¿Es cierto el dicho 'quien bien te quiere te hará llorar'?

Existe la creencia de que las personas tienen que hacernos daño para ayudarnos, pero la ciencia sugiere que no necesariamente es así.

Chica triste
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Frases hechas como "quien bien te quiere te hará llorar" o "la letra con sangre entra", denotan que tiene que haber cierto dolor o sufrimiento en el cariño o el amor.

Es verdad que si alguien procura un daño puede que en el fondo lo haga para hacer un bien: desde el castigo de un padre a su hijo hasta la ansiedad que suscita un odontólogo (al que incluso hemos remunerado para que nos produzca esa ansiedad, aunque sea de forma colateral).

Si bien todo esto es cierto, no debemos partir de la base de que siempre buscamos el bien del otro. En ocasiones, nuestro cerebro siente placer produciendo daño en los demás, aunque sean personas queridas. Y, en general, si posibilidad de recompensa es más atractiva que la de culpa, entonces podemos llegar a anteponer nuestras propias necesidades y deseos al bienestar de los demás.

Giro supramarginal

Además de todo lo dicho, hay otro motivo por el que podemos llegar a ser menos empáticos con los demás. En un estudio de 2013 realizado por Georgia Silani y su equipo de colaboradores del Instituto Max Planck, se identificó que el giro supramarginal, una región situada en la unión de los lóbulos parietal, temporal y frontal, tenía parte de responsabilidad en que podamos sentir empatía.

Lo que también constataron es que este sistema solo funciona si nuestro estado emocional no es muy diferente del de la otra persona. Si hay una gran distancia emocional, entonces el giro supramarginal debe trabajar más y resulta menos preciso. En otras palabras, nos volvemos más ineptos a la hora de darnos cuenta de que estamos haciendo daño a alguien: si, por ejemplo, estamos muy contentos, resultará más difícil que advirtamos que la otra persona no lo está, aunque seamos nosotros los causantes de ese descontento.

De esta manera, cuando somos crueles o egoístas con alguien, aunque pueda ser una persona querida, aduciremos más fácilmente que esa persona lo entenderá, que solo es una broma, que hay confianza, etc. Porque no seremos tan conscientes del daño producido.

Por si fuera poco, aunque casi todas las personas nacen con una inclinación a cooperar y evitar hacer daño innecesariamente a los demás, la educación desde pequeños también modula esta inclinación. En los primeros años, es cuando se potencia que un niño empiece a darse cuenta de que los demás tienen estados internos (emociones, deseos, pensamientos) que con frecuencia son diferentes a los suyos.

Tal y como señala Jeremy Rifkin en su libro La civilización empática: "Naturalmente, castigar a un niño por una transgresión social casi siempre tendrá un efecto contrario al deseado y hará que el niño acabe siendo menos empático. La mejor manera de desarrollar el potencial empático del niño es mediante el uso de la inducción, un método por el que los padres destacan el punto de vista del otro y dejan claro que la acción del niño le ha hecho sufrir."

En conclusión, quien te quiere no necesariamente tiene que hacerte llorar: ese sufrimiento también puede ser fruto de que su giro supramarginal no esté siendo lo suficientemente preciso en su trabajo de ponerse en la piel del otro, ya sea por una educación deficitaria en ese sentido o por una completa falta de desconexión emocional.

Referencia: Giorgia Silani, Claus Lamm, Christian C. Ruff and Tania Singer, Journal of Neuroscience 25 September 2013, 33 (39) 15466-15476; DOI: https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.1488-13.2013.

 

 

Sergio Parra

Sergio Parra

Científico, letraherido, hiperestésico, idiota en el sentido ateniense de la palabra, aún sigo buscando la ballena blanca a sabiendas de que no existe.

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