El Gran Debate o cuando se decidió lo que era la Vía Láctea

El próximo verano, si conduces en una noche clara o te encuentras fuera de las luces de la ciudad, detente un momento y mira hacia arriba: verás una nube lechosa que cruza de lado a lado la bóveda celeste: es la Vía Láctea o el Camino de Santiago y nos ha costado dos milenios saber lo que era.

Para la tribu de los K’ung, que viven a la sombra del Kilimajaro, esa banda lechosa que cruza el cielo estival no es otra cosa que la espina dorsal de la noche, que sujeta el cielo e impide lo único que temen los galos de Astérix: que caiga sobre ellos trozos de cielo. Para los griegos su origen está en una de las muchas infidelidades de Zeus. El fruto de su última infidelidad fue un niño llamado Heracles. Zeus, que para eso era el jefe de los dioses, encargó a su mujer, Era, que lo amamantara, demostrando que los dioses también son unos caraduras de cuidado. Heracles también demostró que era hijo de su padre mordiendo el pecho de Era y derramando la leche por el cielo. Así se formó lo que los romanos llamaron Vía Láctea.

Para los aborígenes australianos es el humo del fuego de campamento que Dios encendió para calentarse por la noche tras el esfuerzo que supuso crear el mundo. Para los nativos americanos la Vía Láctea es el camino que los guerreros más bravos recorren tras morir hacia los fuegos de campamentos que son las estrellas.

Un historia china de estrellas

La historia más romántica viene de China. Cuenta la leyenda que la estrella Vega, una de las más brillantes del cielo de verano, era en realidad una princesa que tejía hermosos vestidos para el dios Sol, su padre. Altair, otra de las rutilantes estrellas del cielo estival, era el pastor del rebaño imperial. Como no podía ser de otra forma, se enamoraron. Y claro, el amor es el amor y ambos dejaron de atender sus obligaciones: Vega dejó de tejer y Altair abandonó el rebaño. El dios Sol les llamó innumerables veces la atención, pero el amor pudo más que las amonestaciones. Entonces el Sol, cansado, hizo que un río discurriera entre ambos separándolos, y ese río es la vaporosa nube blanca situada entre ambas estrellas.

Mas la leyenda debía terminar bien. La llorosa Vega consiguió arrancar una promesa a su padre: una noche al año, la séptima del séptimo mes, un puente de pájaros les permitiría evitar el río y pasar la noche juntos. Ahora bien, para que los pájaros aparezcan la noche debe ser clara y sin nubes. De este modo, incluso hoy, en algunas zonas de Asia se pueden escuchar los ruegos para que un cielo claro aparezca esa noche y permita reunir a los amantes. Una bella historia para lo que en realidad representa: uno de los brazos espirales de la galaxia en la que vivimos.

El día que nos dimos cuenta de dónde vivimos

El 26 de abril de 1920 la Academia Nacional de Ciencias estadounidense convocaba un simposio con el siguiente tema: la escala del universo. Dos de los principales científicos que asistían al evento eran Harlow Shapley y Heber D. Curtis. Ambos viajaron en el mismo tren camino de Washington y se pasaron el tiempo charlando sobre flores.

Tras cumplir con las formalidades de rigor en este tipo de reuniones científicas asistieron a un banquete que muy bien podría pasar a la historia como uno de los más aburridos jamás celebrados. El tedio fue tal que durante la cena Albert Einstein le comentó a su vecino de mesa: «Acaba de ocurrírseme una nueva idea de la eternidad».

Los días siguientes los científicos asistentes expusieron sus ponencias. Las dos más interesantes fueron las de Curtis y Shapley. Curtis defendía que algunas de las nebulosas difusas que se observaban en el cielo eran, en realidad, galaxias lejanas, discos de estrellas sin ninguna vinculación con la nuestra. Por su parte, Shapley defendía que no era así. Esas nebulosas, y en particular la gran nebulosa espiral de la constelación de Andrómeda, no era más que una nube de gas y polvo dentro de nuestra galaxia, un lugar donde se estaban formando nuevas estrellas.

Tras cada intervención los dos hombres propusieron sus propias refutaciones. Al terminar el congreso, Shapley y Curtis volvieron a sus casas.

Aquel acontecimiento ha ganado una importancia simbólica porque marcó un cambio fundamental en nuestra concepción del universo: aumentó drásticamente de tamaño y se pobló de cientos de miles de millones de galaxias como la nuestra. ¿Tenía Curtis razón? Sí. En lo que erraba, y en lo que Shapley tenía razón, es que el universo era inmenso, y no pequeño.

El debate Shapley-Curtis es importante, no sólo como documento histórico, sino también como un destello de los razonamientos realizados por eminentes científicos en una controversia donde las evidencias de ambos bandos son fragmentarias y parcialmente rróneas. Este debate ilustra con fuerza lo complicado que es guiarse en el engañoso terreno que caracteriza la investigación fronteriza de la ciencia.

Más de sesenta años después, a aquella -en palabras de Shapley- «agradable reunión» se la conoce como el Gran Debate.

Referencias:

Shu, F. (1982) The Physical Universe, An Introduction to Astronomy, Mill Valley

Overbye, D. (1992) Corazones solitarios en el Cosmos, Planeta

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Astrofísico y doctor en física teórica. Miembro del Comité Editorial de Muy Interesante, es autor de catorce libros, más de 300 artículos y creador de una treintena de proyectos de divulgación científica. Es colaborador habitual en prensa, radio y televisión, y consultor para exposiciones temporales y museos.

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