El polvo que llegó del cielo

Una de las actividades caseras más engorrosas -además de fregar y planchar- es limpiar el polvo. Por mucho que nos esmeremos, al día siguiente todo va a estar otra vez cubierto por él. Y esa es una pequeña parte del polvo que nos rodea.

El 24 de febrero las islas Canarias estuvieron prácticamente aisladas del mundo exterior debido al temporal de viento y calima que asoló el archipiélago: rachas de 160 km/h y una cantidad de polvo en suspensión que impedía ver más allá de 1 000 metros. Ante semejante panorama las autoridades tomaron una decisión sin precedentes: cerrar todos los aeropuertos canarios. Es una de las consecuencias más dramáticas de vivir en un mundo cubierto de polvo.

Gran parte proviene de lugares tan alejados como el desierto del Gobi, el Sahara o Mojave: entre 1 000 y 3 000 millones de toneladas de desierto suben a la atmósfera cada año. Pero esta no es la única fuente del polvo que limpiamos en nuestras casas. Los océanos aportan de 3 a 5 mil millones de motitas de sal, los árboles y las plantas exhalan miles de millones de toneladas de compuestos orgánicos y una tercera parte condensa en diminutas esferitas; plancton, volcanes y pantanos liberan de 20 a 30 millones de toneladas de compuestos azufrosos y cerca de la mitad se convierten en pequeñas partículas; los incendios de bosques liberan unos 6 millones de toneladas de hollín y los glaciares del mundo van moliendo lentamente las montañas liberando partículas minúsculas en una cantidad que nadie conoce. ¿Cuánto polvo vivo -esporas, diatomeas, bacterias, virus, polen, fibras de hojas en descomposición, ojos de moscas y patas de araña, escamas de las alas de mariposas, escamas de piel de los miles de millones de animales que habitan el planeta... llegan a la atmósfera? Y no hablemos de los varios cientos de millones de toneladas que nuestra civilización libera en forma de óxidos de nitrógeno o compuestos de azufre que tienen una nada disimulada tendencia a formar diminutas partículas en el cielo.

El polvo de nuestras casas viene de los desiertos, océanos, bosques, pantanos, glaciares...

Todo eso y mucho más compone el polvo que se dispersa por todo el planeta en un viaje de pocas semanas gracias a a las incesantes brisas que soplan a una velocidad entre 8 y 15 kilómetros por hora. La mayoría asciende hasta una altitud de 8 a 10 kilómetros de altura y recorrerán quizá la mitad del globo antes de caer tras varias semanas de viaje. Y es que a esa altura se encuentra una intensa corriente de aire que empezó a ser tenida en cuenta cuando los pilotos aliados durante la II Guerra Mundial notificaron la existencia de vientos de cola de más de 160 km/h en sus vuelos de EE UU a Gran Bretaña. Esta “corriente de chorro” es la responsable de que en la actualidad haya una diferencia de media hora o más entre la ida y la vuelta en vuelos intercontinentales.

Pero no todo el polvo que limpiamos de nuestros muebles tiene su origen en nuestro planeta. Unas cien toneladas de polvo extraterrestre cae a la Tierra cada día; son micrometeoritos y partículas cometarias que no se desintegran al entrar en la atmósfera. Lo interesante es que cualquiera de nosotros puede recogerlas: solo tenemos que dejar al aire libre un día de lluvia un cubo limpio. Cuando salga el Sol se cubre con un plástico y se deja evaporar el agua. Al final en el fondo del cubo quedará un fino polvillo, arrastrado por la lluvia. Parte será arena de desierto, pero si acercamos un imán algunas de esas partículas se pegarán a él. Un buen número de ellas serán micrometeoritos, que flotaban en el aire hasta que una gota los arrastró al suelo...

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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