El hombre de Kennewick o la historia más absurda de la paleontología moderna

El descubrimiento en Estados Unidos de los restos de un hombre que vivió hace 9 400 años se acabó convirtiendo en una de las historias más polémicas de la historia de la paleontología.

Todo comenzó en el 28 de julio de 1996, cuando dos hombres estaban viendo una carrera en las aguas del Río Columbia, en Kennewick. Allí, junto a la orilla, descubrieron un cráneo humano. Dieron parte a la policía que consiguió rescatar del fango del río prácticamente el esqueleto completo. Al principio se pensó que se trataban de los restos de un hombre asesinado –hasta 380 huesos y fragmentos-, pero los análisis forenses certificaron que se trataba de alguien mucho más antiguo. Tanto como 9 400 años, lo que lo convirtió en el esqueleto más antiguo y completo encontrado en Norteamérica.

¿De quién son los huesos?

La tormenta estalló cuando el Cuerpo de Ingenieros del Ejército, que administraba el terreno donde se habían encontrado los huesos, se enteró de la datación de radiocarbono. Inmediatamente hizo valer su autoridad y exigió que cesaran todos los estudios científicos. Al mismo tiempo, una coalición de tribus de la cuenca del río Columbia reclamó los restos en virtud de una ley de 1990 conocida como Ley de protección y repatriación de tumbas de nativos americanos (NAGPRA). Las tribus exigieron que les entregaran los huesos para volver a enterrarlos. “Los científicos han desenterrado y estudiado a los nativos americanos durante décadas”, escribió Armand Minthorn, el líder religioso de la tribu Umatilla, en 1996. “Consideramos esta práctica como una profanación del cuerpo y una violación de nuestras creencias religiosas más arraigadas”.

¿Qué razón esgrimían para afirmar que era suyo? Porque “lo sentimos en lo más profundo de su corazón”. Los Umatilla argumentaron que eran los restos de un antepasado tribal directo pues su historia oral se remonta a 10 000 años atrás y su pueblo ha estado presente en su territorio histórico desde el principio de los tiempos: “no creemos que nuestra gente haya emigrado aquí desde otro continente, como creen los científicos”. La coalición anunció que tan pronto como el cuerpo les entregara el esqueleto, lo enterrarían en un lugar secreto para que nunca estuviera disponible para la ciencia. El Cuerpo de Ingenieros dejó en claro que los nativos americanos recibirían los huesos. Pero ahí no acabó todo.

La Asamblea Popular Asatru, una secta religiosa que adora a los dioses escandinavos Thor y Odín, interpuso una reclamación legal aduciendo que el hombre de Kennewick era, en realidad, un vikingo (se piensa que los vikingos viajaron cinco, o quizá más veces, a Norteamérica a lo largo del año 1000). Así que pidieron permiso para realizar una ceremonia vikinga sobre sus restos. Y lo consiguieron, lo que escandalizó a la comunidad Yakama porque, tras el rito vikingo, temían que su espíritu no pudiera encontrar su cuerpo.

Peleas legales

Las tribus tenían buenas razones para no querer que los científicos se acercasen a ‘sus’ huesos. Durante el siglo XIX los antropólogos saquearon las tumbas de los nativos americanos; desenterraron cadáveres e incluso decapitaron a indios muertos que yacían en el campo de batalla y enviar las cabezas a Washington para estudiarlas. 

Pero los científicos no se iban a quedar de brazos cruzados. El antropólogo forense Douglas Owsley reunió a un grupo de destacados antropólogos y arqueólogos de importantes universidades y museos, pero ninguna de sus instituciones quería tener nada que ver con la demanda: tendrían que litigar como ciudadanos particulares. Cuando se supo que habían demandado al gobierno, las críticas llovieron sobre ellos, incluso de sus propios colegas. El director de la Society for American Archaeology trató que retiraran la demanda. Pero la mayor amenaza vino del propio Departamento de Justicia: les advirtieron que podrían estar en “conflicto de intereses que prohíben a los empleados de los Estados Unidos” presentar demandas contra el gobierno. 

Finalmente, el 4 de febrero de 2004, ocho años más tarde, el Tribunal de Apelaciones rechazó la presentada por el Cuerpo de Ingenieros del Ejército de los Estados Unidos junto con los Umatilla, Colville, Yakama, Nez Perce y otras tribus, debido a que no habían sido capaces de probar que existía algún tipo de relación de parentesco entre los nativos y los restos. Además, el juez determinó que el gobierno había actuado de mala fe y ordenó pagar las costas, valoradas en más de dos millones de dólares. 

Con todo, el problema científico era de órdago. La diversidad biológica que existe entre los cráneos antiguos de los nativos americanos complicó los intentos de establecer cuán estrechamente relacionado estaba el hombre de Kennewick con las tribus nativas modernas. Para complicar más las cosas, los cráneos con más de 8 000 años poseen una mayor diversidad física que entre los nativos americanos modernos. El porqué de esta diversidad aún no se conoce. 

Un primer examen

En 2005 un equipo de científicos dirigido por Douglas Owsley pudo examinar los restos durante 10 días. El examen reveló que el hombre de Kennewick tenía artritis en el codo derecho, ambas rodillas y varias vértebras, pero no lo suficientemente grave como para quedar incapacitado. También se descubrió había sufrido algún accidente traumático y participado en una pelea, evidente por una costilla fracturada que había sanado, una fractura en la frente y una hendidura similar en el lado izquierdo de la cabeza, y un lanzazo. Los investigadores determinaron que murió con 38 años. 

Gracias a la acumulación de carbonato de calcio que quedó cuando el agua subterránea entró en la tumba se pudo inferir que estaba acostado boca arriba con los pies ligeramente girados hacia afuera y los brazos a los lados con las palmas de las manos hacia abajo. Una postura que, obviamente, no es casual: el hombre de Kennewick fue enterrado por sus parientes y amigos.

Las mediciones de las proporciones de isótopos de carbono, nitrógeno y oxígeno en el colágeno óseo indicaron que en los últimos 20 años de su vida siguió una dieta compuesta casi exclusivamente de mamíferos marinos, y que el agua que bebió era agua de deshielo glacial. Eso era un detalle importante: en aquella época la única región donde podía haberse encontrado agua de deshielo era Alaska.

De las medidas craneofaciales los investigadores dedujeron que eran parecidas a las de los Ainu, descendientes de los aborígenes Jōmon de Japón. ¿Compartieron ancestros el pueblo Jōmon y el hombre de Kennewick? ¿O con otros pueblos marineros de la costa de Asia con características craneofaciales similares?

Análisis de ADN

Al final se pudo realizar un análisis de ADN de los restos para poder trazar su origen. En junio de 2015 se hicieron públicos los resultado: estaba más estrechamente relacionado con los nativos americanos modernos que con cualquier otra población viva. El perfil genético del hombre de Kennewick era particularmente cercano al de los miembros de las tribus confederadas de la reserva de Colville. De las cinco tribus que originalmente reclamaron al Hombre de Kennewick como antepasado, sus miembros fueron los únicos que donaron muestras de ADN para su evaluación. La falta de genomas de las poblaciones aborígenes de América del Norte ha hecho imposible determinar si son ellos los parientes vivos más cercanos entre las tribus nativas americanas regionales. 

Referencias: 

Thomas, D. H. (2000) Skull Wars: Kennewick Man, Archaeology, and the Battle for Native American Identity, Basic Books

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

Continúa leyendo