Encuentro en Manises: el gran caso OVNI español

En la noche del 11 de noviembre de 1979 se produjo algo impensable: un avión comercial tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia porque el piloto del avión creyó que iba a chocar con un OVNI.

Todo comenzó al poco de salir del aeropuerto de Mallorca el avión TAE-297 donde había hecho escala proveniente de Saltzburgo, camino de las islas Canarias. Cuando se encontraba al suroeste de Ibiza el mecánico de vuelo alertó a sus compañeros que había dos luces rojas muy potentes visibles a la izquierda a gran distancia. Pidieron información al Control de Vuelo Barcelona y éste les comunicó que no había ninguno programado salvo el suyo. Obviamente, esto les puso muy nerviosos. Eran como dos focos rojos, no apreciaron estructura sólida alguna, y notaron que se acercaban. Temiendo una colisión, el comandante pidió permiso al aeropuerto de Valencia para hacer un aterrizaje de emergencia.

Tras el aterrizaje, a las doce menos cuarto, el personal del aeropuerto salió al exterior y miró al cielo en busca de unas luces brillantes; y las vieron, al igual que el personal de guardia de la base aérea de Manises. Entonces llamaron al Mando de Combate y a la una menos veinte de la madrugada el Jefe de Servicio ordenó el despegue de un caza Mirage F-1 con base en Los Llanos (Albacete), con misión de identificar aquel 'tráfico desconocido'. El piloto localizó varias luces muy lejanas, pero por mucho que quisiera alcanzarlas siempre mantenían la distancia. También sufrió interferencias en sus comunicaciones de radio con la base y blocajes esporádicos en el sistema de alerta del avión. Después de un tiempo sin lograr acercarse y con poco combustible, decidió regresar a la base. Eran las dos y siete de la madrugada.

Este es el caso más paradigmático de la casuística OVNI española, y su fama es merecida. No solo por la calidad de los testimonios -pilotos, controladores aéreos...- sino porque también recoge todos los problemas, paradojas e ideas preconcebidas que están asociadas a este fenómeno.

El problema de la percepción humana

Lo que subyace al caso Manises es cómo los seres humanos percibimos el mundo que nos rodea. ¿Realmente somos buenos observadores? ¿Recordamos perfectamente lo que hemos visto después de un tiempo? ¿Influye nuestra cultura y nuestras creencias en la interpretación de lo que vemos? Y lo más importante, ¿recordamos lo que hemos visto o lo que creemos haber visto? Por desgracia, la ufología no suele prestar atención a este tipo de preguntas. Para la mayoría de los que se dedican a ella, lo que dice haber visto el testigo es, lisa y llanamente, lo que ocurrió.

El caso Manises es un caso clásico de ovni: una luz en el cielo. Ni naves con ventanitas ni hombrecillos verdes; nadie vio un objeto físico. Por tanto, si empezamos a hablar de 'objeto' o los pilotos hablan de 'tráfico' no estamos describiendo sino interpretando lo que vimos, que es lo que hacemos normalmente los seres humanos. Teniendo en cuenta que durante todo el tiempo que se vieron esas luces no se produjo ninguna detección por radar, ni en tierra ni en los aviones -como dejó claro el expediente oficial desclasificado en 1994-, no hay razón para pensar que fuera un objeto sólido. A no ser, claro, que ya hayamos aceptado de antemano que se trata de una nave prodigiosa equipada con una tecnología capaz de hacerse invisible al radar, que es lo que suele decirse desde la ufología. Pero entonces se está cometiendo lo que se conoce como falacia circular o petitio principii: usar como premisa lo que se quiere demostrar. Dicho de otro modo: si quieres probar que es una nave extraterrestre con prodigiosos avances tecnológicos, eso no puede formar parte del argumento.

¿Qué se vio realmente en el cielo?

