El universo se parece a un fregadero lleno de agua de lavar los platos

¿Cómo se distribuyen las galaxias por el universo? ¿Siguen algún patrón? Y si lo siguen, ¿por qué es así y no de otra forma? Encontrar respuesta a estos interrogantes es uno de los retos de la astrofísica extragaláctica.

 

El Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics está situado en una colina entre castaños y arces, a un cuarto de hora a pie desde Harvard Square. La parte más antigua es un edificio de ladrillos de tres pisos con forma de U en la cima de la colina. Allí se encuentra el vetusto observatorio original, del cual se dice que está embrujado. Algunos afirman haber visto al hijo del padre del observatorio, George Bond, que murió de tisis y neumonía en 1865 después de pasar un invierno en la cúpula, sin calefacción, fotografiando la zona de la constelación de Orión.

En 1981, en el pasillo del nuevo edificio que linda con la pared sur, había un cubo de un metro de lado hecho plexiglás e iluminado con luz negra. Dentro colgaban 2 400 bolitas de médula de saúco pintadas en negro y azul. Era el diorama de dos años de estudio cartografiando nuestro barrio cósmico, "el mayor modelo a escala del mundo ―decía con orgullo uno de sus responsables, Marc Davis―. Un centímetro equivale a 630 000 años-luz". En el centro del cubo una bolita señalaba la posición de la Vía Láctea. A su lado, una nube de esferitas representaba el cúmulo de Virgo y un poco más allá una nube aún mayor simbolizaba el cúmulo de Coma. Un fugaz vistazo a la maqueta nos enseñaba algo muy importante del universo: las galaxias se agrupan de una manera original.

En realidad se ordenan del mismo modo que las motas de polvo se colocan sobre la superficie de las burbujas de un caldero de agua jabonosa: son las burbujas de Hubble ―en inglés Hubble Bubbles, un nombre que suena a chicle―. No lo hacen de forma aleatoria, sino alineadas, como las perlas de un collar roto o una hoja de papel arqueado. En el interior de cada burbuja no hay nada, sólo vacío. En la constelación del Boyero, a 500 millones de años luz de nosotros, existe una de esas monstruosas pérdidas de espacio: un vacío de 300 millones de años-luz donde no se ha encontrado prácticamente ninguna galaxia.

Otro modo de imaginar la distribución de las galaxias en el espacio se la debemos a Richard Gott y sus compañeros de la Universidad de Princeton: el cosmos es una esponja. En ella, la materia está interconectada pues de no ser así no formaría una unidad. Inesperadamente, los vacíos también están interconectados, algo que sólo es posible en un espacio tridimensional. Así es nuestro universo.

Una herejía convertida en realidad

Esta es una visión nueva. Durante la primera mitad del siglo XX pensar de este modo era una herejía pues la astronomía estaba presidida por el dogma de la isotropía del universo a escala galáctica. Cuando en los años veinte el astrónomo sueco Knut Lundmark señaló que las galaxias espirales brillantes parecían "apiñarse en torno a un cinturón perpendicular a la Vía Láctea" nadie le hizo caso. Los que, como él, mencionaban esta curiosa acumulación eran ignorados por el resto de la comunidad astronómica y abandonaban esta línea de investigación.

No era más que una curiosa aglomeración. Treinta años después, un inquieto francés llamado Gérard de Vaucouleurs se encontraba en el observatorio de Mount Stromlo de Australia con el objetivo de revisar una de las biblias de la astronomía, el catálogo de galaxias brillantes Shapley-Ames. Un trabajo tedioso y aburrido, pero esencial. Mientras ponía al día las galaxias del hemisferio sur, de Vaucouleurs descubrió que la nuestra, junto con sus vecinas, estaban situadas en el borde de un sistema mucho mayor que vemos de canto y donde las galaxias parecen formar una larga banda que se extiende por el cielo de norte a sur; la situación de la Vía Láctea en este tapiz recuerda el lugar marginal que el Sol ocupa en ella. Para él estábamos ante un nuevo objeto del universo que llamó la Supergalaxia Local.

