El lado más horrendo del ser humano

Las ciencias sociales han mostrado con una serie de experimentos el lado más horrendo, primitivo y enfermizo de la naturaleza humana.

A principios de la década de 1970, el psicólogo de la Universidad de Stanford (California) Philip Zimbardo ideó un experimento de tipo carcelario: dividió a 21 jóvenes en dos grupos: carceleros y presidiarios. Para ayudar a los universitarios a introducirse en su papel, les organizó una completa parafernalia: los presos fueron detenidos en sus casas por la policía local, convenientemente cacheados y llevados a la “cárcel” esposados. Para borrar cualquier rastro de individualidad se les proporcionó uniformes con un número cosido –su “nombre” en la cárcel– y se les obligó a llevar gorros de nailon que ocultaran su pelo. Los guardianes vestían de caqui, llevaban gafas de espejo, porras, silbatos, esposas y las llaves de las celdas. Se les aleccionó para mantener el orden y la disciplina, pero sin utilizar la violencia. Entonces ambos grupos empezaron a interpretar lo que acabaría siendo el papel más famoso de sus vidas.

A los dos días la rebelión se desató. Los prisioneros hicieron trizas sus vestimentas y sus números de identificación, gritaron e insultaron a los guardianes, levantaron barricadas y se encerraron en las celdas. Los guardianes aplacaron la rebelión con violencia, haciendo uso de los extintores de incendio. transformando los derechos de los prisioneros en privilegios y enfrentando a unos prisioneros contra los otros. Poco tiempo después, uno de los reclusos tuvo que ser muy pronto devuelto a su casa porque mostraba síntomas de una grave perturbación emocional.

Al tercer día se extendió por la prisión el rumor de un plan de evasión masiva, que, aún siendo falso, fue reprimido por los carceleros. Al cuarto día tres presos más tuvieron que ser puestos en libertad: sufrían ataques de llanto incontrolado, cólera, angustia y depresiones. Los guardianes insultaban duramente a los presos, les despertaban para obligarles a repetir sin pausa su número de prisionero, cantar una canción, reír, humillarse o limpiar el váter con las manos; se sentían muy bien utilizando su poder de forma sádica.

Por su parte, la resistencia de los prisioneros se fue apagando hasta desaparecer por completo. Al sexto día, cuando ya los guardianes se paseaban con gesto chulesco blandiendo la porra en medio de los reclusos que caminaban con aire sumiso, el experimento se suspendió. Zimbardo escribió: “En menos de una semana los valores humanos quedaron abolidos y salió a la superficie el lado más horrendo, primitivo y enfermizo de la naturaleza humana”. 

El experimento de obediencia debida

Stanley Milgram, de la universidad de Yale y mentor de Zimbardo, realizó en julio de 1961 uno de los experimentos más inquietantes de la historia de la psicología.

En él, se le pedía a un voluntario, que creía venir a una investigación sobre memoria, que atara a una persona a una silla electrificada y le pusiera un electrodo en la muñeca. Después, el voluntario pasaba a una habitación contigua donde había un generador eléctrico. Cada vez que la persona atada a la silla se equivocaba, el voluntario debía administrar una descarga. Los primeros fallos se sancionaban con shocks ligeros (15-60 V) que iban subiendo. El penúltimo paso, entre 375 y 420 V, aparecía el rótulo “Peligro” y en el último nivel aparecía un lacónico “XXX” (435-450 V). Los gritos de dolor y angustia aumentaban de intensidad con las descargas. El protocolo estipulaba que si el voluntario vacilaba en seguir el experimento al llegar a 315 V, el psicólogo debía advertirle seriamente 4 veces consecutivas de que no cuestionara el experimento y actuara según se le decía. El resultado final fue aterrador: de 40 participantes, ninguno se negó a descargar un shock de menos de 300 V, cinco abandonaron el experimento en este punto, nueve lo hicieron entre los 315 y 375 V ¡y 26 llegaron a castigar con 450 V! Repetido el experimento en otros países, los resultados fueron idénticos: en Alemania, por ejemplo, el 85% accionó la palanca XXX.

Dicho de otro modo: la mayoría de los voluntarios llegó a un nivel en el que lo más sensato era pensar que habían matado a la persona de la habitación contigua sólo porque alguien con bata blanca les había dicho que lo hiciera. Y todo a pesar de enfrentarse a serios conflictos internos. Así, en 20 minutos un hombre de negocios maduro, sereno y seguro de sí mismo se transformó “en una piltrafa temblorosa y balbuceante al borde de un ataque de nervios”. En un momento golpeó con el puño la palma de la otra mano y murmuró: “¡Oh, Dios mío, haz que esto acabe!”. Sin embargo, escuchó cada palabra del experimentador y siguió hasta el final.

Las conclusiones del experimento son difíciles de ignorar. Parece que la obediencia a la autoridad puede llevar a cualquier persona demasiado lejos. Pero hay un último consuelo: si alguien se rebela, podemos ser capaces de salir de la situación. En una última variación, se colocó a dos observadores al lado del experimentador. Si estos abandonaban indignados el laboratorio, el 90% de los voluntarios reales los seguían y desobedecían al experimentador. 

Claro que otros experimentos han puesto de manifiesto que por regla general somos pésimos samaritanos y buscamos chivos expiatorios para dar cuenta de nuestras desgracias...

El mal samaritano

El 13 de mayo de 1964, a las tres de la madrugada, una joven llamada Kitty Genovese regresaba a su casa en Nueva York. Cuando caminaba desde el coche la portal de su casa fue brutalmente agredida durante más de media hora por un hombre que la acuchilló hasta matarla. Al menos 38 vecinos presenciaron el asesinato desde sus ventanas, pero ninguno llamó a la policía. La respuesta obvia que dieron los medios de comunicación, nadie en las grandes ciudades ayuda a su prójimo, no se justifica: ¿acaso no se ayuda a los turistas? ¿Ni cuando una anciana tropieza y cae? ¿O si una cajera de un supermercado se desmaya ante sus ojos? Lo que psicólogos como Darley y Latané han encontrado es que la probabilidad de ayudar al prójimo depende del número de testigos. Si lo sujetos piensan que son los únicos testigos de la emergencia, la probabilidad de ayuda es del 85% y reaccionan en un promedio de 52 segundos. A medida que aumenta el número de testigos disminuye la frecuencia de ayuda y aumenta el tiempo de respuesta. Cuando el sujeto cree que hay otros dos testigos, ayudará el 31% de las veces y tardará 100 segundos en hacerlo.

El tamaño de la comunidad también influye a la hora de ayudar a los demás. Por ejemplo ante un hombre que llevaba una pierna envuelta en vendas y empapada de sangre que se desmayaba ante los ojos de los transeúntes. En poblaciones de menos de 1 000 habitantes prestaron ayuda alrededor del 42% de la gente, cantidad que descendió hasta un 17% en poblaciones de varios millones de habitantes. Lo llamativo no es éste último dato, sino que en poblaciones muy pequeñas, sólo 40 de cada 100 estén dispuestas a echar una mano a un desconocido.

Referencias:

Milgram, S. (1974) Obedience to Authority; An Experimental View, Harpercollins 

Zimbardo, P. (2008) El efecto lucifer, Paidós

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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