Así que lo único que podemos afirmar es que se vieron dos luces rojas, no un objeto o un tráfico. Esto puede parecer muy tiquismiquis, pero no estamos ante un mero asunto semántico: al catalogar las luces como 'objeto' o como 'tráfico' nuestro cerebro empieza a interpretar lo que ve bajo ese prisma, y veremos comportamientos similares a lo que esperamos que haga un avión o una nave: puede seguirnos, alejarse... Fijémonos en la Luna: si caminamos de noche parecerá que nos sigue y si corremos hacia ella veremos que es como si se alejara para mantener la distancia.

Pero como sabemos que es la Luna, no lo interpretamos de esa forma. Ahora cambiemos la Luna por una luz lejana: se comportará exactamente igual que la Luna, pero si creemos estar viendo un ovni, un avión o lo que sea, interpretaremos lo situación como que realmente se está moviendo, cuando en realidad hace lo mismo que la Luna: nada. ¿Nos damos cuenta? En función de lo que creemos estar viendo, de nuestros prejuicios culturales, llegaremos a distintas conclusiones partiendo de la misma observación, haciendo bueno el dicho de “hay que creer para ver”.

Además, también hay que añadir otro inconveniente: sin referencias reconocibles con las que comparar, nadie –ni siquiera un piloto- es capaz de determinar el tamaño y la distancia a la que se encuentra un objeto desconocido. Puede ser un tapacubos a 200 metros o la nave de Independence Day a 100 kilómetros.

Los pilotos no son tan buenos observadores del cielo

En el caso de los pilotos aparece un sesgo cultural más: por su trabajo, cualquier cosa que vean en el cielo y no la identifiquen es un “tráfico”, esto es, un objeto tripulado, lo que hace que interpreten su comportamiento aparente como si lo realmente fuera. Por eso que nos encontremos con casos como el sucedido en los cielos de Bélgica en 1991, cuando la tripulación de un avión de pasajeros confundió los trozos de un satélite desintegrado por la reentrada con un grupo de 'naves' tripuladas volando en formación.

Otro matiz a tener en cuenta es la psicología humana. Las situaciones de estrés provocan que nuestra percepción de lo que está sucediendo no sea correcta. En el caso de Manises, que el piloto estuviera convencido de que las luces iban en rumbo de colisión (un nerviosismo exacerbado al saber que nadie en tierra tenía ni idea de porqué estaba 'eso' ahí) es una variable que hay que tener en cuenta.

Pero, claro, los ufólogos rechazan este argumento con un aspaviento aduciendo que decir eso es dudar de la profesionalidad de los pilotos. Por supuesto, desconocen que este tipo de situaciones ha sido más que estudiada. Ya en 1974 el psicólogo Robert Buckhout escribió en la revista Scientific American que “las investigaciones que he realizado con las tripulaciones de combate de las Fuerzas Aéreas confirman que incluso las personas mejor entrenadas se convierten en malos observadores cuando están sometidos a estrés”. 

¿Quiere decir todo esto que no se debe creer a los testigos? En absoluto. Solo que hay que tener muy claro que una cosa es lo que el testigo vio y otra muy distinta lo que creyó haber visto. Esto introduce un factor de incertidumbre muy grande a la hora de juzgar la fiabilidad de un testimonio. El famoso abogado J. W. Ehrlich dejó bien claro en el libro The Lost Art of Cross-Examination el valor de los testigos oculares en un juicio: “No reproduce necesariamente de manera correcta lo visto y oído... Interpolamos, con la imaginación inconsciente, cosas que no observamos... Vemos lo que queremos ver”.

