El hombre que se pinchó el dedo y olió a podrido durante años

Un hombre que se ganaba la vida limpiando pollos se pinchó en el dedo con un hueso. A los pocos días empezó a desprender tan mal olor que nadie podía estar en la misma habitación que él.

 

En septiembre de 1991 un hombre de 29 años que se ganaba la vida limpiando pollos se pinchó en el dedo con un hueso. Un hecho que realmente no debía ir más allá de un poco de sangre y que con una buena limpieza y desinfección debía acabar curándose en días.

Sin embargo, la cosa fue a peor: primero se puso rojizo, lo que hacía presagiar una infección, y luego comenzó a desprender mal olor. Seguramente le preocupaba que le tuvieran que amputar el dedo -y si se retrasaba más podría acabar sin mano- así que decidió acudir al hospital Royal Gwent de Newport, en Gales. Allí le atendieron los médicos que le administraron un antibiótico, flucoxacilin.

Pasaron los días y el olor no se iba. De vuelta al hospital, los médicos probaron con otro antibiótico, la ciprofloxacina. Nada. La cosa ya se iba complicando y el pobre hombre lo estaba pasando realmente mal. El olor a podrido se podía sentir claramente en la habitación en la que se encontraba.

Un equipo de cuatro médicos, Caroline Mills, Meirion Llewelyn, David Kelly y Peter Holt, enfocó su trabajo en dos cosas: primero, entender por qué estaba pasando; y segundo y más importante, resolver el oloroso problema, que ya afectaba a la vida social y familiar del pobre hombre.

Siguieron administrándole antibióticos con la esperanza de que alguno funcionara: empezaron con la eritromicina, un antibiótico que se usa para tratar ciertas infecciones bacterianas suponiendo, con buen criterio, que ese olor era indicativo de que algo de culpa deberían tener (de hecho, el olor a sudor es producido por las bacterias que viven en nuestra piel). Como no parecía mejorar, se pasaron al metronidazole, que se usa para el tratamiento de enfermedades dermatológicas, como el acné rosácea. Más de lo mismo.

¿Y si tuviera algo alojado dentro de la mano y no lo habían visto? Decidieron hacerle una pequeña exploración quirúrgica: no encontraron ningún cuerpo extraño, ni pus, ni daño en los tejidos. Era una mano totalmente normal. Eso no tenía sentido.

Tomaron una muestra de la piel para hacerle una biopsia, y su cultivo reveló la existencia de un microorganismo similar al Clostridium novyi tipo B, una bacteria de gran tamaño que se halla presente en la tierra y en el intestino de todos los cerdos. Es bien conocida en veterinaria y se sabe que entra en el cuerpo de los animales a través de heridas en la piel. Produce una serie de toxinas que producen un gas que mata rápidamente al huésped. De hecho, el curso de la enfermedad es tan corto en los animales que a menudo el único síntoma externo que tiene es la muerte. El porqué estaba afectando de esta manera a un ser humano era algo que se les escapaba.

Tomaron muestras de varios sitios a lo largo de su brazo y hasta de su pecho, que arrojaron el mismo resultado, además de descubrir otras dos especies de clostridios: C. cochlearium (el pariente más cercano al C. Tetani, responsable del tétanos) y C. malenominatum. Los médicos le aplicaron ciclos prolongados de terapia con antibióticos y también le trataron con oxígeno hiperbárico en el hospital de la fuera aérea británica en Wroughton durante dos meses. Esta terapia consiste en hacer respirar al paciente oxígeno puro a través de un tubo presurizado. Habitualmente se usa para tratar los problema derivados de la descompresión en los buceadores, pero también se usa en el caso de infecciones graves. Un análisis de sangre exhaustivo reveló algo sorprendente: no estaba inmunodeprimido, esto es, el paciente estaba sano, aunque sí presentaba anticuerpos contra el C. novyi tipo B. Por otro lado, los estudios de sus heces no revelaron la presencia de ningún clostridio en su sistema digestivo.

Los médicos lo intentaron todo para ver si podían mejorar su calidad de vida, pues el olor era realmente asqueroso: más antibióticos, isotretinoína (que se usa para el acné), tratamiento con luz ultravioleta con psoraleno (indicado para a psoriasis), colpermina, probanteno, clorofila... De vez en cuando le daban una tregua con los antibióticos para que la flora bacteriana propia del paciente volviera a sus niveles normales. Nada funcionó. Después de cinco años de tratamiento el dedo de este pobre hombre seguía oliendo a podrido. Desesperados, los médicos galeses publicaron en 1996 un artículo en la revista médica The Lancet pidiendo ayuda: “Aunque la apariencia clínica mejoró, la consecuencia más incapacitante de la infección era un olor pútrido que emanaba del brazo afectado, que podía detectarse a través de una habitación grande y cuando estaba confinado en una sala de exploración más pequeña se volvía casi intolerable”.

Este artículo mereció que le concedieran el Ig Nobel de Medicina de 1998 (unos premios que reconocen a aquellas investigaciones que “primero hacen reír a la gente y luego la hacen pensar”). Durante la ceremonia de entrega del premio pudimos enterarnos cómo terminó todo: “Pese a que recibimos una enorme cantidad de cartas, nadie había visto nunca nada igual, así que ninguna sugerencia surtió efecto. Sin embargo, nuestra historia tiene un final feliz. Nuestro paciente ya no huele a podrido”.

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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