¿Es la superficie de un planeta el lugar correcto para una civilización tecnológica en expansión?

Ciudades espaciales, bases lunares, minería en los asteroides... El espacio es la última frontera para la Humanidad. ¿Seremos capaces de llegar a él?

 

Aunque el espacio cercano a la Tierra está ocupado fundamentalmente por el mundo de las telecomunicaciones, instalar estaciones espaciales en órbita terrestre ofrece todo un mundo de posibilidades. De todas ellas, la más prometedora es la de los laboratorios orbitales. La gravedad cero y el vacío ofrecen una oportunidad única para el desarrollo de nuevos productos y materiales muy costosos de obtener en la superficie de nuestro planeta. La Estación Espacial Internacional es la avanzadilla de esta nueva visión del espacio, que incluye el establecimiento de industrias, hoteles o, como afirmaba Chuck Lauer –que desarrollaba en la Tierra centros comerciales y parques de negocios- un parque de negocios mixto. Lauer creó su propia compañía, Orbital Properties, para desarrollar su idea. No se trata de definir un negocio, sino de crear la infraestructura necesaria para acogerlo. Si se construye, vendrán –al menos, eso decía-. Por desgracia su sueño no lo podrá ver: Lauer murió en marzo de 2021.

Ciudades en el espacio

En 1969 un profesor de Princeton llamado Gerard O’Neill proponía esta pregunta a sus estudiantes: ¿es la superficie de un planeta el lugar correcto para una civilización tecnológica en expansión? La respuesta a la que llegaron fue un rotundo ‘no’; el lugar correcto es el espacio. Así es como O’Neill ideó su Isla Uno, una colonia espacial capaz de albergar a 10 000 personas en un esfuerzo que, una vez desarrollada la tecnología necesaria, no sería superior al que costó colocar un hombre en la Luna. Isla Uno es una esfera de 480 m de diámetro conocida como Esfera de Bernal. Rotaría a una velocidad de dos vueltas por minuto, lo que proporciona una gravedad artificial en el ecuador similar a la de la Tierra. Con un coste aproximado de tres veces el programa Apolo, la única pega es de dónde sacar los materiales necesarios para construirlos. Evidentemente, el lugar apropiado es nuestro planeta, pero el coste de enviarlos al espacio sería excesivo. Por tanto, la única opción es obtenerlos de un lugar cercano y donde se encuentren en abundancia: la Luna. Para O’Neill, la construcción de bases espaciales pasa, primero, por establecer una base minera en nuestro satélite.

Por su parte, Marshall Thomas Savage, autor del libro The Millennial Project: Colonizing the Galaxy in Eight Easy Steps y fundador de la First Millennial Foundation, propone un entorno totalmente diferente: burbujas de silicona impermeable. Sin gravedad artificial, Savage tiene a su alcance todo el potencial de vivir en un espacio de tres dimensiones: cada habitante dispondría de una habitación esférica de 6,5 metros de radio. Puede parecer pequeña, pero en el espacio hay que pensar en metros cúbicos y no cuadrados: en las burbujas de Savage cada uno dispondrá de 1 130, como una gran mansión en la Tierra.

Cada burbuja formaría parte de una agrupación mayor compuesta, cada una de doce burbujas dispuestas de la siguiente forma: seis de ellas se colocarían en los vértices de un hexágono, y tres de ellas encajarían encima y otras tres debajo. Las doce formarían una gran “superburbuja”, de modo que doce de éstas podrían disponerse de la misma manera, formando a su vez superestructuras del mismo modo que las muñecas rusas encajan unas dentro de otras.

El problema de vivir en el espacio, o en un planeta sin atmósfera, es que se está expuesto a la radiación cósmica y a los meteoritos. La solución al primero pasa por usar un escudo externo recubierto de una finísima capa de oro –que refleja gran parte de la radiación ultravioleta pero deja pasar la luz visible-, y bajo él, una capa de 5 metros de agua, para absorber la radiación dañina. Los meteoritos también son un problema que se solventaría mediante -¡cómo no!- los oportunos cañones láser.

Gerard O’Neill
Gerard O’Neill

Base luna Alpha

Para otros científicos, como Robert Zubrin, las estaciones espaciales no son una buena opción: implican demasiados problemas tecnológicos, demasiados riesgos y se depende dramáticamente de los suministros. Se necesita tierra bajo los pies. Quizá por ello la base lunar sea uno de nuestros primeros pasos en el espacio. En ella podemos encontrar todos los materiales que necesita una sociedad tecnológica. Incluso el oxígeno, que se obtendría como subproducto al tratar los óxidos de los metales necesarios para la industria.

Los usos de una base lunar permanente serían diversos. Por un lado tendríamos la industria del vacío, que va desde las aleaciones fundidas en vacío hasta la producción de plásticos, pasando por la construcción de componentes ópticos. Los astrónomos estarían de buena suerte: sobre un planeta sin atmósfera los telescopios y los radiotelescopios descubrirían nuevas maravillas en nuestro universo. E incluso hospitales, donde gracias a la baja gravedad enfermos de artritis y reúma verían aliviados sus dolores. Cuando el biólogo J. B. S. Haldane se estaba muriendo de cáncer, escribió una emotiva carta al autor de ciencia-ficción Arthur C. Clarke: “Yo y un millón de otros casos quirúrgicos quedaríamos bastante satisfechos con la gravedad lunar de superficie”. La Luna sería, además, un excelente geriátrico.

Pero lo más importante es que nuestro satélite sería un excelente espaciopuerto para colonizar el Sistema Solar: el gasto en combustible sería muchísimo menor por la baja gravedad. Desde allí podríamos lanzarnos a la explotación minera de los asteroides

Minas en el espacio

Desde que el 1 de enero de 1801 el astrónomo Giuseppe Piazzi descubrió el asteroide Ceres, el número de estos cuerpos que hemos ido descubriendo ha crecido exponencialmente: hay varias decenas de miles de asteroides, si no centenares de miles, del tamaño de Ceres pululando por el Sistema Solar. Y allí tenemos reservas incalculables. Simplemente por poner un ejemplo: de un asteroide típico de unos 10 kilómetros de lado y teniendo en cuenta el consumo actual, podríamos obtener el aluminio necesario para 23 000 años, mercurio para casi 300 años y el raro molibdeno para 10. El cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter es una verdadera mina que nos está esperando. Las colonias mineras serán, además, lugares excelentes para la aparición de estructuras sociales completamente diferentes. Cientos de nuevos mundos, con su particular idiosincrasia, surgirán a millones de kilómetros de la Tierra.

Referencias:

Lewis, J. S. (1997) Mining the sky, Basic Books

Savage, M. T. (1994) The Millennial Project: Colonizing the Galaxy in Eight Easy Steps, Little, brown and co.

Sivolella, D. (2019) Space Mining and Manufacturing, Springer

Zubrin, R. (200) Entering Space: Creating a Spacefaring Civilization, TarcherPerigee



Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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