Saber preguntar

Si todo esto hay que tenerlo muy en cuenta cuando escuchamos una narración de alguien que dice haber visto algo extraño, ya sea un ovni o un fantasma, también hay otro punto que no podemos perder de vista y que se encuentra al otro lado de la mesa de entrevistas: la forma en que se recogen los testimonios. Uno de los errores más comunes es que no se suele prestar mucha atención al modo de hacer las preguntas. ¿Por qué hay que tener tanto cuidado? Porque por el contenido implícito de la pregunta se puede inducir un tipo de respuesta al testigo. En 1974 la psicóloga Elisabeth Loftus demostró que podemos distorsionar el recuerdo de un hecho simplemente por la manera en que nos hacen la pregunta. Así, a un grupo de sujetos les mostró una película de un accidente de tráfico, donde no aparecía ningún granero. Cuando les preguntó “¿Ha visto un granero?” el 2,7% respondió que sí.

Pero al preguntar “¿Ha visto el granero?” uno de cada 6 respondió afirmativamente. Y no solo eso sino que, como dice Loftus, “la propia memoria sufre un cambio como resultado de la formulación de este tipo de preguntas”, y acabas creyendo que había un granero. Es por eso que las preguntas deben estar muy bien diseñadas de antemano para evitar introducir ruido en el testimonio del testigo. Por desgracia, esto suele ser más una excepción que una norma en ufología. Y ya el colmo es cuando se desempolvan casos que sucedieron 10, 20 o 30 años después y se entrevista a los testigos. El valor de ese testimonio es escaso pues sus recuerdos no se ajustarán a lo que realmente sucedió. De hecho, nuestra memoria es muy débil: numerosos experimentos han demostrado que somos incapaces de recordar con exactitud lo que ha sucedido transcurrido un minuto y medio.

Causalidad vs correlación

En el caso Manises también confluye otra peculiar forma en la que trabaja nuestra mente: solemos confundir causalidad con correlación. Aquí hay tres observaciones diferenciadas: las dos luces rojas que se observan desde el avión comercial; las tres luces que se vieron desde el aeropuerto de Manises; y las luces lejanas que vio el piloto de combate. Que estos eventos sucedieran uno después de otro no implica que estén relacionados causalmente entre sí, sobre todo cuando la única característica común entre ellos es que eran luces en el cielo; ni coinciden en color ni en número.

Además, nos encontramos con que el primer evento condiciona los otros dos: si un avión se ve obligado a aterrizar por culpa de unas luces que se le vienen encima, es obvio que los trabajadores del aeropuerto salgan al exterior a buscarlas al no verlas en el radar. Y, por supuesto, cuando buscas con ahínco luces en el cielo siempre las encuentras: a las dos menos cuarto de la madrugada el capitán de guardia de la Base Aérea de Manises llamó por teléfono al jefe de servicio del Cuartel General del Aire para decirle que el mayor de los objetos luminosos que habían observado “sigue el movimiento de las  estrellas y ahora sospecha que sea un planeta”. Y si se lanza un caza en busca de unas luces, también las encontrará. En este caso la conversación entre el piloto y la torre de control deja claro que el caza nunca estuvo cerca de ellas y por mucho que se acercaba, no les daba alcance. ¿No nos suena a nuestro símil de la Luna? Durante 90 minutos se dirigió sucesivamente hacia las tres luces (que se encontraban en diferentes direcciones) sin poder determinar a qué distancia estaban.

¿Qué se vio en Manises?

Para unos, estamos ante uno de los mejores casos de la historia de naves desconocidas acechando a nuestros aviones; para otros, una noche de confusión con estrellas, planetas y los fuegos de la refinería de Escombreras. La investigación oficial no llegó a ninguna conclusión firme. El informe que el Estado Mayor del Aire elaboró en 1980 decía: "No hubo tres tráficos durante cuatro horas en cielo español, sino la apreciación de unas luces de dudosa identificación". Esto es lo máximo que puede decirse de lo que pasó aquella noche.

Referencias:

Benítez, Juan José (2000). Incidente en Manises, Planeta-De Agostini 

Fernández Peris, Juan Antonio (2000). El expediente Manises: 11 de noviembre de 1979 : el día que un OVNI hizo aterrizar el vuelo TAE JK-297, Fundación Anomalía 

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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