psíquicos constituían un filón de voluntarios gratuitos y esta vez les tocó la lotería a los alumnos de la Willowbrook State School for the Retarded, que fueron infectados con el virus de la hepatitis entre 1956 y 1972. Los responsables fueron por el descubridor de la vacuna contra la hepatitis B, Saul Krugman, y el virólogo Robert W. McCollum de la Universidad de Nueva York, que querían comprobar la validez de la gamma globulina en su tratamiento. Por supuesto los padres daban su consentimiento, pero firmaban que sus hijos iban a recibir una vacuna contra el virus. Es más, la dirección del centro no admitía a niños cuyos padres, de clase obrera y que no disponían de recursos para pagar una escuela privada, no daban su consentimiento para la prueba.

El ''estudio monstruo''

Claro que además de los disminuidos psíquicos los científicos también han tenido a su alcance a los pobres huerfanitos. En enero de 1939 el psicólogo norteamericano Wendell Johnson comenzaba un terrible experimento con 22 huérfanos de entre 5 y 15 años en Davenport, Iowa. Nadie informó a los chicos de lo que Johnson y su estudiante de doctorado Mary Tudor iban a hacer: convertirlos en tartamudos

Para ello los dividieron en dos grupos: uno era el de control, al que Tudor dio unas sesiones de terapia positiva, alabando su forma de hablar; con los del otro grupo se criticó cada pequeña imperfección de su habla, espetándoles que eran unos tartamudos incorregibles. De este modo Johnson pretendía probar su hipótesis del origen de la tartamudez: “está en el oído de los padres y no en la boca del niño”. Bautizado como el “estudio monstruo”, no produjo los resultados esperados y lo único que quedó de aquel experimento fue la tesis doctoral presentada en la Universidad de Iowa por Mary Tudor y los efectos psicológicos negativos creados gratuitamente en un grupo de chavales.

Tudor escribió a su director de tesis el 22 de abril de 1940: “Creo que se recuperaran con el tiempo pero tengo la certeza de que les hemos dejado una marca indeleble”. Siempre se lamentó que Johnson no hubiera dedicado tiempo y esfuerzo para deshacer los problemas psicológicos que ellos les habían creado. Si te he visto no me acuerdo. ¿Y qué mejor forma de emplear a los bebés expósitos que usarlos como objetos de prácticas en las clases de Economía Doméstica, destinada a las estudiantes femeninas en los años 20 y 30? La publicidad que hacía la Universidad de Cornell es suficientemente explícita: “Cada uno de los dos apartamentos de prácticas de Cornell está equipado con un bebé real”.

Referencias:

Hussain, Z. (1998). "MIT to pay $1.85 million in Fernald radiation settlement". The Tech. Vol.11, no.65. 

Offit, P. A. (2007). Vaccinated: One Man's Quest to Defeat the World's Deadliest Diseases. Smithsonian Books/Collins 

Sartin, J. S. (May 2004). "J. Marion Sims, the Father of Gynecology: Hero or Villain?". Southern Medical Journal. 97 (5): 500–505. doi:10.1097/00007611-200405000-00017 

Tudor, M. (1939) An Experimental Study of the Effect of Evaluative Labeling of Speech Fluency. University of Iowa. doi:10.17077/etd.9z9lxfgn

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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