El experimento del gorila o cuando no vemos algo que tenemos ante nuestros ojos

¿Cuántas veces nos ha pasado que vamos caminando por la calle y no vemos algo hasta que lo tenemos encima? ¿Crees que somos plenamente conscientes de todo lo que pasa ante nuestros ojos?

 

Seguramente si te preguntara cuál es el superpoder que te gustaría tener, me dirías que te encantaría ser invisible a voluntad. Curiosamente conseguir eso es más fácil de lo que puedas creer: a veces no es necesario ocultarse a la vista para ser invisible. ¿Quién no ha escuchado a un conductor que, yendo con los ojos fijos en la carretera, no vio hasta que fue demasiado tarde ese animal que estaba parado tranquilamente sobre el asfalto? ¿Cómo es que no podemos ver algo que tenemos ante nuestros ojos?

Que en ocasiones pasemos totalmente inadvertidos quedó claramente puesto de manifiesto en 1995, en un incidente donde participaron diversos agentes de policía de Boston y cuatro delincuentes que habían participado en un tiroteo. Uno de los policías, un afroamericano que iba de paisano llamado Michael Cox, estaba persiguiendo a uno de los sospechosos cuando otro policías, que acababan de llegar, lo confundieron con uno de los delincuentes y empezaron a golpearlo duramente. Este hecho dejó muy claro los prejuicios racistas que aún existen en los Estados Unidos. Pero lo llamativo es que, mientras el grupo de policías (blancos) pegaba a Cox, otro policía llamado Kenny Conley pasó junto a ellos y, según declaró en el juicio posterior, no los vio. Conley fue condenado por perjurio y obstrucción a la justicia pues para el tribunal y los miembros del jurado era imposible que no hubiera visto lo que estaba sucediendo.

En 2011 los psicólogos Christopher Chabris y Daniel Simons se plantearon lo que nadie había hecho hasta entonces: ¿Y si realmente Conley no vio la agresión? Para comprobarlo diseñaron un peculiar experimento: pidieron a un grupo de voluntarios que corrieran detrás de uno de sus ayudantes y que contaran el número de veces que se tocaba el sombrero. En un lugar del trayecto estos psicólogos habían dispuesto que dos hombres estuvieran pegando (simuladamente) a un tercero. El resultado fue muy revelador: a plena luz del día más del 40% de los voluntarios no vio la pelea. Cuando se hizo este mismo experimento por la noche, el porcentaje subió al 65%. Realmente el pobre Conley pudo no ver la paliza a Cox.

Ceguera por falta de atención

Chabris y Simons llevaban estudiando la llamada ceguera por falta de atención desde hacía más de una década. Su trabajo se hizo famoso cuando en 1999 hicieron el experimento del gorila: pidieron a un grupo de voluntarios que miraran un vídeo en el que había un grupo de personas, la mitad vistiendo una camiseta blanca y la otra mitad, negra. Los de blanco se pasaban una pelota de baloncesto entre ellos y los de negro también hacían lo propio. Para introducir un punto de complicación añadido, los jugadores no se estaban quietos, sino que estaban en continuo movimiento. La tarea que tenían por delante los voluntarios era contar el número de pases que se hacían los de la camiseta blanca.

Al terminar el vídeo los psicólogos preguntaban cuál había sido el número de pases (15) y si habían visto algo inusual. Sorprendentemente, la mitad de los que participaron en el experimento no vieron a una persona disfrazada de gorila entrar por el lado derecho, meterse entre los jugadores, golpearse el pecho en el centro de la escena el pecho y salir por el lado izquierdo de la pantalla; todo ello en 9 segundos. Un resultado similar encontraron al sustituir el gorila por una mujer con un paraguas abierto.

Al parecer de estos psicólogos, no ver al gorila es debido a un fallo de atención: los sujetos estaban ocupados realizando una tarea compleja -contar los pases de balón- que el gorila fue literalmente invisible a sus ojos. Una de las implicaciones más sorprendente de este trabajo es que una cosa es lo que hay en nuestro campo visual y otra muy distinta que seamos conscientes de percibir lo que allí se encuentra: depende a qué estemos prestando atención percibiremos unas cosas y no otras.

Esto sucede en todo tipo de situaciones, incluso en el trabajo. Así, en julio de 2013 la revista Psychological Science publicaba un artículo de un grupo de psicólogos que habían puesto a prueba las dotes de observación de los 24 radiólogos del prestigioso Brigham and Women Hospital de Boston. Les habían entregado cinco escáneres, cada uno con cinco imágenes cada uno, de los pulmones de unos pacientes y tenían que buscar en ellos indicios de un posible cáncer. Pero lo que no sabían es en algunas imágenes de uno de los cinco pacientes habían añadido la figura de un gorila bailarín. ¿Cuántos vieron a ese gorila insertado en las imágenes de un pulmón? Muy pocos: el 83% de esos médicos especialistas no lo vieron. No es porque no pudieran verlos sino porque sus cerebros estaban ocupados en lo que estaban haciendo: buscaban nódulos cancerígenos, no gorilas.

Por su parte, Christopher Wickens, un psicólogo de la Universidad de Illinois especializado en temas de aviación, ha encontrado que los dispositivos que proyectan información de vuelo (como la velocidad del aire o la altitud) en el parabrisas del avión o en el casco del piloto no son tan buena idea como podría esperarse. Así, Wickens ha demostrado que si aparece de manera inesperada un avión en el campo de visión el piloto no suele darse cuenta de su presencia porque está atento a los datos proyectados. “Ahora sabemos que superponer imágenes en el campo de visión del piloto no garantiza que vaya a detectar lo que aparece en el mundo real más allá del cristal del avión”, dice Wickens.

El concepto de ceguera por falta de atención es relativamente reciente. Fue acuñado en 1998 por los psicólogos Arien Mack e Irvin Rock. Con él quisieron poner de manifiesto que los seres humanos, cuando prestamos atención a algo que pasa ante nosotros, podemos no darnos cuenta de otras situaciones inesperadas que suceden en nuestro campo de visión. Mack y Rock encontraron en una serie de ingeniosos experimentos unos resultados muy curiosos: somos más proclives a detectar la presencia de estímulos inesperados cuando estos tienen algún significado, como nuestro nombre o un cara sonriente. Y lo más interesante, que aunque no nos demos cuenta de la presencia de esos estímulos (como palabras aparecidas de repente en la pantalla) influyen en nosotros en nuestras acciones (en este caso, un ejercicio de completar palabras). ¿Estamos ante un ejemplo de influencia subliminal?

Referencia:

Chabris, C.; Simons, D. (2011) The invisible gorilla, HarperCollins

Miguel Ángel Sabadell

Miguel Ángel Sabadell

Me licencié en astrofísica pero ahora me dedico a contar cuentos. Eso sí, he sustituido los dragones y caballeros por microorganismos, estrellas y científicos de bata blanca.

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