El joven Darwin: así se embarcó en el viaje que cambiaría la biología

Un joven Darwin que no deseaba convertirse en clérigo o médico como quería su padre, decidió embarcarse como naturalista en un viaje de cinco años alrededor del mundo. Pero su padre no le dejaba.

 

Uno de los libros más importantes y polémicos jamás escritos apareció hace más de 150 años. La primera edición constó de 1 250 ejemplares a 15 chelines cada uno y se agotó al día siguiente. El libro desató una fuerte polémica y fue objeto de duros ataques e insultos hacia su autor. No se trataba de ningún libro sobre política, filosofía o religión a pesar de que ha tenido una influencia fundamental sobre todas ellas. Era un libro de ciencia; más concretamente sobre biología. Su título completo, Sobre el origen de las especies a través de la selección natural, o la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida. Su autor, un naturalista inglés nacido en 1809 que iba para médico pero que se licenció en teología por Cambridge: Charles Darwin.

Este naturalista sin ninguna titulación en ciencias revolucionó el mundo de la ciencia de manera mucho más profunda que Copérnico o Galileo. Los secretos del oficio los aprendió de la mano de dos grandes de su época: el botánico John Stevens Henslow y el geólogo Adam Sedgwick. Era lo que su tío Joshiah llamaba “un hombre con un curiosidad sin límites”. Nadie que lo conociera de sus tiempos de escuela hubiera podido imaginarlo convertido en el refundador de la biología. Según las propias palabras de Darwin en su Autobiografía, “cuando salí de la escuela, no era ni muy brillante ni muy torpe para mi edad; creo que mis maestros y mi padre me consideraban un muchacho normal, quizá por debajo del nivel intelectual medio”.

Darwin en la universidad

Buscando continuar la tradición familiar, su padre Robert le envió a estudiar medicina a Edimburgo en el otoño de 1825, cuando Charles contaba con 16 años de edad. Sin embargo, no estaba por la labor de suceder a su padre en la profesión, que tenía por entonces 61 años. Charles llevaba dos años en Edimburgo dedicándose a menesteres tan poco médicos como la zoología, la geología o la taxidermia, cuando su padre se enteró de que no quería ser médico… por boca de sus hermanas. Y mientras Charles se esforzaba en no pasar las vacaciones en casa, recorriendo con su tío Josiah Escocia, Irlanda, Londres y París, su padre decidió que debía hacerse clérigo. Y nada mejor que Cambridge para ello.

“Durante los tres años que pasé en Cambridge, desde el punto de vista de mis estudios académicos, perdí el tiempo tan lamentablemente como en Edimburgo y en la escuela”, escribiría el propio Darwin al final de sus días. “Sé que debería sentirme avergonzado de los día y tardes pasados de aquella manera”, escribió reconociendo su fracaso… y su pasión por la caza. Al final, con buenas calificaciones en geometría y en los clásicos, obtuvo el título.

En la primavera de 1831 Darwin abandonó Cambridge y las tardes de botánica, entomología, química, mineralogía y zoología con Henslow (sus compañeros de estudios en la universidad lo conocían como “el hombre que pasea con Henslow”) y ese verano su amigo y mentor le informó del puesto de naturalista en el Beagle. Charles estaba en cierta forma predispuesto pues acababa de leer su Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, que le había despertado su interés por viajar a Tenerife, hasta el punto que se dedicó a buscar barcos que le llevaran hasta allí y empezó a estudiar español.

Un capitán busca un naturalista

El momento decisivo en la vida de Darwin llegó el 24 de agosto de 1831, cuando Henslow le informó de la oferta del capitán del HMS Beagle de “ceder parte de su propio camarote a un joven que se ofrezca como voluntario para acompañarle, sin retribución alguna, como naturalista, durante el viaje del Beagle”. El empleo consistía en recoger, observar y anotar todo lo posible sobre los animales y plantas que se encontraran durante su periplo. En realidad el verdadero motivo era proveer a Fitzroy de alguien que no fuera un subalterno con quien poder hablar. A causa de la férrea disciplina de la marina inglesa, a quien detentaba el mando de un barco de Su Graciosa Majestad siempre le acompañaba una profunda y, en ocasiones, insoportable sensación de soledad. Los suicidios no era moneda extraña entre los capitanes.

La mayor desventaja de un barco de vela como el Beagle era la reducida tripulación que debía convivir en estrecho contacto durante mucho tiempo, a lo que había que añadir su capitán, un rudo marino descendiente ilegítimo de Carlos II, con un carácter insoportable, sobre todo en las primeras horas de la mañana, y propenso a las depresiones llamado Robert Fitzroy. Ascendió en el escalafón durante una misión de reconocimiento por Sudamérica en 1828. El capitán Pringle Stokes se suicidó cuando todavía se encontraban en Tierra del Fuego y la Oficina del Almirantazgo en la ciudad de Río de Janeiro decidió poner al joven teniente, de 23 años, al mando de la nave.

El viaje que cambiaría la biología

El segundo viaje del Beagle al mando de Fitzroy tenía como misión inicial medir “con exactitud la longitud de numerosas islas oceánicas y continentes” en Sudamérica, pero al final se amplió hasta convertirse en un viaje de cinco años alrededor del mundo. FitzRoy pagó de su bolsillo casi todas las reparaciones y mejoras que necesitaba este barco de 30 metros de eslora.

Darwin estaba entusiasmado con la oferta y pidió permiso a su padre, pero él se negó. Solo gracias a la intercesión de su tío materno Josiah Wedgwood, que viajó para defender personalmente a Charles, pudo embarcar el 27 de diciembre. Durante 5 años vivió alejado de la civilización, salvo por las pocas cartas que le llegaron de casa, influido únicamente por las cosas que vio y sus compañeros del barco. Científicamente, estuvo totalmente solo: “los principales objetivos son estos -escribió mientras esperaba el día de la salida en Devonport-: coleccionar, observar y leer todo lo que pueda, relacionado con cualquiera de las ramas de la historia natural. Observaciones meteorológicas, francés y español, matemáticas, un poco de los clásicos, quizá solo el Testamento griego los domingos”. Extraños compañeros de viaje, sin duda. Dos de los libros que llevó consigo a un viaje donde su parte del camarote no dejaba sitio para mucho fuero el Viaje de Humboldt y El paraíso perdido de Milton.

Referencias:

Darwin, C. (2019), Autobiografía, Nórdica Libros

Van Wyhe , J. (2018), Darwin, Anaya

Milner, R. (1990) The Encyclopedia of Evolution: Humanity's Search for Its Origins, ‎Facts on File

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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