El show de la muerte o la muerte como show

La muerte siempre ha provocado una fascinación, una extraña atracción sobre el ser humano, que se ha expresado de muy diferentes formas: dormir en ataúdes, estatuas de cadáveres... hasta películas snuff.

 

En la bienal de 1997 del Whitney Museum de Nueva York se mostraba un vídeo llamado Caja del suicidio. La grabación había sido editada por un grupo de artistas y científicos –el Bureau of Inverse Technology– a partir de imágenes captadas en el Golden Gate de San Francisco. Las cámaras atrapaban todo lo que caía del puente: vertidos, objetos arrojados por los conductores… y suicidas. El espectador, a la vez que los veía caer, era informado detalladamente de la distancia recorrida hasta llegar al agua, la velocidad que alcanzó el cuerpo y por qué algunos los suicidas sobrevivieron a la caída.

La atracción por la muerte ha llevado a situaciones estrambóticas, como un concierto organizado 1897 en unas catacumbas donde se escuchó la Marcha Fúnebre de Chopin o la Danza Macabra de Saint-Saez. Los féretros también tienen sus fanáticos, y no sólo como colgantes o pendientes, sino como sustituto de la cama. Dos ejemplos famosos son Bela Lugosi (según algunos, el mejor Drácula de la historia del cine) o la actriz Sarah Bernhardt, la cual también lo usaba para guardar las cartas de sus admiradores. Los clavos de los ataúdes son muy buscados por brujos y hechiceros: de hecho, forman parte del ritual para mantener un tête-a-tête con el Diablo.

Muchos antropólogos hablan de la Era de la Muerte Escondida para referirse a lo que ha ocurrido en Occidente en el siglo pasado. La muerte, que en otras épocas y otras sociedades era parte visible de la vida, se ha convertido en un tabú: hemos alejado los cementerios y resulta extremadamente raro ver a alguien pasear por ellos. Además, el manejo de los cadáveres ha dejado de ser una tarea comunitaria y ha pasado a manos de especialistas: los tanatorios han sustituido a la familia. Aún más: hasta hace poco tiempo la muerte estaba tan bien escondida que, de hecho, pocas personas habían visto un cadáver alguna vez.

Réplica del ataúd de Abraham Lincoln
Réplica del ataúd de Abraham Lincoln

De tabú a objeto de deseo

Entonces, enfrentados a un tabú, éste se convierte en objeto de deseo y de fascinación. Y si dejamos entrar en el juego a los medios de comunicación, siempre a la caza de imágenes impactantes, el resultado es obvio. En cuanto algo deja de ser tema abierto de conversación se convierte en material posible para la búsqueda de público. Este fenómeno ha rentabilizado la explotación del tabú. Un ejemplo: en 2004 la cadena británica Channel Four buscaba voluntarios para su programa de invierno Dust to dust: el requisito era morirse y poder colocar una cámara dentro de la sepultura para seguir en directo el proceso de descomposición. Al mismo tiempo, el Doctor Muerte Gunther von Hagens –inventor de la “plastinación”, que sustituye el agua del cuerpo humano por una solución plástica que endure los tejidos, consiguiendo estatuas de cadáveres– realizaría una autopsia en directo para todos los telespectadores y los aficionados más vocacionales podrían asistir al espectáculo en vivo –aunque parezca contradictorio–. En el cine, películas como Henry, retrato de un asesino iniciaron lo que se ha dado en llamar la “estética del cadáver”.

En los últimos tiempos la muerte ha dejado de ser algo escondido para convertirse en un espectáculo. Ése es el precio que paga una sociedad por crear un tabú: lo que podría ser un proceso natural, parte de la vida, se convierte en algo que despierta morbo y desasosiego. De ahí a la asunción de una componente sobrenatural en nuestras vidas sólo hay un paso.

Fascinación por la muerte y asesinato

En 1968 el director Roman Polanski vivió una experiencia terrible: el asesinato de su mujer, Sharon Tate, víctima de un crimen ritual en el que también perecieron cuatro amigos de la pareja. Los elementos de este crimen incluyen dos de los tópicos más clásicos que usan los medios de comunicación actuales. Por una parte, la existencia de objetos malditos que no se deberían tocar. Roman Polanski acababa de rodar La semilla del diablo en el edificio Dakota de Nueva York. Según la leyenda, un mago negro había sido asesinado por los vecinos de ese edificio y, desde entonces, pesaba una maldición sobre cualquiera que estuviera allí mucho tiempo.

El gurú que comandaba a los criminales, Charles Manson, contó a la policía que había ordenado los asesinatos porque se lo habían pedido los Beatles. Según él, el Disco blanco de los chicos de Liverpool contenía mensajes subliminales que llamaban a la revolución y al asesinato indiscriminado.

Lo siniestro de este asunto es que todo lo anterior no existe más que en las mentes de aquellos que creen en ello. Por una parte, la fama maldita del edificio Dakota se basa en un hecho que nunca ocurrió. El asesinato del mago negro es una clásica leyenda urbana que se cuenta de muchos lugares. Por otra parte, el disco blanco de los Beatles no contiene ningún mensaje subliminal. El poder de la indemostrada percepción subliminal forma parte del mito paranormal: mediante ella se cree que se puede controlar la conducta de una persona hasta obligarla a cometer un crimen, incluso en contra de su voluntad. Pero lo que nos interesa de esta historia es que dos fantasmas mentales, dos ideas que no tienen ninguna sustancia objetiva, acaban produciendo hechos terribles. Es algo que ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia.

"El jardín de la muerte" de Hugo Simberg
"El jardín de la muerte" de Hugo Simberg

Películas snuff

Como truculenta spin off de ese crimen se encuentran las llamadas películas snuff, un término introducido como eufemismo de asesinato en 1971 por el escritor Ed Sanders en un libro sobre los crímenes de la familia Manson. Aunque algunos asesinos graban sus propios crímenes, esto no se considera snuff pues la motivación no es el negocio sino su propio placer. Ejemplo de lo que serían lo tenemos en las películas Tesis (1996) y Asesinato en 8 mm (1999).

Consideradas una leyenda urbana, la existencia de películas que se recrean en la tortura y muerte de un ser humano tuvo su punto álgido a mediados de los 80 cuando el actor Charlie Sheen denunció al FBI haber visto en una fiesta una película japonesa donde alguien vestido de samurai drogaba y descuartizaba a una chica. La película resultó ser la segunda de la serie llamada Gineapigs films (del japonés Za Ginipiggu) que recrea con absoluto detalle y realismo lo que sería una snuff. La serie volvió a saltar a la fama en 1989 al ser “fuente de inspiración” de Tsutomu Miyazaki, el asesino de cuatro niñas entre 4 y 7 años, a las que torturó, asesinó, violó y comió, por este orden. Diagnosticado con una esquizofrenia extrema y múltiple personalidad, era un amanerado, callado y obediente empleado que escogía sus víctimas al azar. El asesino Otaku –que significa extremadamente obsesionado por algo, en este caso películas gore y anime pornográfico–, aterrorizaba a las familias de sus víctimas enviándole cartas donde detallaba lo que había hecho a sus hijas.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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