Cuando en 1960 se unió al departamento de astronomía de la Universidad de Texas en Austin, su sugerencia "fue recibida con un silencio atronador. Se consideraba pura especulación, incluso una necedad". Tuvo que pasar más de un cuarto de siglo para que su descubrimiento fuera aceptado, cumpliéndose lo que solía decir el filósofo William James sobre los grandes descubrimientos: "Primero... se le ataca por absurdo; luego se admite que es verdad, pero obvio e insignificante; finalmente, acaba por considerarse tan importante que sus adversarios afirman que fueron ellos quienes lo descubrieron". Hoy nadie duda de que el universo se estructura jerárquicamente, como nuestra propia civilización.

Una estructura cósmica jabonosa

La Vía Láctea pertenece a un pequeño cúmulo de nombre poco inspirado, el Grupo Local, que consta de unas 30 galaxias dispersas a lo largo, ancho y alto de una región de 3 a 4 millones de años-luz. Uno de los lados está anclado por la Vía Láctea, rodeada de una bandada de galaxias enanas; la majestuosa Andrómeda ―la única galaxia espiral que puede contemplarse a simple vista y cuyo esplendor puede entreverse en el cielo de otoño― domina el otro extremo. El censo todavía no se ha completado y no es arriesgado suponer que se seguirán descubriendo nuevas galaxias en nuestra vecindad cósmica. Dentro de los estándares de los cúmulos, nuestro Grupo Local no pasa de ser una pequeña ciudad en el campo, un lugar bonito para vivir lejos del bullicio de la gran ciudad.

Entre las verdaderas megalópolis del universo se encuentran los cúmulos de Virgo y de Coma Berenices ―que se pueden comparar a las ciudades de Nueva York o Tokio―. El de Virgo es el más cercano a nuestra pequeña ciudad. Situado a 50 millones de años-luz y con una población del orden de varios millares de galaxias, sus miembros más grandes se pueden ver con un modesto telescopio de aficionado. Por su parte Coma es uno de los más densamente poblados, con un censo de 3 a 5 veces más que el de Virgo e incontables miríadas de galaxias débiles.

Pero no todo acaba aquí. Las ciudades cósmicas no tienen sus lindes bien definidos y se conectan mediante “puentes” de galaxias. Los mapas en tres dimensiones del universo han revelado que el cúmulo de Virgo no es otra cosa que un “chichón” en un larguísimo filamento formado por otros grupos de galaxias que, como las cuentas de un collar, se extiende casi directamente en dirección contraria a nosotros a lo largo de 300 millones de años-luz rumbo a otro cúmulo rico en galaxias, Abell 1367, en la constelación de Leo.

Esos mapas también han revelado cómo son los “dedos de Dios”: filamentos de galaxias parecen señalar hacia nosotros, como los radios de una bicicleta. Incluso hay uno que parece el dibujo con palotes de un ser humano. En el interior del cúmulo de Virgo sus galaxias más brillantes están dispuestas a lo largo de una larga y estrecha línea de un tamaño de 20 millones de años-luz que nos apunta como un dedo, pero con una pequeña desviación de 10 a 15º de nuestra línea de visión. También se ha descubierto otro filamento que señala hacia nosotros: el supercúmulo de Acuario, una hebra de 14 cúmulos ricos en galaxias que se extiende de 1.000 a 1.400 millones de años-luz de nosotros.

Todas estas observaciones de nuestro universo cercano, el que podemos observar en un radio de 500 millones de años-luz, lo muestran con una innegable estructura espumosa. "El universo local se parece a un fregadero lleno de agua de lavar los platos", declaró a la revista Time Margaret Geller, una astrofísica de Harvard. La pregunta que queda para las nuevas generaciones de astrofísicos extragalácticos es ¿hasta dónde llega el orden en el universo?

Referencias:

Croswell, K. (2001) The universe at midnight, The Free Press

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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